En México y en familia

Sandy Rower, nieto de Alexander Calder, nos introduce en el “universo mexicano” del mítico artista.

La escultura siempre fue estática hasta que llegó Alexander Calder a darle vida y movimiento. En 1931, el escultor y pintor estadounidense creó una pieza que Marcel Duchamp bautizó como “móvil”. Esto no es algo que hoy nos resulte desconocido, pero en su momento causó toda una revolución dentro del mundo artístico. Este mes y hasta el 28 de junio, usted podrá visitar la exposición Calder: los derechos de la danza, en el Museo Jumex de la Ciudad de México, para conocer y vivir en carne propia la obra de uno de los artistas más influyentes del siglo XX.

Antes que nadie, a unos días de la  inauguración, hicimos un recorrido exclusivo guiados por Alexander Rower, nieto y mayor promotor del artista, presidente de la Fundación Calder. No fueron necesarias las presentaciones, supimos quién era en cuanto puso un pie en el museo.

Lo acompañaban algunos amigos; llegó haciendo bromas y con una sonrisa singular, mucho más intensa que la del resto del grupo. “Llámame Sandy”, me pide en cuanto empezamos la plática (es el mismo apodo de su abuelo), “nadie me dice Alexander, ni siquiera de pequeño cuando mi madre me sorprendía haciendo alguna maldad”, agrega entre risas.

La muestra, nos explicó, exhibe cerca de cien piezas que se trajeron principalmente de Estados Unidos. Mientras hacíamos nuestro recorrido, aprovechaba para supervisar a detalle cada una de ellas. Se nota que esto es algo que realmente disfruta; hace más de 27 años empezó a gestionar las exposiciones de Calder por todo el mundo, especialmente en América Latina, región con la que el artista tuvo un vínculo estrecho. Visitó México en varias ocasiones para participar en eventos artísticos tan relevantes como la Olimpiada Cultural, alterna a los Juegos Olímpicos de 1968.

“Esta obra tiene mucho que ver con este país”, explica al tiempo que señala una pintura de la que sobresale una franja verde, tono poco recurrente en su trabajo y que incluyó en esa pieza por la cercanía que sentía hacia esta tierra. “Es muy hermosa, ha sido expuesta en pocas ocasiones. En 1964, el Museo Guggenheim de Nueva York hizo una retrospectiva de mi abuelo. El curador colocó una enorme pared con algunas pinturas especiales, y ésta fue una de ellas”.

Cuando llegó la hora de elegir “su Calder favorito”, se quedó serio. Reflexionó unos segundos y finalmente respondió: “Pensándolo bien, mis Calder favoritos son mis hijos, porque me resulta imposible elegir solo una preferida de entre todas las creaciones de mi abuelo”.

Sin embargo, no quiere dejarme en blanco, así que atraviesa la galería para señalar un obra que es especial para él y que, cuando no es parte de alguna exhibición, ocupa un lugar en su propia habitación. Se trata de una escultura de pared en color negro (bajo estas líneas), realizada en 1954 durante una estancia del artista en Líbano. “Mi abuelo hizo esta pieza para un amigo suyo, pero tiempo después la familia la vendió y yo aproveché para comprarla. Es una obra hermosa, realmente me gusta mucho”.

Sandy nos cuenta que está emocionado porque se acerca el día de la inauguración. Reunir la obra de un artista que suele tener hasta cuatro exposiciones simultáneas por todo el mundo es un trabajo complejo. “Nos pareció increíble traer esta exhibición a México, y más en este espacio tan maravilloso”, asegura. Tampoco disimula su entusiasmo por trabajar con el creador de la Colección Jumex, Eugenio López Alonso (quien más tarde también nos acompañaría en este recorrido). “El proyecto se concretó muy rápido: tomó cerca de un año de negociaciones, cuando por lo regular se requiere de tres o hasta cuatro años”, explica.

Por ahora, al igual que la capital mexicana, ciudades como Moscú albergan de manera temporal la obra del máximo exponente del arte cinético. Rower considera que esto, además de cultural, es una labor diplomática. “De alguna forma, el trabajo de mi abuelo abre nuevas posibilidades entre los países, y muchas de esas aperturas son también de carácter político. Es fantástico porque, por ejemplo, la exhibición que ahora se encuentra en Rusia está siendo un aliciente para la relación que tiene este país con Estados Unidos”.

Al parecer, lo de sentir aprecio por México es de familia. Rower lo descubrió hace unos días, en una comida que ocurrió en Polanco: “¡Duró siete horas! No podíamos salir del restaurante porque traían más mezcal y llegaban más amigos. La sobremesa es una costumbre muy especial de este país; yo no lo comprendí hasta que la viví en esta ciudad. Lo disfruté mucho porque los mexicanos son personas muy abiertas y por demás fraternales”. Y también muy devotas, aspecto que fascinaba particularmente a Calder, quien sentía una enorme curiosidad por los rituales religiosos que aquí se practican. “Él veía en manifestaciones de este tipo la verdadera esencia de esta cultura”, me explica su nieto. Tal vez fue por eso que el artista creara en este país la escultura más alta, más cercana al cielo, de toda su carrera: Sol Rojo, ubicada en la explanada del Estadio Azteca, y desde entonces, símbolo del inmueble deportivo.

“Para mi abuelo la sensibilidad viene de niveles de sensaciones y efectos culturales, como los muchos que tiene México. Por eso elegí esta pintura para cerrar la exhibición”. Rower se refiere a una pieza de 1972 (dedicada a su madre, hija de Calder), cuyos trazos aluden a un templo azteca.

“Gracias Sandy, los mexicanos somos muy afortunados de tener una exposición como ésta en el país”, dijo Eugenio López Alonso, poco antes de que empezáramos las fotos exclusivas para Vanity Fair.