¿Qué mató al doctor bótox?

Tras su impenetrable fachada, Fredric Brandt camuflaba tanta fragilidad, soledad y ansias de notoriedad como talento.

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Sus apodos no podrían resultar más explícitos. El doctor Brandt fue el rey del colágeno, el barón del bótox, el pope de la piel y otras denominaciones llenas de aliteraciones que denotaban estilo, brillo, glamour, emoción. Atractivo y belleza. Fredric se ahorcó en el garaje de su casa de Miami el amanecer del 5 de abril, Domingo de Pascua. Tenía 65 años, aunque se hace raro atribuirle una edad concreta: gran parte de su vida consistió en no aparentar la que tenía.

El doctor Fredric Brandt y yo manteníamos una relación estrecha, aunque curiosa; apenas nos conocíamos. Yo estoy casada con un médico, Robert Anolik (Rob), y Fred era el jefe de Rob. Mi marido empezó a trabajar con él hace cinco años. La consulta de Fred era de una elegancia desorbitada, estrafalaria, propia de otro mundo. Estrellas (del cine, del rock y del pop), personajes televisivos, modelos, deportistas, presentadores de televisión de cualquier franja horaria, princesas de las petromonarquías, magnates de la jet set que llegaban, evidentemente, en jet privado. Hombres que susurraban a los presidentes al oído, propietarios de viñedos en el Valle de Napa, de castillos pintados por Monet decorados con obras de Monet. Podría citar a un sinfín de clientes de Brandt, pero solo mencionaré a uno: Madonna.

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Fred no se dedicaba únicamente a que las estrellas no perdieran brillo y esplendor: él era una estrella. Conducía su propio programa de radio en los estudios de Sirius XM, en el Midtown neoyorkino, para el que contó con un gran número de personajes destacados como Linda Wells, directora de la revista Allure (paciente), Sally Hershberger y Sharon Dorram, peluquera y colorista de los famosos, respectivamente (pacientes) o Gwyneth Paltrow, actriz y sex symbol (paciente); él mismo acudió como invitado al talk show de Kelly Ripa (paciente) y protagonizó reportajes en la revista New York y en The New York Times, largos artículos en L’Uomo Vogue y Elle (cuya directora, Robbie Myers, era igualmente su paciente) o contestó a las preguntas de Stephanie Seymour (paciente) y Jane Holzer (otra más) en Interview. Si asistía a un evento, lo hacía junto a Donna Karan, Calvin Klein, Marc Jacobs y Naomi Campbell (todos pacientes).

También coleccionaba arte: obras de Damien Hirst, Marilyn Minter y Richard Prince decoraban sus espacios de trabajo y placer. Al pie de una escalera de su casa de Coconut Grove, Miami, dos figuras de Keith Haring parecían entregadas a unos movimientos acrobáticos de índole sexual —o no—. Sobre la cama de su apartamento de West Chelsea, Nueva York, un plato circular de oro de 24 quilates, creación de Anish Kapoor, lanzanba destellos. De la sala de espera de su despacho de la calle 34 Este colgaba una obra de Ed Ruscha; en ella se veían músculos hidráulicos y sonrisas neumáticas.

También se vestía con obras de arte; un chaleco de vinilo negro de Alexander McQueen o una falda pantalón color crema de Givenchy, con una pretina de cuadros escoceses y decorada con perros ladrando, no podrían llamarse ropa en el sentido estricto del término.

¿Qué se hicieron en la cara?

Durante años, Fred vivió a caballo entre su oficina de Miami, que abrió en 1982, y Nueva York, inaugurada en 1998. En 2010, su consulta de Manhattan había alcanzado tal nivel de actividad que, para poder atender a su demanda, habría tenido que clonarse. Optó por enseñarle a otra persona sus métodos. Se decantó por Rob, que prácticamente hasta ese mismo momento permanecía soltero como Fred. Nos habíamos casado el mes anterior.

A mi marido le encantaba trabajar para Fred, que solo era superficial... superficialmente. Por debajo de sus prendas de alta costura y del lugar que ocupaba en el escalafón social era un tipo serio. Formidable. Auténtico. Un revolucionario de la dermatología cosmética, pionero en descubrir las enormes posibilidades de las toxinas botulínicas, con las que empezó a experimentar en los años 90. Fred entendió que la corista (el bótox) era en realidad la estrella del espectáculo; que uno de sus efectos secundarios, la desaparición de las arrugas, era más dinámico, carismático y crucial que la propiedad que se destacaba por entonces: la relajación de los espasmos musculares.

También constató que borrar alguna arruga de la comisura de la boca no era sino una de las tantísimas cosas que el bótox podía lograr; supo que, si la toxina se empleaba junto a sustancias de relleno, podía sostener toda una estructura facial que se estuviera viniendo abajo. Se precisaba, eso sí, una mano lo bastante diestra y un ojo lo suficientemente artístico. Gracias a él, la sustancia, de la que en 2002 utilizó cantidades mayores que ningún otro facultativo del mundo (según Allergan, el fabricante del producto) y los compuestos de relleno (Restylane, Juvéderm...), se convirtieron en una alternativa a la cirugía invasiva. Aunque podría parecer a priori que nadie rechazaría la idea de un estiramiento facial sin el menor corte o incisión, no fue eso lo que sucedió. Al menos al principio...

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