Plácido Domingo: El hombre de hierro de la ópera

A punto de su 75 aniversario lo ha hecho todo y ha recogido las ovaciones más largas y vibrantes.

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¿Que de qué club soy? No sé, me olvidé. No es el tipo de cosas en las que ande pensando uno aquí, imagínate”. Con una sonrisa inmensa, Plácido Domingo (Madrid, 1941) mete la mano en el bolsillo de su pantalón, saca su iPhone, y me lo muestra. En su funda exhibe un enorme escudo del Real Madrid. “Creo que estamos bastante bien aunque hubo considerables lesiones —suspira—. Parece difícil que ganemos la Liga, pero no lo es. El año pasado perdimos la Liga por un gol que metió Messi y dejamos de jugar la final de la Copa de Europa por un gol de la Juventus. ¿Qué recomendaría? ¡Hombre, que dejemos de perder por un gol!”.

Y se ríe, antes de pasar a describir, en gran detalle, el estado de los clubes de futbol más internacionales. No es la charla que uno espera entre las bambalinas del Metropolitan Opera House de Nueva York. Nos encontramos a escasos metros del ensayo general de Tannhäuser, con escenógrafos y operarios que corren de un lado al otro neuróticos por lo que parece algún problema eléctrico, y administrativos que entran y salen de las oficinas con caras que transmiten la actitud —tan de la Gran Manzana— de sentir el peso del mundo exclusivamente sobre sus espaldas.

Pero Domingo quiere sentarse y hablar de futbol. No parece una estrella típica de la ópera ni por su voz, afable, nada impostada, ni por sus modales. A pesar de que lleva más de 50 años en la cima operística y ha batido varios récords, desde abrir 21 veces la temporada del Met de Nueva York, donde ha representado 48 papeles distintos, hasta los 80 minutos de aplausos en Viena en 1991 después de su increíble Otelo.

Además, posee el premio Príncipe de Asturias de las Artes (1991), la Orden del Imperio Británico (2002), la Legión de Honor (2002), es doctor honoris causa por 14 universidades y es quien más discos de ópera ha grabado en la historia. En la actualidad dirige la Ópera de Los Ángeles. También ha dirigido la de Washington. Dicen de él que es el tenor más versátil y sus dos grandes personajes son el Otelo y el Simón Boccanegra de Verdi. Y mientras la mayor parte de sus colegas se dedica a dar clases magistrales a estas alturas de la vida, Domingo sigue firme. Por algo Joseph Volpe, exdirector del Met, lo denominó: “El hombre de hierro de la ópera”.

“Yo empecé cantando con mujeres que podrían haber sido mis abuelas —reconoce—. Ahora canto con las que podrían ser mis nietas. Al turno de las bisnietas, creo que no llego”.
—Parece que jamás se retirará.
—Contratos, de momento, tengo hasta la temporada 2018/2019. Estoy cantando y dirigiendo, y voy a seguir cantando hasta que sienta que no puedo hacerlo más. Y nadie se va a morir por eso, creo que el público ya se está preparando.
—Según The New York Times, desafía las leyes de la gravedad respecto a la edad de los cantantes.
—Ni yo lo entiendo. Nunca pensé que iba a seguir cantando a estos años, no es muy lógico. Calculaba que a los 40 me jubilaría. Pero si el público llena el teatro y le gusta y veo resultados positivos, tengo que seguir haciéndolo.

Algunos hablan de un pacto con el diablo, pero Domingo ni siquiera contempla esa idea. “Nunca me gustó interpretar a los malísimos. A veces me tocan personajes que actúan con maldad, pero hay alguna razón, como que un padre vengue a su hija. A mí lo que más me gusta es sufrir sobre el escenario, y por suerte a menudo me ha tocado ser el héroe”.
Domingo traza la línea en interpretar a Yago (servidor y confidente de Otelo que engaña a su amo). “Traicionar a Otelo, jamás. Aunque solo sea por lo extraordinaria que es su parte en la ópera de Verdi”, subraya.

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