María y Felipe Conde: Son de Luthier

Estos jóvenes recogen el testigo de la tradición luthier de una familia de artesanos.

Haciendo mi equipaje para venir, tomé mi guitarra Conde, hecha en España hace 40 años más o menos. La saqué de la caja y parecía de helio, muy ligera. Me la puse en la cara y la olí, está muy bien diseñada”.

Estas palabras de Leonard Cohen en su vibrante discurso de recogida del Príncipe de Asturias, en 2011, emocionaron a todo el planeta, pero especialmente a María y Felipe Conde. Se referían al trabajo de su abuelo, Mariano Conde, luthier sobrino de luthier, padre de luthier y abuelo de dos luthiers en ciernes con los que nos encontramos en su taller frente al Teatro Real de Madrid. María (26 años) y Felipe (23), dos jóvenes delgados, apacibles y exquisitamente educados, no fueron programados para continuar la tradición familiar. “Hace un año y pico estaba cansada de la carrera de Psicología. Empecé a venir al taller después de clase. Me enamoré de este oficio y ya he construido dos guitarras”. Su hermano Felipe estudió Sociología en EE UU. Los veranos hacía de aprendiz. “Empecé con tareas sencillas, pero pesadas, como pegar tapas. Llevar este apellido es una gran responsabilidad. Mi abuelo repetía una frase del refranero: “Ojo y pestaña, que la vista engaña”.

Nuestro encuentro tiene lugar entre guitarras hechas o a medio hacer (mangos, fondos, aros, rosetas...), limas, lijas, cola y cuchillas perfectamente limpias y alineadas. El vocabulario de un guitarrero distingue entre maderas de pino abeto, palosanto de India y Madagascar, coa, ébano africano, cedro de Honduras... una pared divide el taller del salón donde los clientes prueban este instrumento —a menudo durante horas o incluso días— que, en su gama más alta, cuesta 240.000 pesos y varios meses de trabajo artesanal.

De ahí que la firma forme parte del prestigioso Círculo Fortuny, que agrupa a las marcas asentadas en España que defienden la calidad y el lujo. En las paredes, fotos de algunos de los clientes ilustres: Tomatito, el jazzista Al Di Meola o, por supuesto, Paco de Lucía. Amigo personal de su padre, Felipe Conde, con quien adaptó la guitarra clásica al flamenco. “Los hemos visto millones de veces juntos, era un hombre muy humilde. Venía y se ponía a tocar. Mi padre lo conoció con 15 años”, cuenta María.

En ese momento entra Felipe Conde padre. El jefe de los dos. “La primera guitarra que hice, a los 14 años, la tiene la familia de Paco”. ¿Cuál era la preferida del intérprete?, quiero saber. “Una de 1974. Tenía muchas, pero una sola favorita. Se comió los trastes (parte donde se colocan los dedos). Él pasaba momentos de odio con ella, la llamaba ‘hija de puta’. Tocar le provocaba estrés físico y psicológico”.
Felipe toca distraído y sin estrés aparente mientras hablamos y María cuenta que está tomando clases. Un luthier, 
aseguran, debe conocer los rudimentos del sonido para crear instrumentos únicos. Pero hay otras cualidades importantes. “Mi hermana tiene una habilidad tremenda con las manos, hace cortes perfectos.Yo soy muy constante, muy tenaz”. Entre sus amigos su oficio suena exótico, confiesan, pero no solo de flamenco y clásica viven ambos. “A mí me gustan Extremoduro, La Fuga, Sabina, la bossa nova”, recita María. “Yo prefiero a Gustavo Santaolalla, el blues cubano, el indie y el hip hop”, remata Felipe.