La hora de Margarita (¿Y dónde ponemos a Felipe?)

La aspirante a la presidencia habla sobre cómo se invertirán los papeles con su esposo ahora que es ella la protagonista.

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Es madre de tres hijos, esposa del expresidente de México Felipe Calderón, la quinta de siete hermanos, varios de los cuales participan en su equipo. Pero cuando le pregunto qué hace para relajarse, digamos un domingo por la tarde, y sentir placer —así: placer puro—, Margarita Zavala me responde algo que nada tiene que ver con lo familiar: lee un libro de Derecho.

Me lo dice en la hermosa biblioteca donde sostenemos esta charla, un espacio edificado al fondo del jardín de su casa, en la Colonia Las Águilas, con maderas abundantes, un librero de doble altura y una réplica de la silla presidencial en una esquina, águila de latón coronando el espaldar incluida. Y es fácil imaginarla sentada en uno de los mullidos sofás de color beige, leyendo sobre leyes y disfrutando. “Lejos de aburrirme, estos libros me inspiran. Como conozco bien a mi país, me imagino a las leyes actuando y también las imagino transformando a México. Y siento un placer… ¿cómo decirlo?, un placer ético. De justicia y orden logrados. Este es un país con leyes, leyes avanzadas, pero no es un país de leyes, donde éstas se aplican sistemáticamente y la diferencia es enorme”, dice.

A lo largo de la plática, Margarita volverá una y otra vez a esa “diferencia enorme”. Quiere ser presidente de México, sobre todo para salvar esa diferencia enorme. Como abogada, le parece que volverse un país de leyes es el cambio que se requiere con mayor urgencia. No pocas veces intentaré llevarla al terreno de las personas, de los nombres propios, de las anécdotas y siempre pisará un momento ese espacio para regresar rápidamente, como por disciplina, a un terreno más abstracto y general. Digamos cuando le pregunto sobre la Casa Blanca de Angélica Rivera, la actual primera dama del país, y contesta con contundencia: “Sobre todo es un conflicto de interés. Es clarísimo. No es un asunto cultural (la corrupción). Ni es cierto que la corrupción la traemos los mexicanos en el ADN. Pero yo quisiera que no personalizáramos… Ya sé que me hablas de ejemplos puntuales para aterrizar el tema, pero precisamente yo desearía que fuéramos un país donde personalizáramos menos y donde aplicáramos las leyes por sistema”.

Recomienzo, ahora por el principio. Cuando llego al domicilio de Margarita, ella está siendo captada en el jardín por el fotógrafo de Vanity Fair, y aprovecho para merodear por la pequeña sala de la casa de dos plantas. Piezas de artesanía mexicana de notable calidad, probablemente regalos de sus tiempos de primera dama, ninguna obra de arte contemporáneo y muchas fotografías enmarcadas, todas familiares. Una me llama la atención: Margarita abrazando desde atrás y por el cuello a su esposo, ambos radiantes a sus veintitantos años, cuando eran militantes de a pie de lo que era entonces el PAN, un partido de oposición sin verdadera oportunidad de poder y, por tanto, repleto de un idealismo purísimo.

Por fin acaba la sesión de fotos y Margarita pide que un asistente le traiga su propia cámara, la cual le entregan en la sala y con la que ella toma ahora al equipo de la revista. Un gesto de la famosa capacidad de empatía y simpatía de Margarita: ustedes guardan mi imagen y yo la suya. Luego se toma una fotografía de grupo. Y después se despide: una ceremonia en la que no se da prisa, le da la mano a cada persona, desde la subdirectora y el fotógrafo principal hasta la asistente de la asistente de iluminación, con cada cual intercambiando algunas palabras y usando su nombre propio. Quince nombres de quince personas que ha memorizado a pesar de que las conoció hace apenas dos horas.

Cuando se reúne conmigo en la hermosa biblioteca ya estoy tomando un café. Nos sentamos a una mesa de madera clara, ella prueba la taza que la espera y ordena a un asistente que nos “catafixie” las bebidas por otras más frescas y de mejor calidad. “Podemos ofrecerte algo mejor que eso”, me dice con esa sonrisa suya que te hace sentir que eres especial, su amiga predilecta. Y entonces separa las manos indicando que está lista para mi primera pregunta.

La formulo. Le pregunto a Margarita cómo y dónde decidió lanzarse a la contienda por la silla del águila. “No hay un momento exacto”, me dice. “Fue algo paulatino. Yo estuve acompañando las campañas de candidaturas a diputados federales (del PAN, su partido) para el 7 de junio (de este año, 2015), y la gente se acercaba y me lo decía, en el aeropuerto, en la calle, cuando repartía yo propaganda. Algunos me decían directamente: ‘Lánzate Margarita’, otros me preguntaban qué iba yo a hacer en el futuro. Y fui sintiendo el pulso y me fue quedando claro qué tenía que hacer. El día que me marcó en especial fue el de las elecciones, cuando se dieron los resultados electorales. Quedó claro que en la historia moderna de México este es el momento en donde los partidos políticos provocan mayor desconfianza y a mí eso me sorprendió enormemente. Me lo explicaba, pero me sorprendía, y me quedó claro el mensaje de los ciudadanos: o nos voltean a ver a nosotros, o no vamos a voltear a ver a los partidos y a los políticos”.
— ¿Lo platicaste con tus tres hijos?
— Con toda la familia en general, desde luego. Y con mis hijos, claro. Están contentos.
— Ya conocen lo que es una campaña para alcanzar la presidencia…
— Y entienden que puede ser muy difícil, pero también lo mucho que se puede recibir en la lucha. Además de que saben que sus papás son políticos, conocen mi vocación hacia la política.

 

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