El gurú Joe contra el mundo

En exclusiva el premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, habla sobre el futuro de México.

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Artículo publicado originalmente en nuestra edición de noviembre

 

Cuando uno pregunta en la Universidad de Columbia, Nueva York, por el profesor Joseph Stiglitz (Gary, Indiana, 1943) le cuentan que, entre otras cosas, es famoso por tender a equivocarse con el signo de las ecuaciones. Con su pasito bamboleante garabatea una pizarra y antes de salir de clase anuncia: “Bueno, en realidad todo esto es con el signo cambiado”. Lo cuentan y se ríen. Se ríen, porque lo humaniza. Lo convierte en uno más. Un Nobel de Economía que se equivoca. Pero que solo se rían y no lo critiquen avala su estatus de celebridad.

Stiglitz fue jefe del consejo de asesores económicos de Bill Clinton cuando este alcanzó la presidencia en 1990; economista jefe y vicepresidente primero del Banco Mundial; premio Nobel de Economía en 2001 por su teoría de la información asimétrica (una de las partes en una transacción económica tiene más información que la otra, eso genera un riesgo y ese riesgo genera la imperfección del mercado); y fue, antes de que se desatara el fenómeno Piketty, junto con Paul Krugman, de los pocos capaces de convertir en “requetebestsellers” (así los denominan alguno de sus colegas) temas de aridez desértica, como los fundamentos de la competencia monopolística. Su libro El malestar de la globalización, una feroz crítica a las políticas del Fondo Monetario Internacional, se convirtió en la biblia de los movimientos alternativos. Que Stiglitz arremetiera, con información de primera mano, contra el “sistema” que le había dado de comer durante años, lo convirtió en traidor para algunos (sus antiguos colegas del establishment) y en un héroe para otros (los líderes de la izquierda). El profesor saltó de la torre de marfil, la Academia y los pasillos de Washington a icono intelectual de los más desfavorecidos, figura pública y estrella de los medios. “Me pasó bien por la izquierda —ríe el economista y político colombiano José Antonio Ocampo—. Cuando él era mi profesor en Yale tenía posiciones más bien de centro. Pero luego empezó a viajar por países subdesarrollados y cambió. De hecho, cuando lo nombraron economista jefe del BM tras Anne Krueger, la papisa del neoliberalismo, y Larry Summer, un neoliberal perdido, Stiglitz inició una era progresista”.


Y así continúa hoy, como un rock star de la economía que hace entrada esta mañana de otoño neoyorquina con aire desgarbado y sin aliento en su despacho de Columbia. Stiglitz lleva chaqueta clásica de botones dorados en las mangas, que estampa contra la mesa cada vez que mueve las manos, arriba y abajo, para dirigir la orquesta de su argumentación. Su editor internacional de Vanity Fair, Cullen Murphy, el hombre que trabaja con él muchos de los textos que hoy ha reunido en su último libro La gran brecha (Taurus), me lo había advertido: “A Joe le gusta el toma y daca de la conversación. Y tiene notable resistencia”.

Nos recibe mientras tiene lugar la Asamblea General de la ONU, días después de que el rey Felipe VI pronunciara en la Cumbre de Desarrollo un discurso que contenía, quizá sin que él lo supiera, la tesis principal del libro de Stiglitz: el sistema económico no funciona porque los mercados no son eficientes ni transparentes. El sistema político no corrige, como es su función, los fallos del mercado y permite que se produzcan grandes desigualdades. Como consecuencia, el capitalismo y la democracia sufren un enorme descrédito por parte de la ciudadanía. “Ah, no me diga, pues no, ni idea”, me dice cuando le comento la anécdota.

El libro de Stiglitz arranca con un famoso artículo que escribió para Vanity Fair en 2011 Del 1% por el 1% para el 1%, y que dio lugar al movimiento Occupy Wall Street y a su lema: “Nosotros somos el 99%”. “Les decía que, si eran inteligentes, comprenderían que la desigualdad de EE UU no favorecía sus intereses”.
—Usted también forma parte de ese 1 por ciento.
—Pero me gustaría pensar que formo parte de un sector dentro de ese 1 por ciento que está de acuerdo conmigo. Por eso hablo de “egoísmo ilustrado”.
—Emplea el argumento del egoísmo. Les dice a los ricos que solo seguirán siendo ricos si ayudan a los pobres.
—Sí, hay personas que tienen sistemas de valores muy sólidos, pero hay otros que ni se lo plantean. Pero algunos se han convencido de que, como la desigualdad es mala para la economía en general, tenemos que hacer algo. Creo que mi artículo cambió el carácter del debate, porque debatir sobre valores es muy complicado. Sobre economía también, pero al menos puedes decir: estos son los datos.

Dos meses después de aquel provocador artículo que fue viral en Internet, Stiglitz viajó a Madrid para visitar a la familia de su tercera esposa, la periodista Anya Schiffrin, nieta de exiliados republicanos.

“Anya y Joe son dos personas generosas que viven como piensan”, me dice una de sus amigas. “A Stiglitz el dinero no le importa en absoluto, desde joven ves que vibra por otras cosas. Solo es algo que necesita para que la vida fluya”, asegura su colega, el consejero de Economía catalán, Andreu Mas-Colell.

Lo compruebo el día que ambos me invitan a cenar a su casa. Los Stiglitz disfrutan frente a la mesa con el vino y la charla. Disparan preguntas a los comensales y escuchan con atención. Stiglitz quiere conocer de primera mano qué sucede en este u otro país. Sabe que el Nobel le otorga la autoridad de señalar problemas y acelerar las soluciones. Hablamos, entre otras cosas, de México.
—En México ha habido un colapso de las materias primas que afecta gravemente al país. ¿A qué principales retos se enfrenta su economía en 2016?
—¿Por lo del precio del petróleo? Bueno, hay otro tema que también es importante. La aprobación del TPP (Acuerdo de Asociación Transpacífico) entre Estados Unidos y Japón con otras diez naciones, según algunas previsiones, puede crear un desempleo más alto en México, porque supone una vuelta a la situación previa al NAFTA. Sería un paso atrás para México y el NAFTA. Por ejemplo, piezas para coches fabricados en China podrían acabar en Japón y competir así con México. Por tanto, el TPP supone una amenaza. Y después, el tema del precio del petróleo es un verdadero problema en un país que no ha diversificado suficientemente su economía, lo cual resulta especialmente triste, porque el Gobierno de Peña Nieto finalmente ha acometido la reforma de la Ley de Hidrocarburos para que el sector del petróleo funcionara, y justo cuando empezaba a funcionar, el precio del petróleo se desploma. Esto vuelve a poner de manifiesto la necesidad de reformas muy profundas. Creo que el Gobierno ha tenido mucho éxito en esto, pero hacen falta todavía más reformas, ha habido mucha resistencia. En la educación... En el sector energético están introduciendo la competencia, en las telecomunicaciones... Así que lo han estado haciendo muy bien, pero es evidente que aún tienen un déficit en infraestructuras, y lo malo es que todos los beneficios de lo que las reformas ya han conseguido no se verán de inmediato, y las consecuencias del desplome del precio del petróleo se notarán muy pronto.
 

Descubre el desenlace de esta historia en nuestra edición impresa de noviembre.