La broma

Ignacio Padilla, quien falleció este sábado, escribió para Vanity Fair México este texto sobre una incomprendida broma que casi le vale la expulsión de la Universidad de Salamanca.

Etiquetas:

El escritor mexicano Ignacio Padilla falleció este sábado en un accidente automovilístico, tenía solo 47 años y estaba en una gran etapa creativa en su carrera. Como colaborador de Vanity Fair México, nos otorgó este texto sobre una broma que llegó a límites insospechados para él.

Amen de ese artículo publicado en la edición de junio 2016 nos dijo: “Siempre me divierte invocar esta anécdota que, además, me parece cargada de sentido para comprender la importancia del humor en las sociedades que no saben reírse de sí mismas; una lección que aprendí de Cervantes”.

Fue primera y única colaboración para Vanity Fair. Fanático del emblemático autor español, el escritor Ignacio Padilla, perteneciente a la llamada Generación del Crack, nos cuenta en ‘La Broma’ cómo estuvo a punto de ser expulsado de la Universidad de Salamanca por un malentendido sobre El Quijote. Su obsesión cervantina se refleja en su más reciente publicación, ‘Cervantes & compañía, una colección de ensayos’ (producidos en los últimos 15 años) en los que reflexiona sobre la importancia de las respectivas obras del autor español y su colega inglés, William Shakespeare. Les dejamos el texto.
 

En 1998 defendí como pude una farragosa tesis doctoral sobre el pensamiento de Cervantes. Aquello fue una masacre, por decir lo menos. O lo habría sido de no ser porque algunos de mis inquisidores eran sabios, y porque sus críticas tuvieron un dejo de halago a la memoria del outsider que fue Cervantes, como lo era yo en ese momento. Entre estas últimas objeciones estaba la perplejidad de que mi tratado fuese demasiado literario, lo cual sólo me atreví a agradecer. Hubo también en ese auto de fe el teólogo pontificio que se mostró tentado a excomulgarme por parecerle que mi visión del pensamiento cervantino tenía algo de azufrado jesuitismo. Por fortuna, no llegaron a tanto los embates de mis examinadores, y salí de ahí tan maltrecho como supongo que está obligado a quedar quien aspire a imprimir su nombre con sangre en los muros de la universidad.

Que más quisiera yo que ésta fuera toda la historia. No fue así. Años después fui invitado a participar en una artúrica mesa redonda dedicada a celebrar el eterno matrimonio entre locura y literatura. Aquella charla en Guadalajara derivó naturalmente en el Quijote como juego de la citación burlesca de libros de caballerías. Ese día, animado por el fantasma de Cervantes, tuve a bien disparar una broma: afirmé que si el Quijote era una inmensa cita falsa de la tradición caballeresca, mi tesis salmantina estaría por lo tanto llena de citas falsas.

Pareció por un momento que ese mal juego borgesiano no pasaría a mayores. Me equivocaba: registrada por deshumorado periodista, la broma llegó hasta los diarios españoles como una funesta bravuconada. Sembrada en tierra yerma de humor, la broma iba a acarrearme toda suerte de crucifixiones.

Pocos años antes, desde otra lengua pero siempre desde el corazón de sus lecturas cervantinas, Milan Kundera había escrito una novela que denuncia la muerte del humor y sus nefandas consecuencias en las sociedades. Demasiado pronto aprendí a sentirme como el protagonista de esa novela: en menos de veinticuatro horas mi declaración, tergiversada, había cruzado los mares. En España, el llamado “juego de las citas falsas” originó un triquitraque de académicos ofendidos en su sacrosanta univocidad, los cuales exigieron mi defenestración sin molestarse siquiera en mirar la tesis, menos aún en asimilar la posibilidad de una broma.

Hay, en la Universidad de Salamanca, un portón con dos puertas; la una, siempre abierta, permite el acceso al paraninfo donde Unamuno tuvo el valor de arrostrar a los estados totalitarios; la otra puerta lleva cerrada algunos siglos: la llaman la Puerta de la Vergüenza. Por ella tendrían que ser expulsados de la academia, a lomo de mulo y encapirotados, quienes hubiesen ofendido a la universidad. En mitad del escándalo de las citas falsas, pensé que no cabría para Cervantes mejor homenaje que un escritor latinoamericano bachillereado en Salamanca y estigmatizado por una broma saliese por esa puerta, sambenitado como el bueno de Sancho Panza ante malbromista cadáver de Altisidora.

Por solidaridad con mis colegas mexicanos en Castilla, que me llamaron a la cordura para no atraerse a la onda expansiva de mi agresión, me limité, muy serio, a encarecer públicamente mi aprecio por la universidad invitando en balde a los zaheridos académicos a sonreír conmigo y con Cervantes. No creo que lo hayan hecho, pero me consta que el humor tiene siempre la facultad de sobreponerse a quienes por sistema lo rechazan.