'Es hora de que sepan quién soy'

Tras más de siete años sin conceder una entrevista, pasamos cuatro días con Estefanía de Mónaco.

"Ya no tengo 21 años, sino 50. Que dejen de llamarme la princesa rebelde. ¡Basta ya! Se han quedado anclados en los años 80. ¡Por favor! Ya no soy esa persona”, me dijo contundente Estefanía de Mónaco la primera vez que nos vimos.

Hace más de siete años que la princesa no concede una entrevista. Y 33 desde que aquella joven de 17 años se enfrentó a la tragedia (y a la prensa) por la muerte de su madre, la actriz Grace Kelly. Hace una eternidad que ya no es esa princesa ‘pop’ que quiso ser cantante y se paseó por el mundo entero con medias gruesas de color rosa; de la mujer enamorada que se enteró de la infidelidad de su marido, Daniel Ducruet, por las páginas del papel cuché. De esa esposa dos veces divorciada que llegó a vivir en una caravana de circo con sus hijos para seguir los dictados de su corazón. “No, ya no soy nada de eso. ¡Que no piensen ya en ese cliché! Me considero ante todo madre, tengo tres hijos que he criado yo misma, seré abuela algún día, seguramente pronto. Es hora de que sepan quién soy hoy; de que conozcan cómo vivo”. Y así fue cómo comenzó esta historia: cuatro días con Estefanía de Mónaco.

En este tiempo conoceremos la fundación de lucha contra el VIH que creó en 2004; la acompañaremos a los actos de conmemoración del décimo aniversario de la llegada al trono de su hermano Alberto. Visitaremos con sus hijos la finca donde acoge a dos elefantes, que ella misma ha adiestrado. Hablaremos de su pasado, de sus fobias y de sus logros. Me haré voluntario por un día, vendiendo abanicos y papeletas de tómbola para recaudar fondos para la ONG de la princesa, y estaremos al lado de Carolina, Charlene y su extensa familia. Una carrera de fondo para conocer a la nueva princesa. Esa que dice ser hoy.

Es 15 de junio de 2015. Siete de la mañana. Un autobús nos espera en el estacionamiento de la estación de tren de Montecarlo, Mónaco. El jefe de prensa de la Familia Real monegasca, Nicolas Saussier, me presenta al círculo más cercano a la princesa, entre ellos Christine Barca, su secretaria personal desde hace más de 30 años y su mano derecha. “Hoy vas a conocer a otra Estefanía, muy distinta a la que tienes en mente”, me dice. En el autobús viajan una decena de voluntarios de Fight Aids Mónaco. Nos separan algo más de tres horas de nuestro destino, Carpentras, un pequeño pueblo de la campiña francesa en el condado de Avignon, donde hace cinco años se levantó la Maison de vie de la ONG, un refugio temporal para personas seropositivas, que celebra hoy el quinto aniversario de su inauguración.

El autobús se detiene en pleno campo. En el porche de la casa nos espera Estefanía de Mónaco. “No es nada protocolaria —me asegura el jefe de prensa—, pero llámela alteza”. Sin embargo, ‘su alteza’, con blusa blanca evasée de tirantes, pantalón de estampado paisley y alpargatas de esparto, en vez de tenderme la mano, se acerca, me rodea los hombros y me da dos besos. “Gracias por venir y dar a conocer el trabajo que hacemos aquí”, saluda.

Lo primero que llama la atención es su piel curtida, el azul intenso de sus ojos, la voz dulce y que constantemente se revuelve el pelo, en una especie de tic. Se mueve veloz mientras saluda a los invitados, hasta que aparece un perro que va hacia ella. Entonces, se olvida del mundo y comienza a hablarle al can en tono meloso.

Se inicia la ceremonia. El director del centro dedica unas palabras a Estefanía y hace un brindis con mojitos… “sin alcohol, como quiere la princesa”. Todos se echan a reír. “En los actos ella no permite que se beba alcohol, sobre todo por los enfermos”, me explica Manel Dalgó, un español residente en Mónaco, voluntario en Fight Aids y amigo de su alteza. Acabo de ver cómo ella le ha dado una fuerte palmada en el trasero a modo de saludo mientras grita en español: “Maneeeel, ¿qué pasa, tío?”.

Tras el almuerzo, soplamos las velas de un gigantesco pastel cuando comienza a sonar Fantastic Circus, el himno del circo de Montecarlo. Estefanía, emocionada, estalla en aplausos. Sobre una galería aparecen dos adultos y un niño que lanzan bolos al aire... o al techo, porque el espacio es tan reducido que chocan contra la cubierta hasta en tres ocasiones. El mayor de los acróbatas se disculpa con una sonrisa y da por finalizado el espectáculo. La princesa se lleva los dedos a la boca y silba con entusiasmo. Tras el número circense Estefanía está preparada para sentarse conmigo.

Descubre el resto de la historia en nuestra versión impresa de octubre.