Elena Perminova: de exconvicta a 'it girl', por amor

Un exagente del KGB la liberó, se enamoró de ella y la animó a dedicarse a la moda. Hoy, copa las primeras filas de los desfiles.

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La pierna de Elena Perminova es tan larga que parece tardar media hora en salir del coche. Primero asoman unas relucientes botas militares, con las que se podría aplastar un cráneo en una manifestación. A continuación, se desenrosca una serpiente de denim negro con aberturas en las rodillas. Y, solo después de un largo rato, la sigue un peludo abrigo blanco como un oso polar. Rematando el conjunto se eleva una cabecita angelical, casi infantil, pegada a un iPhone rosado.—Perdón por la demora. Mi esposo llegará después. ¿Hay ropa para él? Amanece en plena semana de la alta costura de París. Anoche, Owen Wilson fue a la presentación de un perfume de Dior. Hoy, Charlotte Rampling y Juliette Binoche asistirán al desfile de Armani Privé. Quizá Gwyneth Paltrow y Monica Bellucci ya se estén peinando para el de Chanel. Pero en el mundo real del bulevar Raspail, el planeta no se pone en marcha. Hay huelga de taxis y controladores aéreos —porque en París siempre hay huelga de algo—.

El elevador principal del edificio no funciona. El montacargas sí, pero cuatro obreros lo ocupan para retirar escombros de la obra de uno de los pisos. Para subir al ático donde se realiza la sesión de fotos tendremos que dejarlos terminar. La Perminova ya puede ser la it girl del momento, la esposa de un exagente del KGB devenido en oligarca —Alexander Lebedev—, el buque insignia de la moda del Este. Da igual. Un obrero parisino es inconmovible.—No pasa nada —se resigna. —Me fumo un cigarrillo mientras espero. Y se desplaza a un rincón del patio interior con sus dos inseparables: su peluquera y Alexandra, su hermana, mejor amiga y maquilladora. Todas fuman cigarros extra slim, que parecen tabaco para embarazadas, mientras hablan en ruso con —y sin— sus teléfonos. Aunque nadie lo diría viéndola fumar junto a los sacos de desechos, Elena Perminova carga sobre sus delgados hombros parte de la autoestima nacional de su país. Su rostro de piel blanquísima es un emblema en la transformación de la economía y la femineidad rusas.

Hagamos un poco de historia: durante los años noventa, la moda de la antigua Unión Soviética estrenó el capitalismo con una estruendosa sinfonía de leopardos y pieles de cocodrilo, un monumento a la ostentación y la falta de gusto. “Vestir bien” equivalía a “vestir caro”. Con el tiempo, Rusia se sofisticó. La crisis financiera dio un empujón a los cambios. Los consumidores americanos y europeos se moderaron, mientras las chequeras de los nuevos millonarios amamantaban una especie diferente. Algunos de los nuevos clientes de Chanel —chinos, árabes y, sobre todo, rusos— compraban más de 30 conjuntos la misma temporada. Entre todos se abrió paso un Rat Pack formado por mujeres como Miroslava Duma, Natalia Vodianova o Anya Ziourova. Estas zarinas coparon las primeras filas de los desfiles de los grandes diseñadores, entre los famosos, y comenzaron a imponer su estilo. El momento Perminova se acercaba.

En 2009, la sección de moda del Telegraph celebraba la “inocente sencillez” y el “perfil bajo” de esta encantadora recién llegada vestida con sus trapitos locales, como una campesina en traje típico. Solo estaba entrando en calor. Rápidamente comenzó a destacar por su creatividad combinatoria: zapatos de Balenciaga con blusas de Zara; jeans de H&M con aretes de Repossi. Su estilo ecléctico y audaz mezcla piezas de alta costura con accesorios al alcance de cualquiera. Eso le ha granjeado una legión de fans que capitaliza a través de una nueva y poderosa herramienta para marcar tendencias: Internet. La cuenta de Elena Perminova en Instagram tiene un millón cien mil seguidores, más que la mayoría de revistas. No importa que jamás haya desfilado en una pasarela: si usted es diseñador de moda, desea ansiosamente que luzca sus creaciones. Pero lo más extraño no es que una siberiana nacida en el comunismo (en Berdsk en 1986) tenga talento para vestirse. Lo increíble es cómo llegó a Londres. O, más bien, con quién llegó.—Le insistí a mi esposo que me acompañara a las fotos. Ha venido desde Moscú solo para esto ¡Tenemos que conseguir ropa para él! Sentada frente a su maquilladora, Elena muestra su fastidio. Su esposo mide 1.86, es corpulento y las casas de moda —incluso si estuvieran abiertas a esta hora, incluso si fuera un día cualquiera y no precisamente esta semana— no disponen de su talla en los showroom. El equipo de producción se deshace en llamadas telefónicas buscando algo que ponerle.

El señor, todos lo sabemos, no es el tipo de hombre a quien se dice “no”. Antes de comenzar la sesión, tres guardaespaldas toman posición en el ático. Van vestidos de guardaespaldas: trajes y corbatas negras, camisas blancas. Uno se coloca en el piso inferior, otro en el de arriba y, el último, en la escalera. Podrían ser un estorbo, pero apenas se nota su presencia. Están entrenados para pasar desapercibidos. Y no hay nada más fácil en el mundo que pasar desapercibido cerca de Elena Perminova. La it girl lleva un maquillaje suave, sin cargar las tintas ni marcar líneas. Sus labios naturalmente carnosos y su mirada verde apenas precisan química. Acaso a su pelo le siente bien un poco de volumen, que la peluquera aplica diligente en las pausas. Perminova sabe bien lo que le conviene. Ha estudiado al fotógrafo tanto como él a ella. Le propone ideas constantemente, cuyo resultado juzga después personalmente frente a la pantalla de la computadora.

La gente me pregunta cómo escojo mi ropa —me cuenta mientras se hace un selfie para Instagram—, pero no sigo ninguna regla. Solo sé lo que necesito. Soy muy rápida comprando porque siempre tengo claro lo que quiero. La relación de Perminova con la cámara, su control total de la imagen, recuerda a la de las top models de los años noventa como Claudia Schiffer y Linda Evangelista, sus favoritas. Igual que ellas, Elena puede trabajar horas sin parar. Solo hace pausas para enviar mensajes de voz por el móvil y para administrarse dosis regulares de tabaco en el balcón. Antes de cada salida, anuncia:—¡Ok! Es hora de salir a fumar. Voy a ponerme mi abrigo de piel supercaro —y guiña el ojo mientras recoge su oso polar—. Es broma, es de imitación. Esa chamarra de pelo sintético es, quizá, lo único que recuerda a la Perminova de su infancia, aquella niña que creció en la helada Siberia, en una familia de clase media sin aderezos cuyo mayor lujo era la piel falsa.

Por entonces, sus diversiones consistían en una resbaladilla y un pozo de arena del parque infantil público. Aún recuerda la primera vez que comió chicles y chocolates Snickers que su padre trajo de un viaje de trabajo. Compartió esas golosinas con sus amigos y se convirtió en la chica más popular del grupo. Así de raras eran. “Cuando la gente me preguntaba qué quería ser de mayor, respondía que modelo”, rememora 20 años después, fumando en la terraza. El abrigo blanco cubre su vestido de Valentino y el cielo es milagrosamente azul para tratarse de un enero parisino. “Siempre me gustó jugar con mi aspecto. A los nueve años me teñí el pelo de azul. Como no podía pagar jeans de diseño, les pegaba canicas de colores. En una fiesta de Año Nuevo a la que todas las chicas fueron vestidas de princesa yo me disfracé de vampiro”. Nadie imaginaba que la vampiresa era precisamente la destinada a ser una princesa de cuento. Ni que el cuento era el de la Cenicienta en versión película de terror. A los 16 años se metió con el tipo equivocado. Abandonó el hogar familiar y los planes para recibir educación superior. Bajo la influencia de ese novio que casi le doblaba la edad acabó vendiendo éxtasis en las discotecas. No duró mucho. La policía la arrestó. —Me condenaron a seis años de cárcel —cuenta, mientras trata de que el humo del tabaco no se impregne en la ropa—, y me confinaron a una celda sin jabón. El único mobiliario consistía en un escusado pestilente y una cama metálica empotrada en la pared.

Para reducir su condena ofreció su ayuda a la policía en la búsqueda de otro narco, un pez gordo. Los agentes la enviaron a contactarlo con micrófonos pegados al cuerpo y billetes marcados. La captura se produjo en un choque de automóviles digno de The Fast and The Furious. Aunque, a diferencia de las películas, en la historia de Elena la heroína perdió: a pesar de su colaboración con las autoridades, los cargos contra ella no se desestimaron. Además, ahora el ma-fioso sabía quién lo había delatado. La vida de la adolescente ya no era aburrida. Pero prometía ser muy corta.En el momento más desesperado, su padre escuchó a un parlamentario defender en la radio la instauración de un programa de protección de testigos. Llamó al hombre y le expuso la historia de su hija. El parlamentario olfateó un caso ejemplar para su causa y se puso en acción. Pagó una defensa en condiciones y consiguió una suspensión de condena. Elena se mudó a Moscú y pudo estudiar Económicas. Acababa de deslizarse frente a la puerta del infierno. Afortunadamente, había rebotado contra el umbral.—Todos podemos cometer errores— me dice clavándome su mirada entre verde y gris como un bisturí—. Viví mi primer amor, era joven y caí en terribles equivocaciones. Desde entonces, trato de ser diferente. Intento hacer las cosas mejor. Y mejorar el mundo que me rodea. El parlamentario que salvó la vida de esa joven se llamaba Alexander Lebedev. Y hoy aquí, en el bulevar Raspail, un equipo de producción está tratando de encontrarle algo de ropa.

*Descubre la segunda parte de esta historia en nuestra edición impresa de marzo 2016.