Y otra vez ya viene el do

50 ?años después, los dos protagonistas de La novicia rebelde revelan los secretos del musical con el que la crítica se ensañó.

Es posible que a nadie le resulte sorprendente que Julie Andrews viaje con su propia tetera. Una tarde del invierno pasado, a última hora, me reúno con Christopher Plummer y con ella en el hotel Loews Regency de Manhattan para hablar del quincuagésimo aniversario de la versión cinematográfica de La novicia rebelde, que ha vuelto a estrenarse en salas. A cualquier persona que viera la cinta original en 1965 le parecerá increíble que haya pasado tanto tiempo. Ahora que Plummer tiene ochenta y cinco años y Andrews setenta y nueve, pueden ustedes imaginar lo que sentirán ellos al respecto.

Fue durante el rodaje de La novicia rebelde cuando ambos actores iniciaron una amistad que, medio siglo después, aún goza de muy buena salud. Blake Edwards, marido de Andrews, dirigió a Plummer en El regreso de la Pantera Rosa en 1975; el director y el intérprete siguieron siendo amigos hasta la muerte del primero, ocurrida en 2010. En 2001, los dos actores coprotagonizaron un montaje televisivo y retransmitido en directo de Los años dorados, y en 2002 hicieron una gira por Estados Unidos y Canadá con un gran espectáculo teatral titulado A Royal Christmas. A estas alturas, los intérpretes han llegado a un punto en que se quitan la palabra el uno al otro, como una pareja que llevara casada toda la vida.

En cuanto la tetera de Andrews se pone en funcionamiento y el té se prepara y se sirve, los dos se acomodan en el sofá de una suite para hablar. Acaban de volver de una sesión de fotos. Les pregunto sobre cómo les fue, y la actriz contesta enseguida: “Bueno, yo iba de negro. Él también iba de negro. El fondo era blanco, creo. Me puse unos pendientes magníficos y el peinado me gustó mucho; me hicieron uno muy atrevido”.

—En mí ni siquiera te has fijado, ¿no? —pregunta Plummer en tono lánguido.

—Pues no —responde ella con gran vehemencia.

A lo largo de las décadas, Plummer no se ha esforzado lo más mínimo en esconder la irritación que le produce haber interpretado al capitán Von Trapp. A principios de la década de los 60 era un reputado actor teatral. Decidió participar en la cinta principalmente como preparación para su papel de Cyrano de Bergerac, a quien iba a encarnar en un musical de Broadway. Y en cambio, con treinta y cuatro años y unas mechas canosas en el cabello, se vio al frente de una producción que él consideraba demasiado dulce, involuntariamente acompañado por siete niños muy alegres, una monja cantante y un silbato de contramaestre. De hecho, cuando se estrenó La novicia rebelde las críticas fueron demoledoras. En The New York Times, Bosley Crowther reconoció que Andrews “cumple su cometido con alegría y valor”, pero también aseguró que los otros actores adultos “están espantosos, sobre todo Christopher Plummer en el papel del capitán Von Trapp”.

El intérprete regresó al teatro, donde era, es y siempre será uno de los grandes. Hasta diez años después de La novicia rebelde no encontró un papel cinematográfico a su altura. Fue como actor de reparto junto a Sean Connery y Michael Caine en El hombre que sería rey, de John Huston, en la que encarnó a Rudyard Kipling; desde entonces, sus apariciones en la pantalla han sido constantes. En 2012 obtuvo el Oscar al mejor actor secundario por Beginners, largometraje en el que daba vida a un padre y esposo que se declara gay en una etapa muy tardía de la vida. Acaba de protagonizar Remember, un thriller dirigido por Atom Egoyan, y se está decidiendo entre dos nuevos roles cinematográficos.

Le guste o no a Plummer, el actor ha logrado dejar una huella duradera gracias a su intervención en La novicia rebelde. El capitán Von Trapp, irremediablemente apuesto y discretamente abatido por la muerte de su mujer, siempre ha sido el galán de la película, no Rolf, el bobalicón mensajero adolescente. El hecho de que fuera una monja guitarrista —de pésimo vestuario, pero excelentes valores— quien desplazara a la elegante, pero superficial baronesa, no es más que un puro acto de justicia en versión hollywoodiense.

Fuera de la pantalla, Plummer, de orígenes distinguidos (su bisabuelo fue primer ministro de Canadá), se pasó la vida cultivando el registro opuesto: el de un célebre chico malo, dedicado a la bebida y a las juergas, capaz de burlarse de sí mismo de forma despiadada y, al mismo tiempo, de criticar duramente a todos los presuntuosos que se creen importantes.

Andrews es una persona completamente distinta. Rodó La novicia rebelde a los seis meses de terminar Mary Poppins. Antes de ambas películas había triunfado en Broadway interpretando a Eliza Doolittle en My Fair Lady.

Desde entonces, Andrews no ha dejado de ser una estrella de cine. Aunque millones de personas siempre seguirán asociándola mentalmente a un insólito híbrido de niñera y monja, resulta evidente que la actriz es mucho más que eso. Su triunfo, tanto sobre las tablas como en la gran pantalla, en Víctor Victoria, dirigida por su esposo, es un ejemplo de su versatilidad. Al margen de su extraordinario talento para el canto, lo que siempre la ha caracterizado ha sido el puro esfuerzo. Durante los ensayos de My Fair Lady, Rex Harrison, el coprotagonista, criticó sus dotes interpretativas y quiso que la sustituyeran. El director, Moss Hart, les dio cuarenta y ocho horas libres a los otros miembros del reparto para trabajar a solas con Andrews. Tal como narra ella misma en su autobiografía, Home, cuando Hart terminó, la mujer del director, Kitty Carlisle Hart, le preguntó a este cómo había ido el ensayo. “Ah, lo hará bien”, respondió un cansado Moss. “Tiene esa tremenda fortaleza de los británicos que te lleva a preguntarte cómo es posible que perdieran la India”, sentencia.

La misma fortaleza, en el caso de Andrews, es producto de su propio esfuerzo. El abuelo materno de la actriz, muy mujeriego, contrajo sífilis y murió a los cuarenta y tres años de demencia paralítica; también contagió la enfermedad a su mujer, que falleció dos años después. La madre de Andrews, una pianista de talento, abandonó al padre de la intérprete para casarse con el actor de teatro de variedades, Ted Andrews; la pareja y Julie pasaron varios años de gira. Su alcohólico padrastro intentó abusar de ella en varias ocasiones. Su madre también se volvió alcohólica. Cuando Julie tenía catorce años, le confesó que su primer marido no era el padre biológico de la joven; con el auténtico progenitor solo había mantenido una relación esporádica. Aunque Andrews llegó a conocerlo, no quiso tener un trato habitual con él.
Julie pasó toda la infancia trabajando para apoyar económicamente a su familia, y también ayudó a criar a sus hermanos menores. Su eterno personaje de chica buena le sirvió de antídoto frente a sus desfavorables circunstancias, y le ayudó a dominar habilidades diplomáticas, una educación que resulta idónea para una estrella. Andrews estrecha la mano, mira al interlocutor a los ojos, lo llama por su nombre de pila y demuestra una consumada pericia a la hora de contestar a una pregunta no con la respuesta correspondiente, sino con la que ella decide dar.

La novicia rebelde inició su andadura como musical en 1959, compuesto por Rodgers y Hammerstein y fue galardonado con varios premios Tony. William Wyler se comprometió a dirigir la versión cinematográfica, pero no llegó a enamorarse de la historia y acabó renunciando a la cinta para rodar El coleccionista. Lo sustituyó Robert Wise, que había ganado la estatuilla al dirigir Amor sin barreras, La novicia rebelde se alzó con el Oscar a la mejor película en 1965, y Wise obtuvo su segundo galardón como mejor director.

Pero en esta sala hay un hombre que, por lo visto, considera que ese largometraje es como un hijo que nunca quiso y del que no ha podido librarse.

“Bueno, yo nunca critico la película”, declara Andrews con fervor, “porque ese fue el momento en que mi carrera profesional despegó de verdad. Con ésa y con Mary Poppins”.

“Por mucho cinismo que siempre me haya inspirado La novicia rebelde”, añade Plummer, “sí que respeto que ofrezca algo distinto de todos los tiroteos y persecuciones en coche que se ven en la actualidad. Tiene cierto carácter universal, maravilloso y tradicional. Salen villanos y también los Alpes; sale Julie y aquello es una torbellino de sentimientos. Nuestro director, el bueno de Bob Wise, consiguió que el proyecto no acabara cayendo en la sensiblería más absoluta. Un buen hombre. Todo un caballero. Quedan pocos como él en nuestro sector”.

Muy bien, volvamos a la amistad entre ambos. Los actores se miran.

—A Julie no se le ocurre qué decir —comenta Plummer con guasa.

—Cuando le dieron el papel de La novicia rebelde era un actor tan extraordinario que yo solo pensaba: “¿Cómo voy a estar a la altura?”. Pero la pasamos muy bien. Nunca discutimos, jamás.

—No —confirma él—. Julie puede llegar a ser rigurosa en exceso, pero no de forma desagradable.

—¿Quién dijo que yo era una monja armada con una navaja automática? —pregunta la actriz.
Él se ríe con ganas.

—Eso es; “Una monja con una navaja automática”.

—Creía que habías sido tú —añade Andrews.

—No.

Es cierto que el rodaje de Plummer en Austria solo duró once días?

—Más o menos —contesta éste—. El calendario de rodaje fue muy apretado.

—No es posible que fueran solo once días —protesta la actriz—. No me lo creo.—Sí, de verdad, fueron muy pocos días. Me sobró mucho tiempo y por eso engordé tanto. Bebí mucho y comí un montón de maravillosos pasteles austríacos. Cuando llegué al rodaje, Robert Wise me dijo: “Madre mía, pareces Orson Welles”. Tuvimos que ajustar todo el vestuario.

—No me di cuenta. De verdad —insiste ella—. Sí que recuerdo que tú y yo vivimos un par de instantes de gran intimidad. En uno de ellos yo estaba empapada, era después de que volteara la barca en la que estaba con los niños. Es uno de mis momentos preferidos de la película. Esto nunca te lo he contado: pasó justo antes de que entrásemos en el quiosco, cuando tú ya te habías despedido de la baronesa. Querías decir que te alegrabas de que María hubiese vuelto. Y, como si fueras un niño, declaraste que había sido horrible que yo me marchara y que volvería a serlo si me iba otra vez. Aquello me pareció adorable. Él esboza una gran sonrisa, mientras yo señalo que Andrews ya ha contado esto. Muchas veces.

—¿De verdad? —pregunta la intérprete con gesto de sorpresa.

—Bueno, pues yo es la primera vez que lo he oído —asegura Plummer, con gran lealtad—. Costaba encontrar escenas con intensidad dramática. Ernest Lehman, que era un guionista maravilloso, llevó a cabo una labor espléndida en La novicia rebelde si tenemos en cuenta que se escribió no como obra de teatro, sino como musical.

—Era muy fácil que todo quedara demasiado dulce 
—dice Andrews—. Fuiste tú quien logró que todos estuviéramos unidos, porque no estabas dispuesto a que nos pasara eso, y yo también lo intenté.

—Para el barón eso resultaba más fácil, desde luego —afirma Plummer—, porque era un poquito cabrón.

En 1997, la voz de Andrews quedó prácticamente incapacitada para el canto después de que la actriz se sometiera a una operación en la que le extirparon unos nódulos benignos que tenía en la garganta.
“No hablo mucho de este tema”, dice la intérprete, a quien se le ve un gesto de tristeza en cuanto menciono este asunto.

Después de dicha intervención, Andrews consultó a un terapeuta especializado del centro de rehabilitación Sierra Tucson. “Aquello me destrozó”, recuerda. “Pensé que igual podía recuperarla. Pero eso fue mucho antes de darme cuenta de que me habían quitado parte del tejido. Sin embargo, durante el año y medio que estuve esperando a que sucediera un milagro, pensé que tenía que hacer algo porque si no, iba a volverme loca. Mi hija Emma y yo empezamos a colaborar y fundamos una pequeña editorial. (Ambas han escrito juntas veintiséis libros infantiles, que se han publicado en esa editorial). Un día me estaba lamentando de mi mala suerte y le dije: ‘Emma, cuánto echo de menos cantar. Ni te lo imaginas’. Y ella me contestó: ‘Ya lo sé, pero la verdad es que deberías encontrar una nueva forma de emplear tu voz’. Han adaptado uno de nuestros libros para convertirlo en musical, The Great American Mousical [estrenado en 2012 y en el que se establece un juego de palabras entre mouse, ratón en inglés, y musical,  que celebra la vida en el teatro], que dirigí en la Goodspeed Opera House de Connecticut. Otro de ellos, Simeon’s Gift, también lo han adaptado para una orquesta sinfónica y cinco intérpretes. Y soy miembro del patronato de la Filarmónica de Los Ángeles, lo cual me llena de orgullo”.

—Bien; en tanto que iconos de una película clásica llamada a perdurar, si pudieran cambiar algún detalle de la cinta, ¿cuál sería?

—Yo me habría cambiado a mí mismo completamente y habría contratado a otra persona —contesta Plummer.

—Anda, cierra el pico —le replica Andrews con gesto de hartazgo—. Yo seguramente cambiaría la forma en que canté un par de canciones —prosigue—, porque al principio siempre me parece que lo hago en un tono altísimo. Pero ¿sabe una cosa? También es uno de esos filmes de ese período que ha logrado no perder vigencia. Nadie empieza siendo una estrella. Aceptas cualquier trabajo que te ofrecen y, si tienes mucha suerte, la película triunfa. Eso me lo repetía mucho mi madre: “Ni se te ocurra volverte una engreída. Siempre hay alguien capaz de hacer lo mismo que tú, y seguramente mejor”. Ésa fue una gran enseñanza.

En los últimos años se han popularizado las reposiciones de La novicia rebelde en las que el público puede cantar las canciones, organizadas en lugares como Salzburgo, el West End de Londres o el anfiteatro Hollywood Bowl. Ni Andrews ni Plummer han asistido nunca.

“Hay una anécdota estupenda de un joven londinense”, comenta la actriz, “que se presentó con todo el cuerpo pintado de color dorado. Le preguntaron: ‘¿Tú qué personaje de la película eres?’. Y él contestó: ‘Sol, ardiente esfera es”.

Ha pasado la hora del té y ha llegado la de la cena. Andrews insiste en que los acompañe al Regency Bar & Grill de la planta baja para tomar una copa. Allí se une a nosotros el grupo que acompaña a los intérpretes en las giras: Steve Sauer, el mánager de Andrews; Rick Sharp, su maquillador; John Isaacs, su peinador; Elaine Plummer; Lou Pitt, mánager de Plummer, y Berta, la mujer de Pitt. En la actualidad, el actor vive en Connecticut y pasa el invierno en Florida; Andrews reside en Long Island para estar cerca de Emma y de los negocios de ambas, aunque mantiene un apartamento en Santa Mónica.

Andrews y Plummer se sientan uno al lado del otro en el centro de una mesa muy larga dándole la espalda al resto de la sala. Él pide vino, aunque antes me ha aclarado que su época de gran consumo de alcohol ya ha terminado. Andrews elige lo de siempre: un martini de Ketel One, solo y con aceitunas. Durante el brindis, agradezco a los dos que me hayan invitado. Andrews sonríe con elegancia mientras Plummer replica: “Bueno, ¡no he sido yo quien le ha invitado!”.

Todos beben y piden la cena. Cuando hablan, Plummer y Andrews se acercan mucho el uno al otro, sus cabezas casi se rozan. Poco a poco, las personas de las otras mesas empiezan a advertir su presencia y echan el cuerpo hacia delante para comprobar si es cierto lo que están viendo. Al fin y al cabo, la última vez en que la mayoría de nosotros los hemos visto juntos ha sido subiendo por aquella montaña para alcanzar la libertad.

Han pasado cincuenta años y aquí están, vivitos y coleando. Y siguen siendo una familia.