Deborah Hung, una mexicana que nació para conquistar

En entrevista exclusiva para Vanity Fair México, la exmodelo y empresaria habla de cómo se insertó en la 'jet' y ahora lidera el proyecto de un lujoso hotel donde la noche costará 130,000 dólares.

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Deborah Hung se describe como una mujer normal que un día come tacos y al otro caviar; comenzó como modelo, viajó por el mundo con este trabajo y ahora lidera al lado de su esposo un proyecto hotelero en Hong Kong llamado THE 13, donde la noche costará al menos 130,000 dólares. Si se abre su agenda telefónica, es posible encontrar nombres de famosos diseñadores de moda como con Domenico Dolce, con Donatella Versace o Eva Cavalli.

Aunque su fama se la ha forjado sola —desde que comenzó una vida independiente de su familia en Hermsillo, Sonora—, el despunte de su vida cosmopolita lo debe a Stephen Hung, un magnate asiático de los bienes raíces con el que contrajo matrimonio y ahora hacen negocios juntos.

En una entrevista hecha por Isaac Garrido y una sesión realizada por el famoso fotógrafo Javier Salas en un lujoso hotel en París, Deborah es uno de esos personajes que arropa la tradición de las mujeres norteñas mexicanas: es esbelta, altamente esmerada en su arreglo personal, con unos amplios ojos almendrados y una fotogenia envidiable.

En la portada del mes de octubre se muestra a esta interesante mujer cuyo matrimonio con Stephen Hung la insertó en la 'jet'. Hoy, su fama va acompañada del hashtag #TheHungs, sinónimo de una vida de fantasía que muestra en Instagram. Tal vez su historia recuerde a la de una cenicienta moderna, pero ella misma cuenta que a ella le ha costado cada logro en su vida.

Aquí puedes leer un adelanto de lo que verás en la edición impresa de octubre 2016 de Vanity Fair México:

París vuelca en su Semana de la Alta Costura. Es una de las jornadas más álgidas. Maisons épicas como Chanel, Giorgio Armani Privé y J. Mendel sobresalen en el calendario de presentaciones de otoño invierno durante ese martes en la capital de la luz. Deborah Valdez Hung ha prescindido de su habital front row en una de esas majestuosas presentaciones que elevan la moda a nivel de performance. La Suite Impériale del Shangri-La París, el hotel más codiciado de la capital, es su recinto temporal y ahí se desarrolla nuestra sesión, que ha requerido de una pausa en la frenética agenda empresarial que comparte con su esposo, el magnate asiático Stephen Hung, —presidente, entre otras, de las compañías holding de inversiones Falloncroft y presidente adjunto de Louis XIII Holdings— que ha amasado una fortuna a partir de los bienes raíces y la hostelería de lujo en Macao. “Hemos estado viajando como no tienes idea. Hay ocasiones en que en un solo día estamos en cuatro ciudades. A veces visitamos hasta cuatro continentes en una semana. Viajamos por su trabajo, por mi trabajo”, explica.

La agenda de ella no es menos vertiginosa. “Estuve con el CEO de Cavalli y me preguntó si podíamos hacer algo juntos. Tengo muy buena relación con Domenico (Dolce), con Donatella (Versace), Eva Cavalli, prácticamente los dueños de las marcas porque estamos haciendo un proyecto con diseñadores”. Hoy, la sonorense copa los círculos más exclusivos de la jet set; estelariza instantáneas en galas como el Festival de Cannes, fiestas en grandes palacios y sesiones fotográficas junto a su esposo. Pero en ella se vierte la no tan típica historia de una chica provinciana que acabó casada con un excéntrico magnate de la hostelería asiática.

Apodada “La Generala”, Deborah creció en Hermosillo, Sonora, donde se crio al lado de su padre, un funcionario público y sus hermanos, de quienes evita hablar. “No me gusta platicar mucho de mi familia porque mi papá trabajó mucho tiempo en el gobierno y sabes que las cosas no están muy bonitas en nuestro país, muy seguras”, dice a manera de disculpa. “Acaban de secuestrar a la mamá de una amiga que es de Brasil, es muy buena amiga mía, de los Ecclestone, está casada con Bernnie Ecclestone”. Se refiere al caso de Aparecida Schunck, madre de Fabiana Flosi, la esposa del magnate de la Fórmula 1, que fue liberada en São Paulo luego de 10 días en cautiverio y cuyo rescate habría ascendido a unos 35 millones de dólares, según reportaron algunos medios internacionales.

“Te puedo hablar de mis sentimientos y demás, pero no quiero tocar mucho el tema de mi familia”, dice en tono agradable. De su infancia cuenta que estuvo fuertemente influida por su padre, ausente debido a su trabajo, y que rápidamente tuvo que adoptar responsabilidades en el hogar que le obligaron a crecer a mayor velocidad. “Como dicen, las de Sonora somos muy corajudas, recias, fuertes, pero no solo por ser del norte sino porque crecí con mi papá. No viví en la típica familia en que me checaban si hacía mi tarea, la mayoría de las cosas las hice porque quise”. Al hablar del núcleo familiar, no menciona a su madre. Las respuestas que Deborah da sobre la presencia maternal son escuetas. “Tampoco hablamos mucho de eso. Hubo un accidente, la figura materna existió solo 12 años de mi vida. La mamá es el pilar de la casa entonces al no haber creces más rápido”. Prefiere no ahondar.

Una pequeña Deborah se vio obligada por las circunstancias a madurar meteóricamente a la par de sus objetivos. Contempló la enfermería, la docencia... Acabó volcándose por la abogacía, pero recuerda que toda alternativa siempre incluía la idea de salir del país. “En la preparatoria les decía a mis amigas: yo tengo que viajar, hay algo esperándome a mí”. El modelaje colisionó en su mundo provinciano; le llegó en formato de casting. Aquella joven que aún no alcanzaba la mayoría de edad (tenía 16 años) acudió en secrecía absoluta a una audición multitudinaria. “No le dije a nadie, ni familia ni amigos, por temor de no quedar. Tiempo después me llaman, dijeron que tenía la oportunidad, seleccionaron a doce niñas de toda la República, nos dieron contrato y empecé a modelar”. —¿Cómo reaccionó su padre al saber que dejaría el hogar? —Creo que mi papá hasta la fecha no sabe lo que es exactamente el modelaje — dice soltando una carcajada— Él trabajó en ministerio público, háblale de violencia, de armas, cosas así, y lo sabe. De modelaje, de moda, creo que mi familia no sabe mucho, pero vio que era tan responsable que me dio la bendición.

Comenzó a desplazarse en algunas pasarelas como Fashion Week y pronto estelarizó sesiones comerciales, como la de celulares LG, e inmediatamente detona una anécdota: “Estuve en todos los espectaculares en Reforma. Cuando me llevaban o me paseaba con mis amigas y me veía la cara no se parecía nada a la mía, estaba completamente diferente, nadie me reconocía pero yo estaba llena de orgullo, se las mandaba a mi papá y demás”, rememora. Luego vinieron Nueva York y España, donde durante su breve estadía hizo campañas para El Corte Inglés, producto de su propia búsqueda. “Me hicieron otro casting y me dijeron que me querían de una agencia en Asia. Fue ahí cuando todo se desbordó”. —Hace parecer su carrera como algo muy fácil. ¿No es el modelaje altamente competitivo? —Sí sucede. Hay pleitos, envidias, de todo. Son muy malas. Son niñas que están acostumbradas a la atención. No todas; es como cualquier trabajo, hay competencia, hay gente que te desea bien, te desea mal, es un mundo donde tienes que estar conviviendo con niñas. Básicamente es difícil.