La fórmula Bridget

Bridget Jones, hace diez años, lanzó un mensaje al mundo que se convirtió en un ‘best-seller’ y en un taquillazo: la perfección no conduce necesariamente a la felicidad.

Contra todo pronóstico y aunque la cirugía de Renée Zellweger parecía un desastre, y a críticos de todo el mundo les molestaba que no hubiera engordado los 20 kilos de rigor que parece exigir el personaje, Bridget Jones triunfa. El punto de partida, ya lo saben ustedes, no creo estar haciendo ningún spoiler, es una Bridget separada a los 43 años, delgada, deportista y embarazada por sorpresa. La cuestión, punto de partida del argumento, es de quién. ¿Del ex que, no sé si por culpa también de una mala cirugía o porque el rodaje le aburría soberanamente, reaparece con cara de acelga? ¿De la aventura ocasional, que resulta ser millonario, matemático, divertido y además Patrick Dempsey? En fin, no les contaré el final, aunque quienes la hayan visto estarán de acuerdo en que no había otro posible.

Los publicistas se han tomado mucho trabajo asegurando que se habían grabado varios finales, todos felices, y que ni siquiera los tres actores protagonistas sabían cuál se iba a elegir finalmente. A mí, la verdad, me daba igual. Si la serie Bridget Jones tiene virtudes, desde luego una de ellas no es su capacidad para mantener el suspense hasta el último minuto, ni falta que le hace. No creo que nadie fuera al cine con la ansiedad de saber qué nos depararía el final.

Quienes nos habíamos reído con esta treintañera bebedora y regordeta, que lo mismo dejaba de fumar que acababa con dos paquetes en dos horas, quienes empatizábamos con esta chica insegura, enamorada de su jefe guapísimo, decepcionada con su jefe guapísimo y capaz de bajar con minifalda por una barra de bomberos en directo, estábamos ahí, fieles, algunos años después, esperando la última parte de la trilogía. Nosotras, las espectadoras, con más arrugas. Ella, la protagonista, con algunas arrugas menos. Nosotras, con hijas preadolescentes. Ella, tan contenta pensando en un bebé Bridget, había cambiado irremediablemente. Nosotras, también. Aunque ella, la verdad, no tanto, porque en Hollywood los años se contabilizan como la edad de los perros. Un año de estrella equivale a siete de mortal.

Quienes nos divertíamos con Bridget nos preguntábamos qué habría pasado con sus amigos disfuncionales y un pelín inadaptados. Con su madre neurótica, con su sopa azul... Nos gustaba Bridget porque nos gustaban sus imperfecciones y era un piadoso espejo en el que mirarnos. Hace diez años, lanzó un mensaje al mundo que se convirtió en un best-seller y en un taquillazo. La perfección no conduce necesariamente a la felicidad. Bridget avanza en esta última parte de su historia hacia una vida convencional a pasos agigantados. Nosotros, seguramente también. Sí, ese es el punto de partida. Pero tengo que decir que el final, tan previsible como ustedes se imaginan, no me decepcionó. Porque más allá de esa primera lectura, la de que todos somos más felices cuando tenemos lo que imaginamos debemos tener, lo que busca la mayoría, brilla con un destello más esperanzador. La idea de que la felicidad está detrás de lo que no esperábamos, no imaginábamos, no buscábamos, no sabíamos que nos estaba destinado.