Una lista imposible

Sigo intentando construir la lista de personas admirables que han pasado frente a mis ojos en los últimos días y me quedo atascada en Florence Foster Jenkins, la peor soprano de la historia.

Un país puede sobrevivir a un tsunami pero no a la falta de inspiración. O a esa conclusión llegamos una compañera de profesión, que me llama para pedirme que le eche una mano porque se ha atascado en mitad de un discurso que prepara, y yo. Mi amiga pretendía empezar animando a la audiencia con nombres edificantes y se encuentra con un problema: no se le ocurre ninguno. Yo coincido con ella en que su idea es un buen arranque para enganchar al auditorio y me encuentro con otro problema. Todos los que se me ocurren están muertos o no existen. Es decir, existen solo en la ficción. Y mi amiga considera, con buen criterio, que no resulta un punto de partida muy alentador.


Después de un rato repasando de memoria la actualidad, llegamos a la conclusión de que tenemos que retrotraernos a los últimos Juegos Olímpicos para recuperar esa mezcla de entusiasmo, alegría irracional y confianza que despierta la admiración. Recordamos las lágrimas en la meta de Lupita González y las piruetas sobrenaturales de Simone Biles, la alucinante potencia de Usain Bolt que nos ha dado otra medida de la fama y la fotogenia. Muy lejano, se queja mi amiga que sufre el mal del periodista y considera que todo lo que pasó ayer pertenece a la prehistoria. Vale, volvemos a empezar, y delante de nosotras desfilan el superviviente Donald Trump, el legado de Juan Gabriel, el peinado de 1,000 dólares de Hillary, el Power Point del PP y el gigante que visita al niño de Bayona. Realmente no es mucho. Hablamos de portavoces que ayer dijeron no y mañana dirán sí. De señores que no dejan su escaño ni muertos. Ni mi amiga ni yo somos muy dadas al desaliento, pero después de pensar y pensar mientras nos tomamos una cerveza caemos en un momento de desánimo.


Supongo que finalmente en su discurso hablará de deportistas generosos y brillantes y de políticos mediocres. A lo mejor es que me estoy volviendo una descreída pero sigo intentando construir la lista imaginaria de personas admirables que han pasado delante de mis ojos en los últimos días y me quedo atascada en Florence Foster Jenkins. Ni está viva ni es literalmente real porque su historia nos llega a través del filtro de dos películas: la francesa Madame Marguerite y la versión americana que protagoniza Meryl Streep.


La de lady Florence es la historia de la peor soprano de la historia de la ópera. Por favor, escuchen las grabaciones memorables de algunas arias de ‘La flauta mágica’ que nos dejó, convencida de su talento. Seguramente nadie ha desafinado tanto nunca ni de una manera tan atroz. Después de toda una vida actuando ante pequeños y amistosos auditorios que aplaudían su entusiasmo y su generosidad en el mecenazgo, se atrevió a aparecer en el Carnegie Hall ante dos mil personas. No cuento más y les animo a ver alguna de las dos películas. “Puede que no supiera cantar, pero nadie puede decir que no haya cantado”, dice lady Florence por boca de Meryl Streep. Y ahí ya no dudamos de si su ingenuidad era en realidad una feroz determinación. ¿Saben? No importa. Fuera lo que fuera, esa asombrosa capacidad para ser libre sí me parece admirable.