Principiantes

La política se ha convertido en una señora con kimono preguntándose qué narices hace ella vestida así y memorizando golpes directos y patadas circulares.

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Una conocida política, ocupada en complicadas negociaciones, empezó a practicar kárate hace unos meses. La política no tenía experiencia en artes marciales, así que se convirtió en una señora con kimono, moviendo brazos y piernas en un orden inimaginable para ella hasta entonces, esquivando golpes como podía, iniciando una actividad que otros mucho más jóvenes dominan a su alrededor. Una señora preguntándose qué narices hace ella así vestida memorizando katas, golpes directos y patadas circulares mientras los demás la miran con cara de me importa un pimiento qué cargo importantísimo hayas ocupado, se te ve bastante blandita. La política, que tiene mucho callo en el combate cuerpo a cuerpo y es famosa por dar y encajar con soltura dentro y fuera de su partido, ha bajado a la realidad del tatami. Terreno desconocido. Protocolos rígidos. Posibilidad de llevarte un guantazo con nombre oriental. Tan duro como empezar a estudiar ballet a los cuarenta y tantos o baile de salón a los cinco.

La entiendo muy bien. Yo llevo casi tres años en las mismas, de forma un poco clandestina, con mi kimono dos días por semana, rodeada de cinturones negros, con esa molesta sensación de ser la última de la clase por siempre jamás. Llego con mis tacones y después de una pelea cotidiana en la redacción para la que al fin y al cabo me he entrenado durante años. Me descalzo y empiezo otra para la que cualquiera de los que me acompañan está mil veces más preparado que yo. Doy explicaciones a mi maestro si me retraso, me disculpo si no he practicado lo suficiente, repito, repito y repito hasta que memorizo un kata, me agobio con los exámenes. Termino con el cuerpo dolorido y la cabeza limpia. Seguramente nada me alivia tanto el estrés. ¿Por qué? Supongo que tiene que ver con salir de tu zona de confort, con concentrarte en algo que no solo no manejas, sino que te supera. Con sobreponerte al sentido del ridículo. Con alimentar la autoestima y no el ego. En fin, con todo esto que suena un poco a autoayuda cursi, pero que es eficaz como colocar la última pieza del primer rompecabezas. Con ser principiante y durante un rato concentrarte solo en un camino nuevo que no tiene nada que ver con la ruta habitual.

La conocida política, de la que no revelaremos el nombre, ha dejado el kárate de momento. Hasta que los pactos avancen o hasta que unas nuevas elecciones la coloquen en mejor posición. Vuelve a las patadas familiares y las defensas conocidas. Lo bueno de su profesión es que se puede golpear por debajo del cinturón y que las cosas terminan siempre volviendo a su sitio. Los veteranos suelen encontrar su lugar, en primera o segunda línea de batalla. Los principiantes buscan el camino que lleva al poder. No sé si la política estará echando de menos la rigidez tranquilizadora de unas normas claras y limpias. ¿Y nosotros? ¡Qué pereza tener que volver irremediablemente, elección tras elección, a la blanda, aburrida, previsible, consabida y mediocre zona de confort!