¿Qué fue de Baby Jane?

Me aburren las historias de conciliación solo femenina y me pesan como una piedra que nos empeñamos nosotras mismas en ponernos al cuello.

 

Supongo que para iniciar una conversación sin tener que recurrir a lo de “hay que ver qué calor para la época del año en la que estamos”, una política recién elegida, y que hasta ahora se dedicaba a otras cosas, comenta conmigo la preocupación por la alimentación propia y ajena que al parecer tenemos en general las mujeres. Preocupación no por la dieta, explica, sino por la alimentación de nosotras mismas y cualquiera que esté a nuestro alrededor. Por ejemplo, argumenta ella, en una oficina nueva, ¿qué es lo primero que haría una jefa? Sin duda informarse sobre los restaurantes cercanos, los microondas disponibles y los servicios de take away de la zona.

La verdad, le digo, no me reconozco en esa pulsión alimenticia de género, tendré otras manías, seguro, pero ninguna tiene que ver con planificar un menú. Me temo que prefiero que me preparen la comida a prepararla. La política se desconcierta un poco e insiste en que se refiere a la tendencia a cuidar que en general manifestamos “nosotras las mujeres”. Pues tampoco, le digo, aunque agradezco mucho el guiso casero al que me invita, con el que sustituye el catering institucional de su antecesor, y que le tiene que haber costado un buen rato trajinando en la cocina. Un guiso con el que, me imagino, además de resultar hospitalaria, lanza una mensaje de “así hacemos nosotras las cosas: nosotras las mujeres y nosotras las políticas”. En realidad, si pienso en mis manías, entre las más evidentes está la de desconfiar de cualquier frase que tenga como sujeto un “las mujeres siempre...”. “Las mujeres siempre” es un sambenito que me resulta irritante y viejuno. Puestos a generalizar, elegiría supuestos menos evidentes tipo “las mujeres siempre preferimos sentarnos a mesa puesta” o “las mujeres siempre preferimos no ocuparnos de las tareas del colegio”. “Las mujeres siempre preferimos ganar un buen sueldo”, “a las mujeres nos gustaría que nos tocara la lotería” o incluso “las mujeres preferimos parecernos a Beyoncé en la final del Super Bowl antes que a Lady Gaga”.

Considero estas verdades irrefutables y no hay nada que me resulte más machista y más antiguo que una diputada presumiendo de bebé entre los escaños, una reina buscando charity a la que dedicarse o una empresaria alegando estupidez para librarse de un juicio por los tejemanejes que tenía a medias con su marido. Me sorprende que todavía sigamos enredándonos nosotras mismas y dejándonos enredar en la trampa de la responsabilidad familiar a una banda.

Me aburren las historias de conciliación solo femenina y me pesan como una piedra que nos empeñamos nosotras mismas en ponernos al cuello. Pero no me malinterpreten, me encantan las historias de mujeres. Tienen más que ver, eso sí, con 'The Good Wife' que con Grey’s Anatomy. Con las Brontë que con el feminismo de salón. Y sí, para un domingo por la tarde, como me recuerda una compañera, nada mejor que 'Qué fue de Baby Jane'. Me lo recomienda así, sin más, desinteresadamente, sin haberle preparado ni un mísero bocadillo.