Tan humilde...

“A veces las mujeres tenemos que hacer algo más que caminar con los tacones de la mano o fotografiar a otras mujeres que merecen la primera fila mientras dan un paso atrás.”

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Asisto al homenaje a una destacada periodista, con muchos años de experiencia, una relevancia indiscutible y un importante peso político. La periodista está invitada a comentar con una conferencia el papel de los medios de comunicación en la sociedad actual, la evolución de los mensajes, nuestra forma de llegar a los lectores a través de distintas plataformas. La presenta un antiguo director de periódico, compañero suyo durante una importante época de su vida, exjefe, que tiene, supongo, el encargo de glosar sus méritos y hacer un retrato profesional y personal de la homenajeada. ¿Qué destaca? Su brillantez y su inteligencia pero “sobre todo, su humildad, que haya sabido llegar tan arriba sin ruido, sin agresividad”. Imagino que lo que su antiguo director quería resaltar es el hecho de que esta brillante periodista resultara útil pero no una amenaza. No me imagino este halago recorriendo el camino inverso.

La desigualdad tiene muchas trampas, muchas caras, pero una de las más irritantes es la de la condescendencia. A estas alturas ya habrán visto ustedes que no suelo abordar ningún tema desde el punto de vista femenino. No creo demasiado en el ángulo que nos iguala a las mujeres y nos coloca en un disparadero desde el que encontrar territorios comunes indefectiblemente. No me interesa lo femenino en sí mismo como tampoco me interesaría definirme a través de otros reduccionismos: las madres, las periodistas, los fans de ‘House of Cards’ o los que se aburren con ‘The Walking Dead’. Dicho esto, me sigue estremeciendo que profesionales brillantísimas escuchen en público y agradezcan en público, sin sombra de tristeza que su mayor cualidad es la de la humildad, la del ascenso controlado, la de la modestia, la del éxito un paso por detrás. En ese auditorio, no tengo que decir que con mayoría de público masculino, el retrato fue acogido con grandes aplausos. Se entendió, y seguramente se escribió, como una muestra de cariño. Y eso, es precisamente, lo que resulta tan descorazonador.

Lo escribo en la misma semana en la que las actrices de Cannes caminan con los tacones de la mano protestando por el protocolo de la organización que exige no sé cuántos centímetros para atravesar la alfombra roja. Seguramente, la imagen de Julia Roberts descalza ha dado la vuelta al mundo y ha sido más eficaz que cualquier otra reivindicación pública. Lo escribo también, el día en que un político nos propone aparecer en esta publicación entrevistado, mientras posan de fondo las mujeres, y solo las mujeres, de su equipo que según asegura su jefe de gabinete le han llevado hasta donde está. Un agradecimiento, nos explica, a su labor, entiendo yo, siempre un paso por detrás del protagonista. La oportunidad es buena y la entrevista, muy buscada. Me temo que no la leerán porque no vamos a aceptar su propuesta. A veces, creo, las mujeres tenemos que hacer algo más que caminar con los tacones de la mano por mucho que la foto sea efectista, que agradecer un cumplido condescendiente o que fotografiar a otras mujeres que merecen la primera fila, mientras dan un paso atrás.