El miedo

Quizá no podamos detener el terror, pero sí el miedo que nos paraliza o que nos sirve para justificar nuestra inacción, nuestra propia cobardía.

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Una brillantísima catedrática e historiadora me ha regalado durante un desayuno dos reflexiones. La primera: “El poder tiende al abuso, por definición. Las propias células del cuerpo humano tienden a la expansión, a tener más espacio para uno y, por lo tanto, a la entropía. La lucha de los seres humanos es la lucha contra ese desorden”. Y la segunda: “Grandes filósofos como Hume han tenido miedo a los fanáticos, a los salvadores del mundo, a los que creen que tienen la piedra filosofal para vivir en el paraíso. Los paraísos siempre acaban en genocidio”.

Las escucho mientras todavía nos sobrecogemos con la matanza de Orlando. Con los muertos, pero también con el miedo. Con la respuesta de quienes quizá estén llamados a gobernarnos y que ven en el terror el pistoletazo de salida para alimentar otro terror. Mientras, vemos cómo avanza el radicalismo, cómo quienes nos atacan nos prometen un paraíso que muy probablemente acabará en genocidio.

Mi interlocutora no es una persona pesimista, desde luego no es ni conformista ni cobarde. Está acostumbrada a la pelea aunque sea desigual, al desafío, a medirse con adversarios que juegan con ventaja y a ganar. Pero hace una referencia a una investigación de la Universidad de Palo Alto. Los seres humanos, al parecer, no buscamos la mejora y el cambio por naturaleza, sino el acomodo y la repetición. Cometemos errores, pero muy pocas veces aprendemos de ellos. En realidad el avance social es una lucha entre dos certezas contrapuestas: la primera, que nada es para siempre, que los imperios no se perpetúan y que las sociedades avanzan aunque los mismos que están viviendo el cataclismo no noten cómo se mueve el suelo bajo sus pies. La segunda, que a los individuos nos da miedo todo menos nuestra pequeña parcela de poder y de bienestar. Que somos capaces de resignarnos, de atrincherarnos en una realidad mediocre y oscura con tal de no salir a batallar a plena luz del día.

Lo peor del miedo es el miedo. Lo vemos en Orlando, lo vimos en París, lo vemos en políticos mediocres que crecen, en periodistas que callan, en sociedades que condenan lo que antes, amparados en la tolerancia, parecía el orden natural de las cosas. En mujeres que se ven empujadas al retroceso, a la explotación, al lugar del que escaparon a codazos hace décadas. El miedo alimenta los discursos de Donald Trump y los de Maduro. El miedo nos hace mirar para otro sitio o nos lanza a la más irracional de las batallas. Steiner lo dijo con una contundencia incontestable, el silencio es tan valioso o tan culpable como el lenguaje. Lo que se calla tan vital o tan vergonzoso como lo que se dice. La resignación o la denuncia es una elección y las elecciones no se eluden ni se delegan, son nuestra responsabilidad y nuestro orgullo, nuestro patrimonio o nuestra vergüenza. Quizá no podamos detener el terror pero sí el miedo que nos paraliza o que nos sirve para justificar nuestra inacción y nuestra propia cobardía. Nadie, eso sí, puede esperar que resulte fácil.