Ejecutar lo simple

Quien te entrega su historia suele ser escrupuloso en los detalles y tan fiable como la prueba del nueve.

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Almuerzo con un imputado en uno de los procesos más largos, escandalosos y complicados de los últimos años en España. Una conversación en la que yo intento convencerle de que nos dé una entrevista en exclusiva y él, que se sabe perseguido por todos los medios de este país, calibra por qué debería hablar, en qué le beneficia, cuál es el momento que más le conviene y, en cualquier caso, por qué esta periodista que tiene delante sería para él una opción mejor que otra.

El tira y afloja se parece siempre mucho en estos casos. Tiene sus técnicas, sus trucos y sus protocolos. Cada uno, imagino, sigue la táctica que mejor le funciona. Yo tiendo a simplificar. Que alguien quiera contar y te lo cuente a ti es un proceso con muchas idas y venidas. Depende del miedo, del sentido de la oportunidad, del ego del entrevistado y el entrevistador pero al final, en algún momento, todo se reduce a una cuestión de confianza. ¿Qué prometemos? ¿Qué damos? ¿Cómo cerramos el trato? Probablemente, no hay interlocutor más fiel que un asesino en serie. Quien te entrega su historia suele ser escrupuloso en los detalles y tan fiable como la prueba del nueve. A esta persona que acaba de salir de la cárcel y tiene por delante una maraña de procesos le planteo los mismos argumentos que convencieron a Diego Torres para hablar en Vanity Fair por primera vez hace casi un año. En realidad, no tengo otros.

La exclusiva con el socio de Urdangarin costó casi cuatro años de llamadas, conversaciones y negociaciones y nos dejó titulares claros y rotundos.
Torres, durante mucho tiempo, decidió guardar silencio y hablar a través de emails que arrojaba para su inclusión en el sumario como bombas de racimo. Creo que quien está en una situación complicada se beneficia dando su visión de los hechos. Torres también lo creyó en un momento dado. En nuestro acuerdo no hubo más términos que el de la exclusividad por su parte y el espacio y el tiempo necesario para explicarse por la nuestra. Tuvimos unos meses el material en el cajón hasta que llegó el momento procesal que él esperaba y lo publicamos. Sin complacencia, sin correcciones a toro pasado pero ni un minuto antes del plazo acordado. Términos simples y claros. Eso es lo que ofrecemos. Tiempo y espacio. Y la certeza de que nuestras páginas no sirven como arma arrojadiza a terceros. Quien cuenta en Vanity Fair no lo hace en un medio partidario o enemigo de nadie. Tampoco en un medio complaciente. Tenemos bastantes fuentes y pocos amigos.

Dirán ustedes que a qué viene esta lección de periodismo. De vez en cuando conviene recordarse a uno mismo cuatro cosas fundamentales. Dentro de unos días volveré a comer con esta persona que, al menos, está interesada en una segunda conversación. Espero que pronto puedan leerla ustedes. Por lo demás, estamos estos días en pleno juicio del caso Nóos. No hay más que echar un vistazo al banquillo para darse cuenta de que algunas personas han hecho muy bien su trabajo. No era fácil ni previsible pero el método seguramente ha sido también bastante básico en el fondo. Bastaba con buscar, sin miedo y sin autocomplacencia. Nada resulta más complicado que ejecutar lo simple. Es decir, hacer precisamente lo que hay que hacer.