Imperturbables y furiosas

Melania Trump es bellísima y parece tan relajada y tan imperturbable como un gato antes del salto en el que se comerá al ratón.

En un ejercicio de optimismo, estamos intentando autoconvencernos de que a lo mejor, con suerte, el presidente electo de los Estados Unidos no hará nada de lo que ha prometido en campaña. Es más, intentamos autoconvencernos de que, si por casualidad quiere hacer algo de lo que prometió, el sistema, estructuras democráticas poderosísimas y desconocidas hasta ahora, el karma y una conjunción astral se lo impedirán. No tenemos muchos indicios que nos lleven a este acto de fe y que se resume en un razonamiento un tanto peculiar: todos deseamos que el hombre más poderoso del mundo resulte ser un manipulador que ha mentido más que en un reality. Y segunda parte del razonamiento: todos deseamos que el hombre más poderoso del mundo no pueda hacer nada de lo que prometió porque, en realidad, ahora lo descubrimos, da igual quién gane: Hillary, Trump o el pato Donald.

Mientras comprobamos si estas expectativas a la desesperada tienen fundamento, deslizamos nuestra curiosidad sobre la nueva primera dama. Melania es bellísima y parece tan relajada y tan imperturbable como un gato antes del salto en el que se comerá al ratón. Recuerdo a la primera mujer de Trump, Ivana, tomando sopa de cebolla en el hotel Bristol de París durante la semana de la Alta Costura y veo una diferencia fundamental, además de los años. Melania aún no ha desarrollado el aire furioso que acompaña a Ivana durante los últimos años, desde su divorcio, cuando descubrió que Donald había invitado a su amante a la misma estación de esquí en la que pasaban sus vacaciones navideñas.

Melania es exmodelo, así que tiene un impecable control de su cuerpo y su esqueleto y la disciplina adquirida necesaria para no torcer el gesto ni la postura cuando un mitin se calienta, una encuesta se tuerce o el candidato solicita su presencia como fondo para la foto.

Por lo demás, una cierta rigidez del Este es, seguramente, lo que la lleva a pedir a los visitantes de la famosísima torre dorada que se coloquen calzas quirúrgicas en los zapatos para preservar los suelos de mármol. Melania parecía sentarse con una cierta prevención y la nariz ligeramente arrugada en su encuentro con Michelle Obama, en una sala que debía de parecerle tristemente pobre, de cretonas deslucidas y suelos de madera maltratados por el uso y la tradición. Preguntándose, seguramente, qué narices se supone que debería hacer ella con el huerto de su antecesora.

Que alguien quiera enseñarle a Melania algo sobre verduras y kilos es una paradoja, como pretender dar clases de trigonometría a Pitágoras. El éxito de Trump es tan inexplicable, tan fulgurante, tan incontestable y tan aterrador como el de un reality planetario que invadiera nuestras vidas. La respuesta simple a problemas complejísimos y desestabilizadores expandida hasta el infinito en la era de las redes sociales. Trump se viraliza y llega a la Casa Blanca con la misma contundencia con que Melania consiguió que se agotara un vestido blanco de mangas abullonadas con el que pronunció un discurso plagiado a la ecológica y analógica Michelle.