Siempre París

En mitad del horror solo queda ponernos en pie, unidos y orgullosos, y cantar.

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Estos días, golpeados y conmovidos, pero libres, unidos y orgullosos, nos hemos puesto en pie en todo el mundo para cantar La Marsellesa. El terror de París es el terror de nuestro mundo y hemos buscado en ese himno que Claude-Joseph Rouget de Lisle compuso en una sola noche el 25 de abril de 1792 una manera de recordar que nuestra unidad, nuestra cultura y nuestro talento nos definen, nos hacen ser lo que somos y lo que queremos ser. Apuntalan nuestra civilización, reivindican nuestra identidad, nuestros logros, nuestra historia y la forma en que vivimos y queremos vivir: sin miedo.

La Marsellesa se ha escuchado en el Metropolitan de Nueva York, en el estadio de Wembley, cada vez que un grupo grande o pequeño de ciudadanos, no importa en qué país, se reunían para rendir homenaje a las víctimas del horror y el sinsentido. “Perdonad a esas víctimas tristes que a su pesar se arman contra nosotros, pero no a esos déspotas sanguinarios”, dice la letra de un himno alrededor del cual hemos llorado, que se ha convertido en la imagen de nuestra tristeza y de nuestro miedo, pero también de nuestro rechazo y nuestra lucha. Estos días, en Vanity Fair hemos tenido París en nuestro corazón y muy especialmente a su alcaldesa, nuestra amiga Anne Hidalgo. Hace poco más de un año, esta hija de inmigrantes republicanos que llegaron a Francia a mediados de los sesenta sin hablar una palabra de francés, me decía en su impresionante despacho del Hôtel de Ville: “Siempre he tenido algo que me empujaba, que me llevaba más allá. Crecí con la idea de que si quería, podía”.

La historia de Anne, más allá del partido que representa, la de su elección y su llegada al Ayuntamiento, es la de una mujer que, con todo en contra o al menos, con todo difícil, consiguió con su determinación, su esfuerzo, su rebeldía, su compromiso y su independencia la mejor versión de sí misma. De una líder que, en tiempos de duda, de desafección política y de desencanto de muchos ciudadanos occidentales en sus instituciones fue capaz de inspirar a sus votantes. Que creció amparada por su empuje y su ambición pero también por muchos de los valores que hemos construido con la democracia: la libertad, la igualdad, la educación para todos, la integración, el respeto hacia otras culturas, el acogimiento a quienes vienen de fuera, el respeto hacia quienes nos acogen en sus países.

Estos días pensamos en Anne y en todos los parisinos que han sufrido el terror de los atentados de Charlie Hebdo y ahora el horror del viernes 13 de noviembre. Nos sobresaltamos con la alerta antiterrorista que sufre Europa, escuchamos a Obama... Nos damos cuenta, en fin, de que París, Europa, América... es una división menor. Una convención que se desdibuja cuando hablamos de una guerra que se libra en dos frentes. El de nuestro mundo y el de quienes lo amenazan. El de quienes quieren doblegarnos, amenazarnos y arrebatarnos lo que nos define. Por eso, en mitad del horror solo queda ponernos en pie, unidos y orgullosos, y cantar.