El embarazo de Jennifer

Una estrella es una estrella porque encaja en un estándar que diseña una industria que compra una cantidad ingente de personas y genera una cantidad aún más ingente de dinero.

Seguramente han leído estos días una carta abierta en la que Jennifer Aniston se queja del escrutinio de los medios, de la presión que sufren las actrices, en general las mujeres, con cada cambio de su cuerpo. Los tabloides daban por seguro que Jennifer está embarazada porque la otra explicación, un kilo más que en la última portada o una mala foto, sencillamente no entra en consideración. Y porque la posibilidad de que una estrella, una actriz, una mujer no quiera tener hijos, tampoco. Así que nos queda una única posibilidad ante esa imagen de Jenny en la playa: un embarazo.

La carta de Anniston ha tenido una repercusión global. Habla en términos que todas entendemos y con los que es fácil empatizar. ¿Por qué Leonardo DiCaprio con diez kilos de más es aceptable para la industria y cualquier actriz después de dos magdalenas se convierte en diana de un fuego cruzado en el que se especula con maternidades, adicciones, trastornos alimenticios o desórdenes nerviosos causantes del aumento de la talla? ¿Por qué un actor sin hijos es irrelevante y una actriz sin hijos una rareza? ¿Por qué una estrella debe aceptar que cada centímetro de más o de menos o cada decisión sobre su vida personal se convierta en un bucle de noticias, desmentidos, portadas, y más portadas para contrarrestar las anteriores? Los de Jennifer son argumentos con los que no se puede más que estar de acuerdo. Y, permítanme que plantee, después de estar de acuerdo, que aquí tampoco funciona el blanco y el negro. Me temo que la cosa no es tan simple como que algunos tabloides publiquen cosas que no deberían y que afectan a los protagonistas de forma indeseable. Ojalá el dilema se redujera a estos términos. El problema no es que la industria exija a sus estrellas una perfección irreal que no debería consentirse. No, tampoco estamos en ese bajo nivel de complejidad. La cuestión se complica cuando una estrella es una estrella precisamente porque encaja en un estándar que diseña una industria que compra una cantidad ingente de personas y genera una cantidad aún más ingente de dinero. Y a partir de ahí, todo se enmaraña, se contamina y se enturbia. ¿Vamos con Jennifer? Sí. ¿Alguna vez estuvimos más a favor de Jennifer que cuando contó su separación? Seguramente no. ¿Una cosa justifica la otra? No. ¿Las mujeres estamos condenadas a la maternidad? No. ¿Venden portadas las fotos de estrellas con bebés? Sí. ¿Entonces? El camino es tortuoso.

Voy a recomendarles otra historia también viral. La carta de una profesora que explica a un niño con problemas de aprendizaje todas las capacidades y talentos que no se miden con una nota o con un examen: su capacidad para hacer amigos, su talento para construir relaciones, sus habilidades en el deporte... Todo lo que le convierte en la persona que es. Quizá, se me ocurre, nuestra única posibilidad de sortear ese camino tortuoso lleno de estándares, estereotipos, centímetros, éxito medido en kilos de más y de menos y de convencionalismos sociales empiece ahí. Mucho antes. En la conciencia de que somos únicos. Y que nuestro talento y nuestras diferencias son nuestras mejores armas.