Autopista hacia el cielo

Diez páginas y la portada son las que hemos dedicado a la asociación transgeneracional entre Norman Foster y Fernando Romero, puente abierto entre México y la vanguardia mundial.

"Foster aporta la experiencia y los galones. Romero, su delfín, el conocimiento de la tierra y el orgullo patrio. Cuando les ves hablar del otro se deshacen en halagos y en mutuos tributos, haciendo parecer sencillo el equilibrio de egos”

"El otro día, desayunando en Tokio con mi mujer, contemplé una bandera que, si la mirabas desde el nivel del suelo, no se movía. Sin embargo, sí lo hacía si tu punto de vista era cercano y estaba situado a la misma altura en un día con viento. Por eso, cada vez que alguien me pregunta qué es lo que me inspira, digo que son cosas como esta. Ahora mismo, mientras hablo contigo, estoy diseñando, y es un edificio”. Dicho parlamento, salido de los labios de Norman Foster cuando le entrevisté en Berlín en 2010, se convirtió en un mantra existencial para mí; como meta para llegar alguna vez a establecer con palabras recorridos sinuosos que no tuvieran que ver con su significante real (poesía) y como principio vital para escribir según charlaba con las personas. Por eso, hoy en día, mis entrevistas toman forma mucho antes siquiera de transcribir la grabación. De Foster y su admirada bandera japonesa aprendí a lanzar las redes de mi mente bien lejos, a pensar tan grande como fuera capaz mi imaginación.

La otra cosa que me fascinó de aquel encuentro fue la humildad con que asumía su papel gregario dentro del panorama arquitectónico neoyorquino: “Cuando digo que la Torre Hearst de Manhattan [uno de sus diseños] no es lo suficientemente grande, en realidad quiero decir que cualquier arquitecto que se haya inspirado en los rascacielos de Nueva York siempre tiene en mente los de Chicago, la Torre Willis o el Trump International Hotel and Tower [que por aquel entonces eran los más altos de EE UU]. Lo bueno es que tienes una torre en Nueva York, lo malo es que es pequeñita”. De algún modo, el ya entonces considerado arquitecto más famoso del mundo había de conformarse con una torre “secundaria”, puesto que el bosque urbano de la Gran Manzana no le permitía sacar cabeza de otra manera. Y eso que, igual que el Nobel con García Márquez o los Oscar con Meryl Streep, ganan más como institución premiando a estas figuras que ellos llevándose el galardón.

El problema de esta sana megalomanía (ay del arquitecto que no intente tocar el cielo con las yemas de los dedos) se verá resuelto en las próximas fechas con la ampliación del Aeropuerto de la Ciudad de México para llevarlo de sus dos pistas actuales hasta las seis, con aterrizajes y despegues simultáneos, 120 millones de pasajeros anuales e inspiración escultórica, que aspiran a convertirlo en el más importante de Latinoamérica. Será el octavo del que se encargue lord Foster, y apunta, esta vez sí, a no quedarse en uno “pequeñito”. Pero el de Mánchester no lo diseñará solo, sino de la mano de su colega Fernando Romero, talento mexicano a cuya juventud y entusiasmo se ha adherido orgánicamente. Uno aporta la experiencia y los galones; su delfín, el conocimiento de la tierra y el orgullo patrio. Cuando les ves hablar del otro se deshacen en halagos y en mutuos tributos, haciendo parecer sencillo el equilibrio de egos. Y así, ejemplificando los roles de maestro y pupilo, nos recuerdan a los oficios de siempre, donde la tradición oral y el traspaso de conocimiento suponían la única manera de seguir forjando grandes genios.

Diez páginas y la portada son las que hemos dedicado a esta asociación transgeneracional, puente abierto entre México y la vanguardia mundial. Ojalá, como aquella enseña que a veces se movía y a veces no, nuestro reportaje bandera consiga inspirarles al menos una fracción de lo que a nosotros nos ha gustado trabajarlo.