Miedo a YouTube

Los 'youtubers' son el eje vertebral de un nuevo modo de crear y consumir información. Vienen a arrojar luz sobre mundos que hace un tiempo no éramos capaces ni de soñar.

Me recuerdo hace menos de tres años comiendo hamburguesas en un restaurante de Madrid y gritando a una de las periodistas que más admiro: “¡Desde luego que los respeto!, pero ¿por qué tendrían que importarme?”. Meses después de atender con forzada atención al fenómeno, bien ejercida ya mi contrición, reparé en que no era miedo lo que me hacía cerrar las puertas al nuevo medio, sino rabia por saberme ajeno a él. Por creer que no estaba a tiempo de surfear esa ola. Al fin y al cabo, puedo considerarme millennial (por los pelos) y tengo asumida en mi ADN la falsa alarma del Video Killed The Radio Star, pues la radio y el video siguen vivos. Aún quedaba para que los dos fenómenos enfrentados por The Buggles dieran la bienvenida a Internet y con él, a YouTube. Son todos estadios fundamentales para admitir que en el último medio siglo la humanidad ha avanzado más que en los anteriores 200,000 años.

Una de las experiencias que más me ha hecho espabilar profesionalmente fue mi relación con mi primer redactor jefe, contratado a la vez que yo llegaba de becario. “Es un lujo trabajar en un medio grande, Alberto. ¿Sabes por qué? Me he dado cuenta de que si necesito hacer una entrevista a un americano, me ponen un traductor, así que ya no voy a tener que estudiar inglés en mi vida”. Cuando me explicó aquello, orgulloso, contaba con más o menos la misma edad que yo tengo ahora. Ni que decir tiene que en todo este tiempo ha necesitado el inglés, no solo para realizar entrevistas, sino para relacionarse, leer periódicos influyentes y, maldita sea, porque las mejores cosas de la vida tienen que ver con nuestro aprendizaje. Ninguna catedral a la ignorancia puede pronunciarse con la misma sonrisa despreocupada de quien cuenta un chiste.


Saltando otro poquito más hacia el presente, hace unos meses el youtuber más famoso de España (y uno de los más populares del mundo) fue entrevistado por un semanario español con un hilo conductor que daba a entender que esos freaks, que amasaban exageradas cantidades de dinero por reunirse con sus cuates para gastar bromas pesadas, jugar videojuegos y comentarlos en vivo o maquillarse ante millones de personas, no eran más que una burbuja pasajera e irrelevante. La actitud del profesional cercano a los 50 fue la de menospreciar lo desconocido, aquello para lo que había que estudiar un poco, aunque no fueran libros. Se jactaba de no tener tarjeta de crédito e ir al encuentro de quien representaba el futuro de las redes sociales. Algunos le rieron la gracia, pero eso no era muy distinto de mandar al alumno repetidor de Redacción Periodística II a charlar con el Nobel de Economía.

Acto seguido, dejé de comprarme su revista, de la que era fan, y crucifiqué al yo de aquella hamburguesería. Claro que me tienen que importar. Los youtubers son el eje vertebral de un nuevo modo de crear y consumir información, y pueden parecernos superfluos, pero eso es porque no vienen a satisfacer las necesidades existentes, sino a arrojar luz sobre mundos que hace un tiempo no éramos capaces ni de soñar. Tampoco nuestros antepasados más encorvados pensaron que el mundo se construiría alrededor de la rueda.


Puedo aprender más inglés, pero no puedo hacerme youtuber al estilo en que lo es Luisito Comunica, uno de los personajes de nuestra portada. Si algo he aprendido desde que no pego gritos a cuartos de libra con queso es que la comunicación audiovisual internauta no puede fingirse. O conectas con tu audiencia o te expulsan por intruso. Todos aquellos que dicen que pagar 1,000 dólares por un tuit de Luisito es una obscenidad deberían explicar cuánto saben de retorno de inversión en la era posburbuja de las punto com.

Quien se ha dado cuenta del fenómeno es la veterana Adela Micha, conversa a Internet y reinventada para trasladar a un nuevo lenguaje las influyentes entrevistas que realizaba para Televisa. A diferencia de mi primer redactor jefe, ella nunca habría querido traductor (domina el inglés y el francés) y cuenta con la mejor cualidad que le puedas exigir a un periodista más allá de su brillantez u olfato: curiosidad.