Tan, tan original

Entre lo raro y lo genial hay una tierra de nadie en la que cabe la capilla abierta 24 horas que ha inaugurado el Padre Ángel.

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La originalidad puede ser el destello más vistoso del talento o la obsesión más ridícula de los mediocres. Y cuando la cosa no está clara, braceamos entre lo nuevo y lo absurdo, lo genial y lo patético, los gestos que anuncian la llegada de una Era, con mayúscula, y las ideas de bombero. Lo original es siempre muy relativo. ¿Sólo hay uno porque a nadie se le ocurrió antes? ¿Porque todos los que tuvieron esa idea recapacitaron? ¿Por lo difícil que resulta? ¿Porque no somos capaces de imitarlo? ¿Porque las tonterías afortunadamente requieren una mente obcecada que, además de crear, ejecute?

Entre lo raro y lo genial hay una tierra de nadie en la que alojar la capilla abierta 24 horas que ha inaugurado el Padre Ángel con cepillos abiertos, WiFi gratis y zona para mascotas. O la concejalía del Ciclo de la Vida, Feminismo y LGTBI que sustituye en el nuevo Ayuntamiento de Barcelona a la de Juventud en un intento, imagino, por ampliar la prestación social y acompañar al ciudadano toda la vida y no solo un rato. O la nevera solidaria en la que uno puede dejar un bocadillo en plena calle a punto de caducar o cogerlo antes de que caduque. O la propuesta de una universidad americana de acabar con la época de los dos únicos géneros para celebrar la llegada de Caitlyn al mundo de la moda.

Cuando The Guardian alaba la originalidad foodie de Londres pone como ejemplo un cóctel en el que se mezcla el ceviche con el chocolate amargo y la ginebra. Bueno, habría que probarlo. O no. Las ideas originales que publicamos los periodistas a cuarenta grados y con las audiencias en la piscina no tienen por qué ser necesariamente buenas. Resultan tan sospechosamente chocantes como los coches de los futbolistas, los regalos de empresa por Navidad, la maquilladora de Uma Thurman o el cirujano de Renée Zellweger. Supongo que la obsesión por entretenerles nos arrastra a comprar y publicar muchas de las baratijas que nos venden, por mucho que nos suenen, y con tal de que la foto tenga un ápice de: políticos escalando el Kilimanjaro; políticos utilizando cualquier medio de transporte distinto al coche oficial —del metro a las motos de gran cilindrada—, políticos abrazando o paseando (sí, todavía) seres vivos de pequeño tamaño; políticos asegurándonos que todos nuestros problemas han acabado gracias a la gestión que han terminado, a la gestión que comienzan o a la gestión que han dejado a medias por culpa de una imputación.

No hay nada que desate más nuestra imaginación que una campaña política o un macroevento familiar. Las campañas nos han dejado maravillosas (y en su momento originales) imágenes: los Clinton bailando juntos de etiqueta en la era post-Lewinsky, Rajoy repartiendo sopa o Merkel haciendo llorar a una niña. Quien haya echado un vistazo, por curiosidad o vocación, a una web de intercambio de ideas para bodas sabe que las novias matan por una ceremonia “única”. Una amiga propuso una suelta de cochinillos en lugar de la tradicional de palomas o la más alternativa pero ya en declive, de colibríes. A ella le parecía, claro, que se trataba una broma. Recibió unos cuantos correos privados preguntando por detalles prácticos para ponerlo en marcha. De amantes, supongo, de la originalidad.