Libre e indomable

Carla Morrison vuelve con más beat y feminidad reivindicada en 'Amor Supremo'.

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No espere encontrar en la historia de Carla Morrison la típica fantasía pop de la chica convertida en princesa de los reflectores. La cantautora es contundente al hablar de la intempestiva fama que vino con su álbum début, Dejénme llorar: “Sentía que nadie me entendía. Mis amigos me preguntaban ‘¿porqué estás tan triste?’. Me daba más depresión. No estaba segura de quién era yo ni de mi valor”.

Su primer EP (de estilo amateur) hizo que la originaria de Tecate, Baja California, fuera descubierta por Natalia Lafourcade, que le produjo en 2010 Mientras tu dormías, un segundo miniálbum que la colocó en el mapa de los melómanos. Con su primera placa vinieron dos Latin Grammy, una nominación al Grammy, ser considerada una sensación indie (el New York Times llegó a catalogar su propuesta como “pop afectuoso matizado con reflexiones filosóficas”), una extensa gira que llevó su peculiar estilo hasta Rusia y se convirtió en empresaria al crear Pan Dulce Productions.

Nada fue premeditado. “Soy una chica de pueblo, solo quería hacer canciones para alegrarle el día a la gente. No era la típica mujer que dice: ‘soy la reina’”. Sin buscarlo, su estilo de voz naif, la intención melancólica de su melodía y lavisceralidad de sus líricas le colocaron la corona. Ella sentía que iba perdiéndose.

Amigos como Julieta Venegas, Enrique Bunbury y Lafourcade le mantuvieron a flote. “Todos sufrimos
lo mismo”, le expresaron. Aun así, el hastío de la fama la llevó a emprender una huida a las playas de Tijuana, donde se gestó Amor supremo, su nueva producción.

“¡Vámonos así. Chingue a su madre! Ya estoy harta”, le espetó a sus productores, Alejandro y Demian Jiménez. “Soñaba con grabar el disco y despertar todos los días frente al mar”. Por ocho meses tuvo lo que pidió y ahí lo encontró todo. “Coloreó” canciones que había escrito tiempo atrás con un nuevo sonido que la aleja de su toque acústico y la acercó a los sintetizadores, la programación y tonos graves en su voz.

Con el redescubrimiento musical también vino el personal. “Como mujer estaba muy abandonada. Descubrí un mundo de cosas que estaban completamente fuera de mí. Sacó mucho mi lado sensual, que tengo muy guardadito”. ¿Resguardaba esa faceta para alguien especial? “Para ciertas personas”, responde entre risas. “Ahora que lo tengo más consciente, me gusta la idea de explorarlo un poco más, exponerlo”.

No se deje engañar. La cantautora luce renovada: oculta sus tatuajes bajo suéteres, se adereza con joyería y hasta lleva extensiones en su cabellera. Pero la intérprete que alguna vez se alzó contra Televisa sigue firme y su nueva producción mantiene su impronta. “Compongo poco, pero me lo tomo muy en serio. Trato de que sea sustancioso, profundo. He hecho de la tristeza una canción”.

Sus líricas siguen siendo habitadas por el desamor, la decepción (Todo pasa), el autoencuentro (Vez primera) y la sensualidad reivindicada (Azúcar morena). De ahí, que a sus 29 años reconozca ser, en ocasiones, existencialista: “De repente me abruma la vida; de repente no. Estoy en un trip conmigo misma”. Pero en el viaje de Morrison hay cosas inmutables: “Nunca he dejado que un hombre me diga: ‘aquí no entras’. Yo hago mi entrada”.

Artículo publicado originalmente en la versión impresa de noviembre.