Alejandro G. Iñárritu: en busca del superhéroe

"Birdman" habla sobre la mediocridad de la industria del cine en Hollywood. Lo dice alguien que asegura hacer películas para disimular su ignorancia.

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Dejemos al director mexicano Alejandro González Iñárritu para crear la película más sorprendente de la temporada. Antes de iniciar la filmación de Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia), el director le envió al reparto una fotografía de un hombre caminando sobre una cuerda floja colocada entre las Torres Gemelas de Nueva York, desaparecidas desde el inolvidable evento ocurrido el 11 de septiembre de 2001. Cada copia de la imagen llegó con la misma nota para cada actor, incluyendo a Michael Keaton, Naomi Watts, Edward Norton y Emma Stone. Se leía: “Chicos, éste es el filme que están haciendo. Si se caen, se caen”.

En las manos de Iñárritu nadie cayó. Sucedió lo opuesto. Ellos se superaron. Tanto, que en el momento en el que se transmitieron mundialmente los Premios de la Academia el 22 de febrero, la película, sus actores y su equipo creativo habían ganado la increíble cantidad de 105 premios más en otras ceremonias de Estados Unidos, y alrededor del planeta. Aún así, el Oscar es el premio gordo, y luego de que se adjudicara reconocimientos en 4 categorías –Mejor Guión Original, Mejor Fotografía, Mejor Director y Mejor Película– era obvio que se trataba de la cereza del pastel para Iñárritu.

Pero él no sólo se retiró con sus dorados trofeos tras el usual discurso de agradecimiento. Sino que le dedicó el premio a Mejor Película a los mexicanos con la frase que ha trascendido en todo el país: “Rezo porque encontremos el gobierno que merecemos”. Luego realizó una apasionada súplica para la policía migratoria de Estados Unidos. Solicitó al gobierno que tratara a los nuevos inmigrantes con la misma dignidad y el respeto que se le dio a las generaciones anteriores que construyeron la nación y que son una gran parte de la fuerza e identidad del país. Aplausos y gritos estallaron, más por el momento de ostentación que se vive en la política actual.

Con Iñárritu siempre tienes que estar listo para el humor también. Y es que cuando ganó el galardón a Mejor Director, el cineasta confesó que había usado toda clase de amuletos de la buena suerte durante la temporada de premiaciones. Para los Premios de la Academia se puso los mismos calzoncillos “ajustados y blancos” que Michael Keaton usó en una de las más hilarantes escenas de la película. Y vaya que funcionaron.

La mañana del máximo galardón fílmico, le enviamos a Iñárritu una carta deseándole nuestros mejores deseos para el gran evento. Él inmediatamente contestó: “Nos vemos en la noche. Un beso”. Aquí está la cálida conversación que tuvimos con él hace algunos meses sobre su innovadora película.

—Sandra Brant: Su nuevo filme se titula Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia. ¿De dónde ha salido ese título?

—Alejandro González Iñárritu: El cine para mí es una manera de disimular mi propia ignorancia. Siento que no sé nada sobre la vida, o casi nada. Sé algunas cosas y tengo algo de información, pero no conozco los nombres de las estrellas o de las plantas que comemos. Por eso hago cine, porque no sé sobre nada más. Es mi manera de tratar de comprender algo de la vida.

—Ingrid Sischy: Cuando Birdman se proyectó en el Festival de Cine de Nueva York, donde el público se puso de pie para ovacionarla durante largo rato, nos encontramos con usted en la fiesta posterior y nos dijo algo que era como una clave secreta para desentrañar la película. Aquella noche nos contó que el germen de Birdman comenzó con las voces que oye en su cabeza. Nos confesó que cuando hace una película que gana muchos premios, la gente le dice: “Oh, Alejandro, eres todo un genio”. Sin embargo, lo que usted está pensando es: “No valgo nada. No soy más que un trozo de mierda inútil”. Y esa doble realidad es precisamente a la que se enfrenta el protagonista de su obra, Riggan Thompson, interpretado con extraordinaria profundidad y elegancia por Michael Keaton. ¿Birdman es su cinta más personal hasta la fecha?

—A. G. I.: Sí, en cierto modo lo es. Todas mis otras películas (Amores Perros, 21 gramos, Babel y Biutiful) tienen que ver con realidades que me daban miedo, realidades contra las que necesitaba luchar y realidades que me conmueven. En este caso, la trama gira en torno a algo que me resulta personalmente muy cercano y, cuando terminó la película, descubrí que, curiosamente, mucha gente se siente igual que yo.

—S. B.: Ha contado que su padre le decía: “Cuando alcances el éxito, saboréalo y luego escúpelo. Puede ser venenoso”.

—A. G. I.: Es un consejo estupendo.

—I. S.: En general, la película cuenta con un reparto muy inspirado. Ha optado por Edward Norton para interpretar al actor pagado de sí mismo. Un papel tan brillante que nos recuerda por qué el público se enamoró de él desde el principio. También está Naomi Watts haciendo las veces de la apasionada y entregada actriz en ciernes sin el menor rasgo de diva, que resulta tan auténtica y desgarradora que se gana totalmente nuestra simpatía. Y Emma Stone, quien representa a la siguiente generación. Stone se convierte en esta película en una verdadera estrella; su interpretación es descarnada y creíble. Y, por último, por supuesto, está el protagonista, Riggan Thompson, una exestrella de Hollywood cuya fama ya pasó. Ahora intenta salvar su reputación y su amor propio escribiendo, dirigiendo y protagonizando una obra de Broadway basada en el cuento corto de Raymond Carver, De qué hablamos cuando hablamos de amor. Fue una jugada particularmente inspirada el haber contado con Michael Keaton para que interpretara este papel. Hacía tiempo que no se oía hablar de él. ¿Cómo es que usted no lo había olvidado?

—A. G. I.: Es uno de esos tipos que hizo muchísimas películas para la gente de mi generación. Buenas, malas y de todo tipo. Pero en aquella época era famosísimo. Obviamente, comprendía la metarrealidad que Michael le aportaría al personaje y que sería magnífico para él tener la oportunidad de expresar y explorar todo eso. Sabía que Michael tiene una gran capacidad para interpretar tanto drama como comedia, por eso confié en él.

No queremos desvelar la sorpresa de la trama, pero cuando lo eleva por el cielo es una de las escenas más liberadoras que he visto en pantalla. Todo gira en torno a no quedarse atascado.

—A. G. I.: Me encantaba la imagen de un pobre hombre sobrevolando Nueva York, no como superhéroe, sino como un hombre normal y corriente. Después de verlo pasar por tantas cosas, necesitábamos elevarlo. Es gracioso, muchos periodistas, cuando me preguntaban por Birdman, me decían: “Oh, ¿está usted en contra de las películas de superhéroes?”. ¿A quién le importan las películas de superhéroes? De lo que yo estoy hablando es de la comercialización frente al arte. De la mediocridad. Y no sólo me refiero a la industria cinematográfica, sino a la industria en general. Creo que la mierda nos salpicó hace ya bastante tiempo. Y pensé que ésta podía ser una película muy deprimente. O que podía optar por darle una orientación distinta. Por eso decidí enfocarla al revés, imprimiéndole algo de humor. Quería reírme no sólo de mí mismo, sino desde cualquier otra perspectiva, porque ésa es la única manera de sobrevivir al patético estado en el que se encuentran las cosas actualmente.

—S. B.: Y en el proceso, consigue usted rescatar el arte de hacer cine.

—A. G. I: La película aborda en parte el proceso creativo y la manera tan asombrosa en la que puede llegar a explotar. Creo que para hacer cine hay que estar un poco loco. La identidad en nuestra época es un lío increíble, porque ya no sabemos quiénes somos. Por eso mucha gente tiende a identificarse mediante Instagram o Facebook. Considero que todo esto es fascinante: resulta hermoso tanto en clave de tragedia como de comedia.