¿Y si los atentados del 11-S tuviesen lugar hoy?

Cuando las torres se derrumbaron, hace casi 15 años, supimos que estábamos presenciando algo que cambiaría el curso de la historia.

No me enteré de la tragedia del 11-S hasta horas después porque yo estaba en el campo pintando un radiador. El 11 de septiembre de 2001 yo estaba en pleno zafarrancho pintando con mis padres la casa de la aldea. No me enteré del vital y trascendental acontecimiento que había tenido lugar hasta que a las siete y pico de la tarde se acabó la pintura, mi padre bajó en coche a la ciudad a comprar más y volvió al cabo de un rato contando que en la radio estaban diciendo que Sadam Hussein (qué significativo) había atacado Estados Unidos.

Un poco inquieta, subí al piso de arriba, busqué mi celular dentro del bolso que había dejado en un dormitorio y encontré que tenía varias llamadas perdidas y mensajes de texto de mis amigos. Todos empezaban de la misma manera: “¿Estás viendo la tele?”.

El impacto del 11-S ha sido uno de los temas predilectos del análisis social, económico y cultural de nuestro tiempo y sin embargo, la sensación de irrealidad que a muchos nos rodea cuando vemos las imágenes se mantiene, casi quince años después. Puede que fuese el primer momento de “historia en directo” para toda una generación, esa que no vivió la llegada del hombre a la luna ni el 23 F (que, de hecho, tampoco se emitió en directo) pero que delante del televisor, cuando las torres se derrumbaron, supo con total seguridad que estaba asistiendo a algo único que iba a cambiar el curso de la historia. Claro que lo fue.

Pronto pasó a considerarse esa fecha como el fin del “fin de la historia” (la teoría de Francis Fukuyama, ya muy criticada desde su publicación en 1992, que defendía que la historia en el sentido de una lucha de ideologías había terminado) y el verdadero inicio del siglo XXI, uno muy incierto y terrorífico, tanto como debió resultar el estallido de la guerra en 1914 para sus contemporáneos, también considerado a veces el principio del siglo XX.

Sin embargo, ese momento para la historia tan espectacular que todo el que lo presenció siempre recordó mucho más a una ficción que a una realidad. “Era como estar viendo una película” es el sentimiento mayoritario al hablar de ese día, ya fuese uno protagonista a pie de calle desde la zona cero a cientos de miles de kilómetros o viéndolo a través de la televisión. La sensación de estar asistiendo a una producción de Hollywood era doble por tratarse el tema de un apocalipsis-atentado-infierno en la tierra, uno de esos argumentos clásicos del cine de acción americano, y ser el escenario Nueva York, la capital del mundo que alberga mil series y películas y que nos llena de una curiosa y falsa sensación de reconocimiento cuando la pisamos por primera vez.

Es esa sensación de ficción que todavía se resiste a desaparecer la que nos lleva a veces a hacer un ejercicio de ucronía pensando qué ocurriría si el atentado a las Torres Gemelas y al Pentágono ocurriese hoy. Y es entonces cuando nos damos cuenta de que ese acontecimiento, que en nuestra memoria ocurrió anteayer, ocurrió en un mundo completamente diferente, de forma aparente el mismo que el de hoy pero transformado de un modo radical.

De producirse hoy algo parecido, tendríamos mil imágenes de todos los escenarios grabadas por sus propios protagonistas, no por fotógrafos y reporteros profesionales ni por cámaras de videovigilancia. Sería la gente dentro de las torres desalojada de sus oficinas la que tomaría su celular para inmortalizar su huida, en un terrorífico punto de vista que encontramos luego en películas como Monstruoso. El impacto del 11-S, la videovigilancia y su influencia sobre todo el cine actual de terror contado a través de cámaras de vídeo daría para otro análisis.

Tendríamos incluso sobrecogedores vídeos de los terroristas transmitiendo su mensaje antes de estrellas los aviones contra las torres. Y posiblemente también escenas de los pasajeros del vuelo United 93 antes de rebelarse contra los terroristas, tomar el control del avión y estrellarlo. Eso, en el caso de haber ocurrido así. Lo que nos lleva al siguiente punto.

Las teorías de la conspiración que nacieron casi paralelas a los atentados se difundirían aún a más velocidad. Lo que entonces hizo el boca a boca y el internet que se estaba implantando en todos los hogares hoy llegaría al momento a nuestras casas y se debatiría hasta la extenuación en tertulias de los medios y de bar. A la hora, Twitter estaría lleno de personas quejándose –o quejándose de broma– de que no emitiesen su programa favorito de TV “por culpa de lo de Nueva York”. Y de gente clamando al cielo en Twitter también por esa sinvergonzonería y falta de respeto cínico-irónica o viendo en ella un símbolo de la perversión de las nuevas generaciones.

Con todo, la mayor diferencia entre 2001 y el presente es posible que esté en algo mucho más doméstico y sencillo: hoy sería imposible que ocurriese algo parecido al 11-S y alguien se enterara cuatro horas después porque está ocupado pintando un radiador. Nadie podría estar tanto tiempo sin consultar su celular.

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