Súper Martes de sorpresas

El Super Tuesday es uno de los indicadores más relevantes para el futuro presidencial de EUA.

Este martes las redes sociales ardían: a cada instante brotaba una nueva noticia con los resultados preliminares de las elecciones primarias en una docena de estados norteamericanos. Se jugaba, nada menos, que las candidaturas de republicanos y demócratas dentro de sus partidos con vistas a la presidencia de Estados Unidos.

Vale aclarar: en las elecciones primarias los candidatos de cada partido se disputan un cierto número de delegados de cada estado. Quien alcance el mayor número se convierte en el candidato presidencial del partido. Lo relevante del Súper Martes (Super Tuesday) es que arroja un resultado parcial que puede servir de indicador de cómo estarán las cosas en julio, cuando se conozca al vencedor de cada facción política. Y en el caso de la elección de este 2016, todo indica que la contienda será entre Hillary Clinton, por el lado demócrata, y… ¡Donald Trump!, representando a los republicanos.

En el caso de este martes, Hillary Clinton ganó 486 delegados, lo que la lleva a tener 1,034 (y necesita 2,382 para ser nominada por su partido). La diferencia con Bernie Sanders es abismal. Por su lado, Donald Trump ganó 234 delegados, sumando un total de 316 (y necesita llegar a 1,237). La diferencia entre él y Ted Cruz, el otro candidato fuerte del partido republicano, no resulta tan abismal, pero sí parece indicar una tendencia que culminará en una nominación del primero.

Los signos de exclamación no son gratuitos: que Clinton vaya a la cabeza de su partido no es sorpresa, aún con el admirable éxito que tuvo Bernie Sanders en las últimas semanas; de hecho, las encuestas apuntan a que de darse hoy las elecciones presidenciales, la exsecretaria de Estado saldría victoriosa frente a cualquier candidato republicano.



Lo que resulta pasmoso, y es quizá lo que ha causado mayor ruido el día de ayer es el impetuoso avance de Donald Trump, el empresario y candidato más temido en las últimas décadas en Estados Unidos. Y es que el magnate es considerado un peligro incluso por sus compañeros de partido: Ted Cruz, el candidato de origen cubano, quien es a la fecha el único con alguna oportunidad (y cada vez menor) de superar a Trump en las internas republicanas, no ha dejado de lanzar advertencias al respecto de su contendiente. Sin ir más lejos, este martes comentó como clara alusión al empresario: “Estados Unidos no debería tener un presidente cuyas palabras te avergüencen si las repiten tus hijos”.

El impacto de que una figura como Trump, que cada día más reconocido por su postura xenófoba, nacionalista y autoritaria, es tan grande que precisamente ayer colapsó el sistema web de la embajada canadiense en Estados Unidos. Esto se debe a que no son pocas las bromas (y los editoriales) que mencionan la posibilidad de un autoexilio en aquél país en caso de que él gane.

Fuera de los chistes, memes y gifs que inundan las redes sociales, se alza cada vez más un clima de temor alrededor de la figura del empresario neoyorquino como posible presidente de una de las potencias del mundo: Trump ha dejado claro que de ganar levantará un muro infranqueable entre México y Estados Unidos, que proyecta echar de su país a 11 millones de inmigrantes ilegales, prohibir a los musulmanes la entrada al país de, derogar el derecho a la nacionalidad norteamericana por nacimiento (algo que afectaría a millones de familias con padres indocumentados), bombardear todos los sitios tomados por el Estado Islámico en el mundo (aún cuando en ellos haya un número mayor de civiles inocentes), y otras medidas que han sido calificadas como dementes, peligrosas y hasta anticristianas por líderes de todo el mundo, entre ellos el primer ministro británico y el mismísimo papa Francisco.

Quizás el lector se pregunte cómo es posible que viendo una potencial amenaza en el carácter autoritario de Trump ni su partido ni los medios (y aparentemente nadie) tenga una estrategia igual de poderosa para contrarrestar el incremento de su popularidad.
 

Una respuesta posible la dan un par de estudios conducidos por un estudiante de la Universidad Massachusetts Amherst e investigadores en ciencias políticas de las universidades Vanderbilt y North Carolina; una correlación entre el éxito de una personalidad como la de Trump (sin experiencia política previa, rudo, directo, abiertamente xenófobo) y un amplio grupo de americanos cuya tendencia autoritaria se ha visto exacerbada no tanto por los problemas económicos o políticos que ha atravesado Estados Unidos sino por una percepción de desorden, falta de control y amenaza externa que, curiosamente, han sido reforzados por la misma política interior gestada durante gobiernos demócratas, como el de Barack Obama. La percepción general es la de un estado en permanente amenaza (al punto de que su gobierno tiene la autoridad para espiar a los ciudadanos), vulnerable y bajo el mando demasiado laxo de un gobernante que no pone límites concretos al origen del “peligro”.

El partido republicano siempre ha sido el lado conservador y más rígido de la sociedad norteamericana, aún así sorprenden datos como que el 75% de sus votantes consideren como opción echar a los musulmanes del país o que un 20% siga pensando que Abraham Lincoln cometió un error al liberar a los esclavos afroamericanos.

Datos como los anteriores revelan la expresión de un autoritarismo latente en una parte de la población que podría estar emergiendo con fuerza debido a ciertas condiciones como el aumento de la percepción de peligro y en el temor a una desestabilización causada por cambios sociales como los que se han visto en los últimos años (y que ha revivido tensiones que parecían ya en el ocaso, como la racial contra los afroamericanos o ahora con los latinos), miedos que han sido explotados con inteligencia por medio del discurso de Trump.

Dadas estas circunstancias, nada resulta más fatalmente atractivo para los temerosos que un líder duro, simple, directo, que promete soluciones radicales para aplastar de plano y sin concesiones lo que, al parecer, amenaza el estatus quo. Y no hace falta más que revisar la historia para recordar que eso suele ocurrir por medio de una estrategia simple: dividir con el discurso y acabar con los “otros”.

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