Por qué Europa ya no es la misma tras la crisis de Siria

¿Qué ha conducido a la mayor reacción europea en cuanto al trato de los refugiados? Una revisión de la historia pone al descubierto otra cara de Europa.

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El éxodo sirio a Europa ha puesto en manifiesto varias cosas que quizá antes estaban más veladas a nuestros ojos siempre admirativos del viejo continente. Un distraído se preguntaría, ¿en serio la fotografía de un niño sirio muerto en una playa ha causado semejante revuelo y toma de decisiones en tiempo récord, que las de tantos otros cientos de miles, cuyas imágenes han inundado por años los medios, muertos en su propio país bajo las bombas?

La respuesta es compleja y al mismo tiempo comprensible, bajo la luz de los miedos y amenazas de un mundo que vive entre crisis económicas, temores nacidos de la globalización cultural y una buena cuota de egoísmo: si ocurre en otro sitio, no es nuestro problema; es horrible pero queda lejos. Así son ellos, los bárbaros de Oriente. Pero si ocurre en pleno territorio europeo, ergo, territorio civilizado, no puede menos que desencadenar acciones fuertes.

Pero vayamos más atrás, ¿en qué momento los sirios empezaron a inundar Europa en busca de ayuda? Si bien desde el inicio de la guerra civil en ese país, que ya cuenta cuatro años y medio, cientos de miles buscaron refugio en otras tierras, la mayoría lo hizo hasta llegar a donde podían: Turquía, Libia… Los programas para refugiados de la ONU resultaron insuficientes dada la magnitud creciente de la guerra civil Siria, a la que se suman otros conflictos enormes en Iraq, Afganistán y en países de África, azotados por guerras o hambrunas. Muchos de los países de la eurozona o aliados, cuyas condiciones económicas y sociales tampoco están en la gloria, no hicieron más que fungir como espacios neutrales, pero sin ofrecer ayuda real, es decir, una mínima integración para mantener condiciones básicas de vida. Irónicamente, muchos de esos países en los que recalaron los sirios se encargaron de evitar que éstos—así como otros refugiados— fueran más allá de sus fronteras, impidiendo que accedieran a la ayuda. Un ejemplo de esto lo dio Libia, bajo el régimen de Gadafi, que retuvo durante años a los refugiados en centros paupérrimos y en condiciones infrahumanas a cambio de fondos europeos, tecnología y otras prestaciones.

¿Cómo? ¿Qué Gadafi no era el enemigo? Sí, pero Libia jamás firmó la Convención de Ginebra de 1951 referente a los refugiados y se encuentra geográficamente ubicado en un punto clave para evitar que éstos ingresen a Europa, según explica el semanario británico The Week, lo que además resultaba conveniente ya que sin tratado firmado, los refugiados que fueran retenidos allí jamás podrían ser enviados fuera de estas fronteras. Algo similar ocurrió con países como Turquía, que aunque sí ha firmado todos los tratados imaginables, ha funcionado como barrera de la migración ilegal hacia Europa, presionado por su condición de candidato a ser miembro de la eurozona.

Pero la vida es cambio y aunque no pareciera, el terrible Gadafi algún día iba a morir y finalmente, murió. Una Libia sin Gadafi, y con su propia revolución interior, permitió que cada vez aumentara más el flujo de migrantes que traspasaran sus fronteras. Pero como en esos juegos en que hay que sortear múltiples trampas, llegaron otras nuevas. ¿Cuáles? La de países de Europa del Este que, no es un dato menor, están en la lista de espera o recién integrados a la Unión Europea.

Bulgaria es uno de ellos y su caso muestra un lado patético y triste del funcionamiento del mundo: aunque se anexó a la UE en 2007, aún no ha accedido al soñado espacio Schengen, que no es un exclusivo club de campo pero sí algo parecido: es lo que le permite a un europeo moverse a través de la UE sin visados ni mayores peros. Y para intentar demostrar a los miembros originales de la eurozona que son capaces de hacerlo bien y mantener impenetrable ese enorme conjunto de territorios y lenguas, ha construido un muro de 32 kilómetros con la frontera de Turquía, so pretexto de mantenerse a salvo de los yihajistas, como si todos los sirios lo fueran en potencia.

En esta historia, el tema del asilo humanitario en Europa comienza a parecerse un poco a esas películas domingueras de chicas que quieren ser populares y que con tal de lograrlo le hacen la vida imposible a esos inocentes que en el fondo no tienen nada que ver con sus aspiraciones. Serbia, Macedonia, Albania y Montenegro son países que están buscando su lugarcito en la Unión Europea, y para conseguirlo, si así lo piden sus miembros, dispondrán el espacio y los medios para recibir, como lugar de tránsito “seguro”, a aquellos refugiados que no sean aceptados en la UE. Otros, sin importar mucho las consecuencias, ponen su peor cara xenófoba y echan literalmente a patadas a los refugiados en su camino a una posibilidad de vida medianamente humana.

Hasta que de pronto, en este largo drama, aparece Europa central, los países verdaderamente ricos y fuertes del grupo. Cada vez más cercados por esta incontinencia migratoria forzada por la guerra, han decidido tomar cartas en el asunto, un poco a la manera de esos hermanos que pelean por las injusticias de no tener responsabilidades iguales a pesar de que sus padres dicen que los aman a todos sin distinción: ¿Por qué Alemania ha recibido a más del 48% de los refugiados y Francia sólo al 30%? ¿Cómo es posible que en Hungría no tengan siquiera piedad para ver pasar a los eternos caminantes, mientras que Italia ya es el tercer país en dar asilo? Es hora de poner la casa en orden y ser justos: aguantemos entre todos la invasión.

¿Cómo que la “invasión”? Lamentablemente, las reacciones en toda Europa hacia los refugiados se están polarizando cada vez más, y cada vez más hacia el lado menos solidario, receloso y elemental del hombre. Hay un temor subyacente, profundo, arraigado, oscuro y enorme del que sólo los más inconscientes (como el primer ministro húngaro, que sostiene que aceptar a los refugiados equivale a poner en riesgo la civilización cristiana) se atreven a verbalizar: el miedo al islam, a la invasión cultural, a la pérdida de la idealizada y homogénea cristiandad europea.

“¿Cien mil, ciento veinte mil para cada uno?" "¿Con cuántos nos quedamos?” "No es justo que yo reciba a más de cien mil y tú sólo 20”, "No está bien que mis políticas de asilo sean tan buenas y benévolas que la mayoría de los refugiados, aunque primero pisen tu país, decidan pedir permiso en el mío para asilarse*, ponte las pilas”, “¿Y si derribamos los barcos de quienes trafican con los migrantes para evitar que esto se extienda?”**: la discusión en torno a los sirios, aunque nos parezca terrible, va por una repartición lo más igualitaria posible de esta carga imprevista que se ve con recelo al traer consigo el sello del islam.

¿Cómo es posible que Europa, en todos estos años de guerra civil, de barcazas hundidas, de pedidos de auxilio, no haya habido una planeación para semejante contingencia? Al parecer, todo estaba previsto para que quedara fuera. Y mientras el primer ministro británico ve la foto del niño muerto en una playa europea y decide cambiar sus palabras con respecto a los refugiados (de no querer saber nada de ellos a rasgarse las vestiduras y ofrecer su ayuda), nosotros, de lejos, asistimos inmóviles a uno de los mayores éxodos de la historia reciente hacia aquél continente siempre idolatrado, ahora teñido de drama, xenofobia, tristeza e incertidumbre. Porque, ¿qué ocurrirá una vez que se los acepte como asilados si es precisamente ese trozo de occidente uno de los que más le teme a la pérdida de su identidad cultural y a la contaminación de sus tradiciones con las costumbres y creencias de Oriente? Afortunadamente, existen grupos cada vez más grandes de sociedad civil que están luchando por hacerle ver a sus gobiernos que ellos no tienen esa misma visión de los sirios. Por lo pronto, más de 350 mil exiliados van marchando por Europa.


* De acuerdo con las leyes de la Unión Europea, cuando un individuo busca asilo en un país, debe hacerlo en el primero que haya pisado. Si llegó primero a Italia, ese es el país en el que debe pedir asistencia como refugiado. No obstante, por las diferencias en los programas de cada país europeo para atender estos casos, muchos refugiados circulan en la actualidad sin avisar a las autoridades, esperando traspasar las fronteras a sitios que ofrezcan mejores condiciones, como Suecia.

** España e Italia están buscando una resolución de la ONU que permita hundir los barcos de quienes trafican con refugiados, en Libia, con la intención —sostienen— de frenar este negocio ilegal que ha conducido a casos dramáticos como el naufragio del 19 de abril pasado. Por supuesto, aclaran que los ataques se centrarían en barcos “vacíos”, es decir, sin refugiados.