Cuando el problema ya no es obtener la ciudadanía estadounidense, sino la mexicana

Miles de hijos de mexicanos nacidos en EUA viven el drama de haber tenido que inmigrar a México, el país de sus padres, y no poder regularizar su situación.

No es fácil ser un niño inmigrante. Es ser motivo de burlas en el colegio por no hablar el idioma correctamente. Es dejar atrás todo lo conocido sin entender por qué, enfrentarse a un nuevo hogar, a costumbres distintas. Pero es aún más confuso cuando el menor no pertenece por completo a ninguno de los dos países—ni en el que nació ni en el que vive ahora. Ese es el caso de al menos 300,000 niños nacidos en Estados Unidos que tienen padres mexicanos que ahora viven en México. Muchos de ellos tuvieron que dejar el sueño americano atrás porque sus padres fueron deportados, otros porque sus familias quisieron regresar a su país voluntariamente.

Pero preocupados por el reto de encontrar un trabajo y empezar de cero, sus papás no imaginaron que en su país de origen —con el que siempre cargaron en Estados Unidos— tuvieran problemas para regularizar la situación de sus hijos. Según la ley, cualquier persona que tenga padres mexicanos tiene derecho a la nacionalidad y a todos los derechos gubernamentales que vienen con ella. Sin embargo, hasta ahora, para los que no registraron a sus hijos en algún consulado mexicano antes de su repatriación, hacer valer este derecho ha sido un verdadero martirio.

El motivo es que los registros civiles mexicanos les piden a los padres que manden a apostillar y a traducir el certificado de nacimiento estadounidense al estado en el que nacieron como requisito antes de darles la nacionalidad mexicana. Se trata de un requisito que parece simple, pero se vuelve complejo en las zonas rurales de país, en donde el correo no funciona correctamente, el acceso a internet es limitado y no se usan las tarjetas de crédito.

La consecuencia es que estos 300,000 niños están en el limbo y muchos de ellos no se han podido inscribir en el colegio ni acceder a programas sociales, o incluso a la salud más básica. El periódico inglés The Guardian reportó en julio el caso de Karla Ramírez, una niña que nació en Oregon, vivió en Texas y a los 14 regresó a México por voluntad propia a vivir con su familia en San Juan Yuta, una comunidad aislada en Oaxaca. Pero tuvo que quedarse en casa porque no la recibían en el colegio; sus certificados de nacimiento y de escolaridad se habían quedado en Estados Unidos. Lo peor fue que la niña fue violada por su cuñado y quedó embarazada, y cuando quiso reportar la violación le dijeron que no podía hasta que trajera su registro de nacimiento apostillado y traducido.

Bienvenido el cambio
Para que ningún otro niño tenga que pasar por lo que pasó Karla, o incluso correr el riesgo de caer en manos de la criminalidad por falta de mejores opciones, el gobierno de Estados Unidos está trabajando mano a mano con el mexicano en un plan que facilite los trámites burocráticos de estos niños con derecho a doble nacionalidad. La embajadora de Estados Unidos, Roberta Jacobson, y el secretario de gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong hablaron del nuevo esquema el martes pasado. El sistema, llamado ‘Soy México, Registro de Nacimiento de la Población México-Americana’, será probado durante un tiempo antes de implementarlo oficialmente, será digital y permitirá que las familias solo presenten el certificado de nacimiento de sus hijos en el registro civil, sin necesidad de apostilla ni traducción. En una base de datos electrónica de la Asociación Nacional para Estadísticas e Información de la Salud Pública estadounidense, el registro podrá confirmar si el documento es verídico, y ayudará a que el proceso sea más ameno.

“Algunos menores pueden sentir y pensar que han pasado la mayor parte de sus vidas en las sombras de ambos países, debido a que no pueden probar su identidad de ciudadanía en México”, dijo Jacobson en la presentación del sistema.

Aunque los más críticos de la inmigración en Estados Unidos han aplaudido las deportaciones masivas de los mexicanos —desde 2010, 1,400.000 han tenido que marchar y se espera que esta cifra aumente ahora que la corte suprema decidió que no regularizará la situación de 4 millones de padres indocumentados— esta situación también acaba afectando al país norteamericano.

Demógrafos y educadores estadounidenses temen por estos niños que, incluso cuando consiguen regularizar su situación mexicana, suelen tener problemas de integración y de aprendizaje. Hay estudios que muestran que la mayoría de estos niños piensan regresar a Estados Unidos cuando sean mayores, y el país tendrá que lidiar en un futuro con una nueva clase de inmigrantes: adultos jóvenes con pocas habilidades, infancias complicadas y el derecho absoluto a la nacionalidad estadounidense.