Vecinos incómodos y los muros que los separan

El conflicto entre naciones fronterizas ha existido desde siempre. ¿La ‘solución’? Muros en sus fronteras.

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En la película argentina de 2009 El hombre de al lado, la trama versa sobre dos vecinos completamente antagónicos: Leonardo, un diseñador industrial refinado que vive en la icónica casa Curutchet –una de las pocas obras que Le Corbusier construyó en Latinoamérica– y su vecino Víctor, un vendedor de autos de clase media sin una pizca de refinamiento o buen gusto. El drama entre ellos se desata por una aparente nimiedad: Víctor quiere construir una ventana que da justamente hacia la casa de Leonardo y a éste le parece una aberración. ¿Cómo arruinar una obra maestra de un modo tan burdo? Además ¿tener vista a la casa del “pobretón”?
No queremos abrumarte con spoilers, pero la historia termina en tragedia.

Lo curioso es que este tipo de situaciones, por más inverosímiles que parezcan, han sucedido un sin fin de veces y a macroescala. El conflicto entre vecinos ha existido desde siempre. Entre los siglos V a.C. y XVI de la Edad Moderna, China construyó y reconstruyó la enorme muralla de 21,196 km que hoy es considerada una de las nuevas Siete Maravillas del Mundo Moderno. En Europa, durante la Edad Media también surgieron las ciudades amuralladas, primero como modelo defensivo de las incipientes ciudades-estado y más tarde, cuando llegó la artillería y se implementaron sistemas más sofisticados de defensa, como imagen de poderío y prestigio.

Recientemente, el semanario The Economist publicó que desde finales de la Guerra Fría en Europa (1985-1991) se han construido más barreras territoriales que durante la propia guerra, y que de los 40 países en el mundo que se han amurallado de naciones vecinas, 30 lo hicieron después de los atentados a las Torres Gemelas.

De los países que han puesto infranqueables muros fronterizos para evitar las migraciones masivas en esta última década, sólo dos podrían calificarse como economías desarrolladas: Estados Unidos e Israel. El resto son potencias en desarrollo: México, Brasil y algunos países de Europa del Este que buscan entrar a la eurozona.

La lista es abrumadora, las causas múltiples, pero podría sintetizarse más o menos así: a Estados Unidos no le caen bien los inmigrantes que cruzan ilegalmente su frontera sur y pone una barrera de 555 km con México. A México ya le empieza a molestar que lo limiten por ser un país de paso para muchos de esos inmigrantes –además de los propios–, así que propone otra barrera al sur, en el límite con Guatemala. Guatemala no pone ninguna barrera: los Centroamericanos tienen su propio muro de contención en la violencia y la pobreza. Brasil pone una barrera (pero virtual, a base de drones y sistemas de satélite) porque no le caen en gracia los paraguayos y bolivianos que entran ilegalmente.

Cruzando el océano, en Oriente, Israel pone una barrera en la Rivera Occidental porque ya tuvo suficiente con tanto palestino; Hungría y Bulgaria, que concursan actualmente para Miss Eurozona, no bajan los brazos en sus intentos de frenar el flujo desesperado de sirios, afganos y africanos que buscan huir de la guerra y el hambre. Ucrania también quiere realizar el sueño del muro fronterizo propio, pero más que nada para intentar frenar los avances de Putin.

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Desde hace años las dos Coreas, que se odian como Caín y Abel, han dividido su territorio con 249 km de muros; India no quiere saber nada de su vieja parienta, Bangladesh. También se dan casos inusuales como el de Sao Paulo, donde los mismos paulistas acaudalados se han atrincherado en Alphaville, un territorio cercado en esa ciudad brasileña en la que han florecido los condominios alejados del espanto de las favelas.

La globalización económica ha traído riqueza y oportunidades a muchos países, pero también condiciones de desigualdad brutal en otros, obligando a sus habitantes a buscar mejores oportunidades lejos de sus lastimadas tierras. Esto siempre ha sido así, el instinto de supervivencia humana ha sido el motor de las migraciones desde que el primer homo sapiens cruzó el estrecho de Bering para poblar lo que hoy conocemos como América.

Si algo nos queda claro es que las guerras territoriales  siempre han existido. Sin embargo, lo que no hubo entonces y ahora plantea muchas interrogantes sobre el futuro próximo es el control casi omnipresente de los gobiernos sobre la movilidad y libertad de los individuos.