Niños, marcianos y misoginia: el cine de los ochenta explicado

Los Goonies, una de las películas más célebres de los ochenta, cumple 30 años.

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Es fácil explicar las claves del éxito de una película, pero no es tan fácil analizar por qué permanece en la memoria colectiva de millones de personas décadas después de su estreno. Cuando Los Goonies se estrenó el 9 de junio de 1985, fue un éxito como todas las que tenían a Steven Spielberg en los créditos (Poltergeist, Regreso al futuro, Gremlins, ¿Quién engañó a Roger Rabbit?), pero nadie podía imaginar que se convertiría en un clásico del cine de aventuras familiar.

Y esa frase contiene dos elementos esenciales del cine que marcó la década: imaginación y familia. Directores como el propio Spielberg, Robert Zemeckis o Richard Donner acertaron en su apuesta por el cine de entretenimiento sin dobleces morales. Los buenos eran buenos y los malos eran muy malos (y muy feos), el sentido del humor era universal y atemporal, basado en adolescentes descarados y gente chocándose con cosas. Sus guiones eran respetuosos con el público, y no confundían "sencillez narrativa" con "tratar al espectador como si fuera idiota". Simplemente buscaban ser una escapatoria del mundo real, utilizando el cine como medio para vivir aventuras asombrosas, sorprendiendo constantemente al espectador.

La cariñosa y efusiva recepción del público, unida al hecho de que todos los directores de la época parecían ser coleguitas de la misma pandilla de soñadores, hizo que las películas más emblemáticas de los ochenta compartiesen trucos. Esos trucos son, 30 años más tarde, el material del que están hechos nuestros sueños cinematográficos, y sobre el cual hemos edificado una nostalgia que a veces nos empuja a recordar aquellas películas mejores de lo que realmente son.

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LOS NIÑOS PUEDEN PROTAGONIZAR PELÍCULAS

Y los adultos pueden pasárselo bien con ellas. La generación de los 80 desoyó por completo el consejo de Alfred Hitchcock ("nunca trabajo ni con niños, ni con animales, ni con barcos"), y colocó a pandillas de niños como protagonistas de las aventuras más emocionantes e increíbles. Por muy complicado que pudiera resultar trabajar con ellos, capturaban la inocencia y la valentía más temerarias. Esa es la clave principal del éxito de Los Goonies. Cualquier niño que la viera sentiría un cosquilleo en el estómago incomparable, al ver por fin héroes con los que podía identificarse de igual a igual.

Y luego estaba Sigourney Weaver. La única mujer que hacía cosas por sí misma en los ochenta (Aliens, Cazafantasmas), y a la que todas las mujeres deberían estar agradecidas. Si hoy en día existen hombres respetuosos con las mujeres, es porque se criaron viendo películas de Sigourney Weaver.

Aunque traviesos, estos niños siempre eran buenos chicos. Todas las décadas del cine reniegan de su predecesora, y Hollywood había agotado la fórmula de "niño malrollero" con La profecía, Carrie y Taxi Driver. A pesar de ser tan simpáticos, los niños ochenteros tenían padres que no les hacían ni caso, porque estaban demasiado ocupados trabajando en la bolsa y llevando ropa espantosa. Eso desencadenará un conflicto que acabará por reunir al niño con sus padres. Mientras el muchacho vive aventuras extraordinarias, sus padres siempre, siempre, siempre van a pasarse la película preocupadísimos porque lo último que les dijeron fue "déjame en paz y cómete el emparedado".

La metáfora está servida, y es tan obvia como infalible. Al volver de su hazaña, el niño ya es un pequeño adulto, y entiende que sus padres de gafas enormes solo quieren lo mejor para él. Otra opción para el protagonista es aprovechar que sus padres no le hacen caso para buscarse otra figura paterna. Desde el portero japonés de doscientos años que le va a enseñar a dar palizas a sus compañeros de clase (Karate Kid), hasta el científico loco que pondrá la vida del chaval en peligro en varias secuelas (Regreso al futuro). Porque hay que ser muy mal padre para dejar que tu hijo se vaya con un señor que está indudablemente mal de la cabeza y al que todos sus inventos le salen mortales.

Posteriormente hubo una respuesta geriátrica a este subgénero, en la que los bichos ayudan a ancianos en lugar de a niños (Cocoon, Milagro en la calle 8), porque los viejos también pueden ser encantadores y el sindicato de actores no les pone límites de horas de trabajo diarias como hacía con los niños actores. En los noventa el cine se decantaría por protagonistas animales, y en los 2000 por hombres blancos de 30 a 50 años. Se acabó la broma y Hollywood volvió a su estado natural. Los aliens no quieren matarnos, solo llevarnos de paseo.

 

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