Breve historia de las mujeres en la silla presidencial

La conquista de la mujer en la política es a la vez la historia del feminismo y parte inevitable del capitalismo.

La conquista de la mujer por la participación política es a la vez la historia del feminismo y parte inevitable del capitalismo. Y tiene y no tiene que ver con la educación, pues aunque desde el siglo XVII hubo mujeres que fueron suficientemente fuertes y rebeldes para estudiar en la universidad (Juliana Morell en 1808, Elena Cornaro en 1678…), eso significó poco: lo hacían aquellas que tenían suficiente apoyo y poder detrás para darse ese lujo exclusivo de hombres.


Las únicas mujeres en occidente que lograron ostentar el poder y ejercerlo, eran aquellas de la monarquía, pero siempre con un hombre de por medio, aunque fuera de adorno o por estrategia: si Isabel la Católica unificó los reinos de España y fue quien se animó a apoyar la aventura de Colón, sola o acompañada, poco importa, para la historia fueron los Reyes de España.

La única que se animó a rechazar el matrimonio por conveniencia para ejercer un poder que le venía por sangre fue la reina Isabel I de Inglaterra, aunque para convencer a su pueblo y a su corte prácticamente se casó con Dios y se convirtió así en la Reina Virgen (sólo Dios sabe si así fue efectivamente).

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Pero no fue hasta el siglo XX que las mujeres pudieron ejercer cada vez más cargos públicos de importancia, incluyendo la presidencia. En cualquier continente, esa idea parecía una utopía. Los primeros movimientos feministas surgieron a la par que la revolución francesa y la revolución industrial. No es casual: en ambas las mujeres se vieron obligadas a participar en forma activa en trabajos que eran hasta entonces “propiamente masculinos”. Algo similar ocurrió durante la Primera Guerra Mundial, cuando a las mujeres a las que mandaban a callar cada que pedían el derecho al voto lo obtuvieron, dado que los hombres morían en el frente de btalla y ellas ocupaban ahora los puestos de trabajo. Así se dio la primera gran ola de acceso al sufragio de la mujer en Europa. En Latinoamérica, tardamos como 20 años en enterarnos de la tendencia y copiarla.

Muchos tienen la idea errónea de que el feminismo es un movimiento nacido en el siglo pasado. Una de las pioneras fue —precisamente de la época de la revolución francesa— la escritora y abolicionista Olimpia de Gouges, quien publicó en 1791 su "Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana". De Gouges sostenía que los derechos naturales de la mujer eran limitados por los hombres y por la forma en que estos ejercían el poder. Por supuesto, quien lo ejercía entonces, Maximilien Robespierre, permitió que su gobierno terminara aquella perorata mandando a la guillotina a De Gouges.

Por suerte los tiempos han cambiado, las mujeres pueden votar y ser candidatas a cargos públicos. El primer país en el mundo en tener una primera ministra fue Sri Lanka (Sirimavo Bandaranaike). Llamativo, y no menos exótico, que Islandia fuera el segundo. Lo curioso es que en ambos países, las mandatarias fueron reelegidas por otros tres periodos más. Más allá de algunos baches históricos (como la presidencia no planeada de Isabel Martínez de Perón, puesta en escena intencionada que acabó con el inicio de la dictadura militar argentina), los países que han tenido a mujeres como líderes (presidentas, primeros ministros), han llevado gobiernos igual o más exitosos que el de los hombres. Los dos casos de éxito (para sus economías) más llamativos son los de Ángela Merkel en Alemania y la temible Margaret Thatcher en Gran Bretaña.

Filipinas, Haití y Costa Rica han tenido primeras mandatarias. Latinoamérica ha tenido 10 presidentes mujeres en poco más de cuatro décadas (todo un récord tomando en cuenta que en algunos países de la región la posibilidad misma de votar siendo mujer apenas se hizo realidad a mediados de los años 50 y principios de los 60) y a pesar los escándalos de corrupción en los que se han visto envueltos miembros de los gabinetes de Argentina, Brasil o Chile (países gobernados por mujeres), no ha ocurrido nada que no esté sucediendo en otros países de la región llevados por hombres.

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Aunque en México aún no ha tomado la silla presiencial una mujer, desde 1982 ya hubo una candidata a presidenta: Rosario Ibarra, y desde ahí no ha habido prácticamente ninguna elección sin una contendiente femenina. La última, Josefina Vázquez Mota, fue la única en lograr una verdadera posición de fuerza, al ubicarse en el tercer lugar de las elecciones: las anteriores pasaron como brisa en medio de un huracán y sólo Cecilia Soto González, en 1994, y Patricia Mercado, en 2006, lograron lo que parecía por años la máxima aspiración de una candidata femenina: conseguir los votos necesarios para mantener el registro de su partido.

Ahora, Margarita Zavala se alza como la próxima representante de las mujeres para la contienda electoral de México en 2018, en un mundo en el que cada vez hay más posibilidades de que una mujer llegue a la presidencia, incluso en los escenarios menos probables. Recientemente, Nepal eligió a una mujer, por primera vez en la historia, como presidenta del país. Se trata de una feminista y comunista, Bidhya Devi Bhandari, a quien le tocará la tarea de moldear una figura presidencial que hasta ahora ha tenido más que nada un carácter simbólico y quien deberá asumir un periodo lleno de cambios, comenzando por el primero que la ha llevado ahí: la nueva carta magna del país.