El secreto de Melania

Su pasado familiar, las tácticas para lidiar con su marido y cómo planea convertirse en la nueva Jackie Kennedy.

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Si sufriera un terrible accidente de coche, su marido no la abandonaría, claro, siempre y cuando sus pechos resultaran intactos. Tímida, bella y complaciente, Melania Trump habló con Julia Ioffe sobre su relación con el nuevo presidente de Estados Unidos. Le reveló pistas de cómo planea su papel de primera dama y le dejó ver cómo reacciona (mal) a los secretos familiares que dejó atrás en Eslovenia.

Con el reciente ascenso de Donald Trump a la presidencia del país más poderoso del mundo, los personajes más allegados a él se han vuelto un blanco de curiosidad, su esposa no es la excepción. En este reportaje que indaga en el pasado de la exmodelo, personas que la han tratado antes y después de ser la esposa del magnate y ella misma cuentan cómo se conocieron, se enamoró de él y lograron llevar una relación de marido y mujer.

En una sesión de fotos realizada por Douglas Friedman, la ahora primera dama de los Estados Unidos refleja esa esencia de lujo que la rodea, un estatus con el que ella se siente cómoda, feliz, no importa si esto transmitido en imágenes editoriales resulte sarcástico y hasta risible. Ella luce siempre perfecta, tal como la historia de su vida que ella cuenta, pero que una vez terminado de leer este trabajo de investigación, el lector juzgará qué tanto de verdad tienen las palabras de Melania.

Aquí el texto íntegro del artículo de portada febrero 2017.

EL SECRETO DE MELANIA

En 2005 no pareció extraño que Melania y Donald Trump celebraran su fiesta de matrimonio junto al expresidente y la ex primera dama Bill y Hillary Clinton, que por aquel entonces era senadora por Nueva York. “Cuando vinieron a nuestra boda, éramos ciudadanos privados”, me recuerda Melania.

Aquella época era menos complicada. Pero las cosas cambian a gran velocidad (lo cual constituye el elemento constante de la insólita vida de Melania Trump), y cuando tu marido presenta un plan para devolverle la grandeza a Estados Unidos, los mismos Clinton junto a los que estuviste sonriendo el día de tu boda pueden pasar a convertirse en enemigos mortales. Y también puedes pensar, como le sucede a Melania Trump, que en realidad este detalle no reviste la menor importancia. “Las cosas son como son —me dice—. Todo esto es un tema profesional, no es nada personal”.

Melania sabía que la política crearía una situación caótica. Es posible que Ivana, la primera mujer de Donald, quisiera que Trump fuera presidente, pero a Melania, la tercera esposa, esta idea nunca le entusiasmó. “Cuando tratamos el tema yo le dije que tenía que estar convencido, saber que quería hacerlo, porque te cambia la vida”, asegura.

Hablamos por teléfono, aunque no tengo la menor idea de si me llama desde su ático lleno de color dorado en la Trump Tower o desde algún acto de campaña. Aunque Melania tiene éxito entre el público en estos eventos, aparece de forma infrecuente. “Nadie me controla. Viajo con mi marido cuando sé que puedo ir y sé que no pasa nada si mi hijo se queda unos días solo con la servidumbre”.

Aunque Donald declaró que Melania será una extraordinaria primera dama, la antigua modelo no da muchas pistas sobre lo que implicará para ella. En cierta ocasión comentó que desempeñaría el papel de forma “tradicional”, como Jackie Kennedy. Cuando se le pregunta qué causas apoyará, señala que ya participa en “muchísimas organizaciones benéficas que se centran en los niños y en enfermedades muy diversas”.

En este aspecto es igual que su marido: se muestra seductoramente opaca. Repite trivialidades enérgicamente en tono afirmativo e informal (dice que tiene “la piel gruesa”, vive la vida “día a día”, sigue las noticias “de la A a la Z”) hasta que el entrevistador decide que no tiene sentido insistir para lograr respuestas concretas. No obstante, a diferencia de su esposo, Melania es reservada, educada y poco voluble, según sus allegados. “En su interior hay paz”, me cuenta una antigua amiga de Eslovenia. Es rica, pero no una socialité. También es hogareña. Prefiere la familia a la gente de abolengo, y se retira temprano de los eventos.

Los que la conocen creen que imitará el modelo de Jackie. “Se le daría muy bien elegir la porcelana, será una primera dama clásica”, declara el estilista Phillip Bloch, que ha trabajado para el matrimonio y que ha acudido a desfiles de moda con Melania. No obstante, a diferencia de Jackie, que conoció a John F. Kennedy cuando este ya era congresista, Melania no se comprometió a ser mujer de un político al salir con el empresario en 1998.

Trump valora que ella le ponga las cosas fáciles. “Trabajo mucho, desde muy temprano hasta muy tarde —dijo en 2005—. No quiero llegar a casa y esforzarme para mantener una relación”. Para el magnate, divorciado dos veces, Melania es espléndida. Nunca le ha oído “echarse un pedo ni hacer caca”, según le contó una vez al showman Howard Stern. (Melania asegura que la clave es tener baños separados). Él puede estar seguro de que ella se toma la píldora todos los días, tal y como le contó muy ufano a Stern, en ese sentido, es una mujer increíble. “Tiene proporciones perfectas (mide 1.80 m, pesa 56 kilos) y unas tetas estupendas, lo cual no es un asunto insignificante”. Stern preguntó al magnate qué haría si Melania sufriera un terrible accidente de coche, tras el cual se quedara sin poder utilizar el brazo izquierdo, le saliera una purulenta mancha roja cerca de un ojo y se le deformara el pie izquierdo. ¿Seguiría con ella?

—Y los pechos, ¿qué aspecto tendrían? —preguntó Trump.

“A los pechos no les pasaría nada”, contestó el presentador. En ese caso, claro que seguiría con ella. “Porque ese detalle es importante”.

Hay otras ventajas. El empresario aprecia la contención de Melania al ir de compras. “Nunca se ha aprovechado de la situación, cosa que muchas mujeres habrían hecho”, ha declarado. (“Prefiero la calidad a la cantidad”, me aclara ella). Donald también pone de su parte para que las cosas funcionen. “Es un marido muy comprensivo —contó una vez Melania—. Si le digo: ‘Necesito una hora, me voy a dar un baño’, o si me dan un masaje, no se opone. En ese sentido, me apoya mucho”. Ella me cuenta que deja que él tenga su espacio porque no es una mujer “dependiente” ni “pesada”.

Melania consideraba que la candidatura de Trump a la Casa Blanca no tenía mucho que ver con ella. Lo mismo puede decirse de las opiniones más polémicas del empresario, como el desprecio que le inspiran los inmigrantes, a pesar de que su esposa no adquirió la ciudadanía estadounidense hasta 2006. “Decidí no entrar en política ni en temas legislativos. Es mi esposo quien se ocupa de esas cosas”. Ella cuenta sus opiniones a Trump. “Nadie se entera y nadie se enterará jamás —añade, refiriéndose a los consejos que le da—. Porque todo eso queda entre mi marido y yo”.

Esta actitud concuerda con su idea de las funciones de una esposa. “Ella no se sale de su papel —cuenta el estilista Bloch—. Si le preguntan, da su opinión. Si no, no se inmiscuye”.

Melania portada

Cuando conoció a Melania en una fiesta celebrada durante la New York Fashion Week, Donald Trump tenía 52 años. Era un hombre descarado y estridente, sumamente rico, una leyenda neoyorquina. Melania Knauss (su nombre de modelo) tenía 28. Era una morena alta y tímida cuyos ojos aún no habían adquirido ese carácter rasgado y tirante. “Yo no sabía gran cosa de Donald Trump —asegura—. Tenía mi vida, mi mundo. No conocía el tipo de vida que él llevaba”.

Esa noche de septiembre de 1998, el magnate llegó con otra mujer, pero se quedó prendado de Melania. Mandó a su acompañante al baño para disponer de unos minutos en los que abordar a la modelo en la que se había fijado. Pero Melania se negó a darle su teléfono y le pidió que fuera él quien le pasara sus datos de contacto. “Si se los daba yo, habría sido una de tantas mujeres a las que él llamaba”, recuerda. La modelo sentía curiosidad por ver si Trump le daba un número de su oficina. “Quería ver cuáles eran sus intenciones —explica—. Dice mucho de un hombre qué número te da. Me los pasó todos”.

Esperó una semana antes de llamarlo. “Hubo mucha química entre nosotros, pero su fama no me impresionó. Es posible que él lo notara”.

Poco después de que iniciaran su relación, ella la interrumpió. “Al principio le costó confiar en él”, cuenta Matthew Atanian, un fotógrafo con el que la modelo compartió departamento en el edificio Zeckendorf Towers de Union Square, nada más instalarse en Nueva York. Al cabo de seis meses —añade Atanian— ya estaban juntos de nuevo. O bien la joven enderezó a Donald (que ha insistido en que es absolutamente fiel a Melania), o aceptó el carácter inmutable del magnate: ella no aspira a cambiarlo. Aparentemente, lo que ha encontrado en Trump (a pesar de la diferencia de edad y de un comportamiento que haría que la mayoría de las mujeres salieran corriendo) es lo que siempre había estado buscando. “Le gusta ese poder y esa protección —me cuenta una de las viejas amigas que Melania tenía en Liubliana—. Creo que necesitaba a un hombre fuerte, una figura paterna”.

Actualmente, en Eslovenia produce cierto resentimiento el hecho de que Melania haya olvidado sus raíces. Sin embargo, ella no rehúye su vida en ese país, no le avergüenza. “Me encanta mi infancia —me asegura—. Fue preciosa”. Su hijo habla esloveno con fluidez y recurre a este idioma para comunicarse con sus abuelos, que han emigrado a Nueva York y viven en la Trump Tower. Pero Eslovenia representa para Melania un período relativamente breve y alejado que no tardó en dejar atrás.

Sevnica, el pueblo ferroviario en el que nació Melanija Knavs (su nombre de nacimiento) en 1970, queda a una hora en coche de la capital eslovena. Aunque muchas personas sufrieron privaciones en la época comunista, los Knavs vivían bien. Amalija Ulčnik, su madre, creaba patrones en una fábrica de ropa infantil y conoció a Viktor Knavs en 1966, cuando este ejercía de chofer del alcalde de un pueblo cercano.

La familia daba una imagen cosmopolita, pues pasaba las vacaciones en Francia, Italia o Alemania. “Tenían más cosas que los otros”, rememora Mirjana Jelančič, amiga de la infancia de Melania. Viktor dedicaba todos los sábados a lavar con gran cariño su Mercedes antiguo. “Aquello era como un ritual”, me dice su amiga. Tras dejar de trabajar para el alcalde de Hrastnik, el padre de Melania, por aquel entonces miembro del Partido Comunista esloveno, se hizo representante de una empresa automovilística estatal. Ciertos documentos policiales indican que el progenitor despertó sospechas de comercio ilegal y evasión de impuestos en 1976. (Lo condenaron por delito fiscal, aunque no tiene antecedentes penales gracias a las leyes de prescripción del país. Los tribunales me aseguran que este proceso supone una “rehabilitación jurídica”). Melania me impide hablar con Viktor y niega esos hechos. “Jamás lo investigaron ni tuvo ningún problema —me asegura en tono cortante—. Nuestro pasado está limpio. No tengo nada que ocultar”.

“Trump me recuerda a Viktor —me dice Tomaž Jeraj, amigo y vecino del padre—. Es un vendedor. Lleva los negocios en la sangre”. Esta opinión la comparte todo el mundo en Sevnica, donde Viktor y Amalija aún conservan una casa que visitan dos o tres veces al año.

Efectivamente, si observamos dos fotografías de Viktor Knavs y Donald Trump, existe una semejanza. El magnate tiene cinco años menos que su suegro. Ambos son hombres altos y corpulentos de cabello rubio y traje. Son también hombres descarados y aficionados a lo mejor que ofrece la vida. “Le gusta la calidad”, declara ella refiriéndose a su padre. Melania reconoce que se parecen mucho. “Los dos son muy trabajadores, muy inteligentes y competentes. Se criaron en entornos completamente distintos, pero tienen los mismos valores. Yo también me parezco a mi marido. No sé si me explico. Lo mismo le pasa a mi padre: es un hombre familiar, valora las tradiciones, es muy trabajador. Como mi esposo”.

Al igual que le ha sucedido a Donald Trump, las relaciones de Viktor Knavs con las mujeres también lo han llevado a verse envuelto en agresivos pleitos. Cuando era chofer, antes de casarse con la madre de Melania, conoció a una joven de su pueblo llamada Marija Cigelnjak. Estuvieron saliendo una temporada. En septiembre de 1964, ella se quedó embarazada. Según el testimonio de Cigelnjak, recogido en un largo expediente judicial, Viktor le exigió que abortara. Knavs nunca ha reconocido a su hijo, Denis Cigelnjak, que ahora tiene 50 años. El hermanastro de Melania, que nunca había hablado con los medios, me cuenta su historia y me da permiso para buscar los documentos judiciales pertinentes en los archivos eslovenos.

Vive en un minúsculo apartamento de Hrastnik, el pueblo donde su fallecida madre trabajaba en una fábrica de vidrio. Denis no conoció a su padre. Viktor pagó una pensión alimenticia hasta que cumplió 18 años, pero nunca se puso en contacto con él. “No tuve la oportunidad de decir: ‘Papá, vamos a tomar un café’”. Ahora piensa que es demasiado tarde. No aspira a llamar la atención ni quiere nada de su progenitor ni de los Trump, pero no le importaría conocer a sus hermanas, Inés y Melania. Cuando le pregunto a Melania por teléfono sobre este tema niega que sea cierto. Posteriormente le envío los documentos del tribunal esloveno y me escribe para decirme que no había entendido mi pregunta: “Lo he sabido desde hace años”. Añade: “Mi padre es un ciudadano privado. Le ruego respetar su privacidad”.

Todos los que recuerdan la juventud de Melania en Eslovenia hablan de lo despampanante que era. “Su mirada tenía algo psicodélico. Cuando te fijabas en sus ojos era como estar viendo los de un animal”, me cuenta una amiga de Liubliana.

Estane Jerko, el fotógrafo que la descubrió en 1987, vio algo parecido. A ella aquel entorno no le interesaba. “Para ella, lo más importante eran los estudios”. Pero él advirtió que la joven tenía futuro delante de la cámara. Jerko hizo una serie de fotografías de Melania, que tenía 16 años, con ropa de catálogo. Apareció descalza en todas las imágenes. “Yo no disponía de zapatos de su talla”, aclara Jerko. “Los pies de las otras modelos eran más pequeños”. “¿Sabe qué dicen los eslovenos de las personas con los pies así? —pregunta el fotógrafo entre risas—. Cuando tienes pies grandes, también vives a lo grande”.

En aquella época, el objetivo de Melania era convertirse en diseñadora. Solicitó la admisión en la Facultad de Arquitectura de la universidad local y logró aprobar los exámenes de ingreso. No bebía alcohol, no salía de fiesta, no fumaba. “No se relacionaba con los demás, era una persona solitaria. Después de una sesión de fotos o de un desfile se iba a casa, no salía a divertirse. No quería perder el tiempo yéndose de fiesta”, rememora Jerko. En 1992 (el año en que la joven obtuvo el segundo puesto en el concurso de modelos Look of the Year de su país), Melania ya “estaba convencida de que su futuro no estaba en Eslovenia —cuenta la amiga de Liubliana—. Quería marcharse”.

Triunfó en Milán y París. En 1996, tras empezar a colaborar con Zampolli, el agente que le consiguió el visado y el contrato de modelo para EE UU, se trasladó a Nueva York. “Iba a castings y la rechazaban todos los días. Ella decía que las cosas eran muy distintas en Europa, que allí había tenido más éxito”. A Melania le costaba ganarse la vida y le preocupaba haber dejado atrás sus mejores años.

Buscó formas de destacar. Acudió a castings para publicidad de alcohol y tabaco, en los que no podían contratar a otras chicas si eran menores de edad. Consiguió protagonizar un anuncio de Camel: una valla publicitaria en Times Square. También quiso despuntar en otros aspectos. “Se fue dos semanas de vacaciones y volvió con un pecho más... abundante —declara Atanian, buscando el término menos ofensivo—. Me dijo que había tenido que hacérselo para conseguir más contratos de lencería”.

De nuevo, Melania niega haberse sometido a un aumento de pecho. “No me he hecho ningún cambio —asegura—. Muchas personas dicen que me estoy aplicando todas las técnicas en la cara. No he utilizado nada. Llevo una vida sana, me cuido la piel y el cuerpo. Estoy en contra del bótox, estoy en contra de las inyecciones, creo que son perjudiciales para la cara y para los nervios. Todo es mío. Envejeceré con dignidad, como le pasa a mi madre”.

En Nueva York, Melania llevaba una existencia tranquila y hogareña, y se cuidaba el cuerpo de forma constante. “No iba a las discotecas, cenaba en Cipriani a las diez, y a la una ya estaba en casa —recuerda Atanian—. Los hombres con los que salía tendían a ser más bien ricos, trabajadores, de perfil europeo. Italianos, playboys. Pero iban a cenar y ella volvía a casa antes que yo”.

Fue Zampolli quien la rescató de nuevo en 1998. Con esa invitación para acudir a la fiesta del Kit Kat Club, sin pretenderlo le facilitó la afortunada ocasión de conseguir el número de teléfono de cierto playboy que ha llegado a la Casa Blanca.

El debut de Melania en la campaña se produjo en una nevada noche de abril, en Wisconsin. Asistí y observé a su marido anunciarla con cariño. “Es una madre increíble, quiere muchísimo a Barron, su hijo. Y debo decir que será una primera dama extraordinaria”. El furor se extendió entre el público. “Quiero presentarles a mi mujer —proclamó—. Melania, ven”.

Obedientemente, ella salió a la tarima con paso vacilante y unos Louboutins de vértigo: una muñeca de piernas largas que llevaba un vestido veraniego del color de la espuma del mar, luciendo un bronceado impropio de la estación, claramente cómoda con su papel, el de ser admirada como ejemplo de belleza física. Empezó leyendo un resumen de los atributos de su marido. “Es muy trabajador. Es bueno. Tiene un gran corazón. Es fuerte. Un gran comunicador. Un gran negociador. Dice la verdad. Es un gran líder. Es justo”.

Daba la impresión de que el discurso (de oraciones breves y enunciativas) se lo había escrito su hijo mientras hacía los deberes. “Como ya sabrán, cuando alguien lo ataca, él devuelve el golpe diez veces más fuerte —declaró en voz alta y firme, mientras estallaron los aplausos—. Da igual que hablemos de un hombre o una mujer: trata a todo el mundo igual”.

Es posible que hace un año Melania no quisiera verse en esta situación. Pero ahí está, aceptando tranquilamente lo insólito de la vida, con su bronceado y sus largas piernas. Sonríe con gesto tirante, como una esfinge, y contempla el gentío que tiene delante. Está orgullosa de su marido, que tiene un gran corazón y será el 45 presidente de Estados Unidos.