Otro nerd. Otro garage. ¿Otro avance tecnológico que cambiará el mundo?

Esa es la apuesta de Mark Zuckerberg al invertir en un casco de realidad virtual inventado por un joven de 22 años.

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La primera vez que Mark Zuckerberg se puso el incómodo casco, lo supo. “Esto ya está listo —pensó—. Esto es el futuro”. Por fuera, el Oculus Rift no ofrecía un aspecto demasiado prometedor: era una caja negro mate del tamaño de un ladrillo que Zuckerberg se colocó sobre la cara como si fueran unas gigantescas gafas de esquí conectadas a una pequeña computadora portátil. El artefacto parecía futurista, pero no era bonito, sino el tipo de objeto que un adolescente crearía para reflejar cómo sería el porvenir. Esa era, precisamente, la manera en que el aparato se había ideado. Palmer Luckey, el inventor del Rift, era un chico de 17 años y un friki de la ciencia-ficción cuando empezó a montar el prototipo en el garage de sus padres, en California. Después lo presentó en la plataforma de crowdfunding Kickstarter, donde recaudó la asombrosa cifra de 42,651,900 pesos, y a continuación en Silicon Valley. Ahora, cuatro años después, el artilugio se encuentra ante el hombre más poderoso del sector de la tecnología.

Zuckerberg está en la sede central que Facebook tiene en Menlo Park, en el despacho de la jefa de operaciones Sheryl Sandberg, junto a Chris Cox, jefe de productos, y Mike Schroepfer, director de tecnología. Han elegido la oficina de Sandberg porque en ella hay persianas venecianas, a diferencia del cubo de cristal en el que trabaja Zuckerberg, parecido a un acuario, algo que en el caso del hombre que ha dedicado su carrera a ayudar a que la gente comparta diversos aspectos de su vida tiene todo el sentido. Sin embargo, en este momento conviene que la imagen del CEO de Facebook con una pantalla sobre el rostro se mantenga en secreto. De todas maneras, en cierto modo Zuckerberg no está en el despacho de Sandberg, sino en otro universo completamente distinto. Su atención se centra en un castillo en ruinas, situado en la ladera de una montaña, mientras unos brillantes copos de nieve caen a su alrededor. Mire donde mire, la escena se mueve en la misma dirección que su cabeza. De pronto descubre que está justo delante de una gigantesca gárgola de piedra que escupe lava. —Madre mía —dice Zuckerberg mientras se quita el casco—, ¡qué cool ha estado esto!

Estamos en enero de 2014, y el consejero delegado de Facebook se encuentra a punto de celebrar dos fechas señaladas: el décimo aniversario de su empresa y su 30 cumpleaños. Zuckerberg lleva años esforzándose en crecer, casi de forma obsesiva. Con la ayuda de Sandberg ha transformado Facebook en una plataforma de comunicación que cientos de millones de personas tienen abierta en el móvil prácticamente todo el tiempo. “Cuando eres universitario y das tus primeros pasos te planteas objetivos más limitados. Al principio, más bien piensas: ‘Voy a crear este proyecto para el entorno que me rodea’. Después: ‘Voy a crear este servicio para los usuarios de internet’. Pero aparece un momento en que alcanzas un nivel en el que puedes solucionar los problemas más importantes, aquellos que van a conformar el mundo a lo largo de la próxima década”.

Zuckerberg llevaba una temporada planteándose cuál debía ser la siguiente gran plataforma informática. ¿Qué viene después del smartphone? El empresario creía que la respuesta estaba en los cascos que brindan “experiencias de inmersión en 3D”, que ofrecen películas y televisión, pero también juegos, conferencias y reuniones de negocios. Estos cascos podrían acabar escaneándonos el cerebro, para después transmitir lo que pensamos a nuestros amigos. “Al final dispondremos de una tecnología que nos permitirá comunicarle plenamente nuestra experiencia sensorial y nuestras emociones a otra persona a través del pensamiento —me asegura el empresario—. Sobre este tema se han hecho muchas investigaciones interesantes, de esas en las que la gente se pone una cinta en la cabeza … Puede indagar sobre la cuestión, si le interesa”. Parece un poco descabellado, pero Zuckerberg no bromea. “Hay ciertas cosas del futuro que ya se sabe que van a pasar. El auténtico reto es averiguar qué resulta posible ahora mismo y cómo se logra exactamente”. Y la forma de lograrlo ha llegado: Facebook empezará a enviar a los consumidores el Oculus Rift a principios de 2016.

No es el primer casco de realidad virtual (RV) en llegar el mercado, sin embargo, teniendo en cuenta que se pagan uno 26,500 pesos por el aparato y la computadora necesaria para manejarlo, sí que es el primero que ofrece sofisticación y un precio relativamente barato. También es el primer casco que no provoca mareos. En marzo de 2014, Zuckerberg anunció que iba a comprar la empresa Oculus VR por más de veinte mil millones de pesos y, de pronto, la pregunta de qué resulta posible ahora mismo dejó de ser tan difícil de contestar. Los dos mayores fabricantes de juegos para videoconsolas (Sony y Microsoft) preparan el lanzamiento de sus propios cascos para 2016.

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