Confiesa Sharapova

Tras un año sancionada y en silencio por un escándalo de dopaje, la estrella del tenis habla por primera vez y en exclusiva mundial de cómo ha logrado sobrevivir al castigo más duro de su vida.

Cuando María Sharapova (Niagan, Rusia, 1987) se topa con un cumpleaños infantil en un parque y ve a los niños jugando, no se enternece. “Pienso: ‘¿Qué es eso?’. Me parece divertido quizá una hora, pero luego me pregunto: ‘¿A dónde les lleva eso en la vida?”. Las opiniones de esta tenista sobre la infancia no son convencionales, pero su propia niñez tampoco lo fue: “No pudo serlo cuando me levantaba a las seis de la mañana para jugar hasta las cuatro de la tarde. No había tiempo”, cuenta con naturalidad, sentada en un café de Manhattan Beach, la agradable playa de surferos a las afueras de Los Ángeles donde reside. Lleva su rubísimo pelo recogido en una coleta y tiene la voz tomada por un constipado traicionero que le preocupa. Después de un año retirada de las canchas por un escándalo que se convirtió en el gran bombazo mediático deportivo de 2016 y que la iba a tener apartada del juego durante dos años, regresa a las canchas. La gran cita es en el Open de Madrid. Y no quiere que nada estropee su regreso.

Atrás queda aquel 7 de marzo de 2016 cuando, vestida con una camisa negra y sin apenas maquillaje, María Sharapova se subió a un atril en una sala de un hotel de Londres con gesto de crispación. “He dado positivo en un test de dopaje después del Open de Australia por consumir Meldonium, un medicamento que tomo desde hace 10 años”, dijo a los periodistas con la voz entrecortada. La noticia fue una conmoción internacional: caía una de las grandes, la entonces número cuatro del mundo. La tenista que con su proporcionadísimo metro ochenta y ocho, su cara angelical y su buen gusto indumentario había sido favorita de los espónsores de la última década.

La prensa daba por terminada su carrera. La Agencia Mundial Antidopaje la obligaba a retirarse del juego durante dos años. Pero los argumentos contra ella no eran solo deportivos. En el tenis, como en todos los deportes que se televisan, la imagen es esencial y las cifras que se mueven en patrocinios, espectaculares: según Forbes, Sharapova ha facturado 300 millones de euros (unos 6,250,000,000 pesos) a lo largo de su carrera. Su éxito comercial llegó a ser tan grande que hasta la Harvard Business School hizo un estudio de caso sobre ella. Ahora, Nike y Tag Heuer le retiraban su apoyo.

Hoy, bajo el sol californiano, tiene el rostro mucho más relajado que aquella mañana en Londres. Vestida con una sudadera Nike roja (que evidencia que el contrato de la firma deportiva vuelve a estar vigente), María Sharapova recuerda aquellos días. Asegura que cuando le llegó la carta de la Federación comunicándole la sanción pensó: “¿Qué pasa? ¿Qué hay diferente ahora, con respecto al año pasado o al anterior? Me habían hecho pruebas cientos de veces y yo no había cambiado nada en mi rutina”. Admite que se puso muy triste cuando se dio cuenta de que, efectivamente, en su sangre habían detectado una sustancia prohibida por la Agencia Antidopaje. El trance inicial fue “muy doloroso”: estaba “herida” y también “muy enfadada”. Pero luego, como siempre ha hecho en su vida, optó por la solución pragmática. “Pensé: ‘Tengo un problema, ¿qué es lo que debo hacer para arreglarlo?’. Y ya está”.

Primero salió a dar aquella célebre rueda de prensa: “No lo hice para intentar que la gente sintiera pena por mí, sino para explicar lo que había pasado”. Luego, recurrió el caso ante el Tribunal de Arbitraje Deportivo. “Solo quería que el tiempo pasara. Sabía que con cada hora, cada día, me sentiría mejor y que las cosas se acabarían resolviendo. Tuve dos juicios. Así que todo sucedió en oleadas: hubo momentos de muchísimo trabajo y otros de mucho esperar”, rememora. En los juicios, su argumento defensivo fue este: el medicamento que le habían detectado en sangre formaba parte de su menú de suplementos desde los 12 años. La sustancia era de uso muy común entre los deportistas de Europa del Este, donde forma parte de la lista de medicamentos esenciales. Ella, decía, la consumía para prevenir lesiones vasculares por recomendación de un médico de Moscú, el doctor Anatoly Skalny, al que su padre la había llevado en los inicios de su carrera. Aunque en 2013 dejó de acudir a la consulta del doctor Skalny, continuó tomando Meldonium sin ningún control médico. Por pura rutina, aseguró. El 1 de enero de 2016, el medicamento pasó a formar parte de la lista de sustancias prohibidas, pero Sharapova sostuvo que no se enteró, pues, según su versión, los emails que le enviaron para comunicárselo no tenían aspecto de advertencia especial. Por lo tanto, sí, era cierto, tomaba Meldonium. Pero su falta no había sido intencionada.

El Tribunal le ha acabado dando la razón: los mensajes que recibió sobre la entrada de la sustancia en la lista de prohibiciones no fueron suficientes y no hubo mala fe en sus actos. Por eso, su suspensión se ha reducido a un año. Por eso, ahora se estrena en Madrid.
—¿Se sintió avergonzada cuando el caso salió a la luz?
—Me podría haber sentido avergonzada si me hubiera sentado y dejado que la gente me pisoteara. Pero tomé las riendas de la situación desde el primer momento y lo gestioné yo todo. Dije: “Esta es mi historia y voy a contarla”.
—Si pudiera volver atrás, ¿qué cambiaría?
Con cierto hartazgo, Sharapova me dice que todo el mundo le formula esa pregunta. “¡Es que no puedo volver atrás!”, se lamenta. Pero acaba concediendo un error: “Carecía de un médico en plantilla a tiempo completo que prestara atención a mis obligaciones antidopaje. Debería haberlo tenido. Pero no era así. Si pudiera volver atrás, eso es lo que cambiaría”.
—¿Sufrió mucho por no poder decir nada públicamente los meses que estuvo suspendida?
—No decir nada a veces es mejor. Sabía que no importaba lo que la gente, la Federación Internacional de Tenis o los periodistas opinaran. Al final yo tendría la última palabra.

*Lee el artículo completo en nuestra edición impresa de abril 2017.