¿Qué está pasando con Lula?

La crisis económica y política de Brasil ha vuelto a brotar y con más fuerza que nunca. ¿Está él en el ojo del huracán?

En Brasil no todo es alegría, no en los últimos años. Desde la famosa portada en The Economist en 2009, titulada “Brazil Take Off” (Brasil despega) a la poca triste “Brazil’s Fall” (La caída de Brasil) en 2016 mucho agua ha corrido bajo el puente. La principal correntada cayó tras la reelección de la presidenta Dilma Rousseff y su caída en picada en los índices de popularidad, ocasionados principalmente por la recesión de la economía (que el último año se contrajo en un 3.8%) y el escándalo de corrupción al interior de la petrolera nacional Petrobras.

A esto se suma un tambaleante desequilibrio político instigado por la oposición al Partido del Trabajo (PT), que desde el congreso se ha opuesto firmemente a casi todas las medidas impulsadas desde la presidencia, y que además ha buscado (y sigue buscando) destituir a Rousseff por medio del impeachment: un proceso del derecho anglosajón mediante el cual se puede someter a juicio a un alto mandatario. De hecho, durante 2015, los titulares brasileños estuvieron copados con la larga telenovela del impeachment a Russeff, del cual logró salir indemne en cuanto a la permanencia en el cargo, pero no en términos políticos: queda más que claro que el actual gobierno se encuentra en una posición débil, y que la citación forzada al ex presidente Luiz Inácio Lula Da Silva —principal dirigente del PT, por el caso de corrupción en Petrobras, podría desestabilizarla.

¿Y qué es lo que ocurrió con Lula? El viernes pasado en las primeras horas del día recibió la visita de un contingente de agentes de la fiscalía y auditores de Hacienda que además de requisar su domicilio lo llevaron a declarar durante tres horas por presunta participación en el escándalo de corrupción de Petrobras, en la cual entre 2004 y 2012 se desviaron unos 10,000 millones de reales (más de 2,000 millones de dólares) y que llevó a la detención de varios funcionarios y al relevo de toda su planta directiva.

La fiscalía en el caso llamado Operación Lava Jato sospecha, según ha anunciado, que Da Silva habría sido “uno de los principales beneficiarios”. Sin embargo, por lo que se lo ha citado es por la reforma de dos casas que frecuentaba el exmandatario, que fueron reformadas por dos constructoras involucradas en el escándalo de Petrobras, así como por haber recibido un departamento de lujo y el pago de conferencias y donaciones al ex presidente.

“Soy víctima de un espectáculo mediático. Si querían oírme solo tenían que haberme llamado y yo habría ido, porque no debo nada a nadie y no temo nada”
, declaró Lula, en conferencia de prensa tras su interrogatorio, visiblemente indignado por lo que se considera un golpe bajo político. Y es que para las elecciones de 2018, el exmandatario era la figura que que habría de suceder a Dilma Rousseff en el PT. Cabe recordar que fue durante su mandato que unos 30 millones de brasileños salieron de la pobreza, un dato no menor cuando se piensa en los índices de popularidad y las posibilidades de obtener una nueva presidencia.

De momento, el interrogatorio ha servido para polarizar a la sociedad brasileña: quienes están del lado de la fiscalía, que ha declarado rotundamente que “Dentro de una República, incluso las personas ilustres y poderosas deben estar sujetas al escrutinio judicial cuando hay fundadas sospechas de actividad criminal, que se apoya, en este caso, en decenas de testimonios y amplias pruebas documentales”, y quienes apoyan a Lula, cuya principal denuncia es que sólo se trata de una maniobra política.