La debilidad de 'El Chapo'

Tras el reciente secuestro de sus hijos (ya liberados) en Puerto Vallarta, Jalisco, se confirmó que en su vida, el amor a su familia, su gusto por el sexo y sus mujeres son su talón de Aquiles.

El flanco más vulnerable de Joaquín Archivaldo Guzmán Loera, mejor conocido como El Chapo, es su corazón. En él están su familia y sus mujeres. Los hijos y las hijas por encima de todo, luego su madre y, al final, sus mujeres (en formato de cónyuges, amantes, acompañantes o hasta el amor platónico por una actriz que interpreta en televisión a la jefa de una banda de narcotraficantes).


Según cifras filtradas por autoridades federales y locales, El Chapo ha procreado al menos 18 hijos con siete parejas, además de las muchas más amantes que han pasado por su vida. La periodista Anabel Hernández sigue la carrera delictiva de Guzmán Loera desde su primera captura en 1993 en el último trecho del gobierno del presidente Carlos Salinas de Gortari. La autora de Los señores del narco (Grijalbo, 2010) me dice en entrevista que el jefe del cártel de Sinaloa tiene en su escala de prioridades a su madre y a sus hijos “por encima” de cualquiera de sus mujeres.


Apenas el 15 de julio pasado, los herederos de su negocio, Jesús Alfredo “El Alfredillo” e Iván Archivaldo “El Chapito” Guzmán Salazar fueron secuestrados por un grupo de hombres armados mientras cenaban en el “minimalista” y muy de moda restaurante La Leche en Puerto Vallarta, Jalisco. Un mes después fueron liberados, en extrañas y poco conocidas condiciones, según informaron familiares de los plagiados al noticiario radiofónico de Denise Maerker. Ninguna autoridad hasta ahora explicó a cabalidad cómo sucedió el rescate de los hijos del Chapo.

En 2005, Iván Archivaldo fue detenido en Zapopan, también en el estado de Jalisco, acusado de lavado de dinero para la organización dirigida por su padre. Una polémica decisión del juez Jesús Guadalupe Luna Altamirano lo dejó en libertad tres años después ante la falta de pruebas para acreditar su culpabilidad.


El asesinato de otro de sus hijos, Édgar Guzmán Salazar —de 23 años—, el 8 de mayo de 2008 en un centro comercial de Culiacán, Sinaloa, sirvió para construir uno de los mitos más sonados en la vida personal de Guzmán Loera. El mismo hijo que meses antes le había dado un nieto. Según me cuenta Diego Enrique Osorno, reportero y cronista que asistió a dicho velorio dos días después de la ejecución, “el féretro donde reposaba el cuerpo del joven hijo del Chapo fue cercado por gigantescas coronas de rosas a lo largo del día”. Su crónica inspiró al cantante de música grupera Lupillo Rivera a componer 50 mil rosas, el corrido en el que menciona explícitamente el nombre de Édgar Guzmán.


La lista de sus familiares convertidos en daños colaterales es basta. Su hermano Arturo Guzmán Loera “El Pollo” fue detenido y encerrado en el penal del Altiplano en 2001, casi ocho meses después de la primera fuga del Chapo. Arturo era jefe de logística del cártel de Sinaloa y ahí, en la cárcel, murió asesinado en el área de locutorios mientras platicaba con su abogado con una pistola que se introdujo de contrabando.

Otro de sus hermanos, Miguel Ángel Guzmán Loera “El Mudo” fue detenido por el Ejército Mexicano en Culiacán en junio de 2005, mientras celebraba los 15 años de su hija. Se le procesó por el trasiego aéreo de drogas y dinero por lo que en agosto de 2008 recibió una sentencia de 13 años de prisión.


Las mujeres en la vida del capo son María Consuelo Loera Pérez, su madre; Alejandrina María Salazar, su primera esposa que legalmente sigue siéndolo hasta hoy; Griselda López Pérez o Karla Pérez Rojo, su segunda mujer; Emma Coronel Aispuro, la última pareja formal que se le conoce. Además, a la lista se suman sus tres hijas: Alejandrina Griselle Guzmán Salazar y las gemelas Joaquina y Emali Guzmán Coronel; y sus hermanas Bernarda y Armida Guzmán Loera.


La madre del capo es una mujer muy religiosa. Junto a su casa, en medio de la pobreza del municipio de Badiraguato, Sinaloa, construyeron una iglesia. “Le dicen ‘hermana Consuelo’. Ella personalmente ayuda a la gente en pobreza. Siempre tiene un taco de frijoles o queso para ofrecer. Es una mujer de fe. Austera y muy humilde que vive cuidando sus magnolias y sus gardenias”, me dice la periodista María Antonieta Collins, al tiempo que recuerda su visita a La Tuna para entrevistar a la madre del capo para la cadena Univisón. En su charla, Consuelo Loera apeló a Dios en varias ocasiones e incluso aseguró que, pese al expediente criminal que pesa contra su hijo, ella sigue siendo solo su mamá.

Pero la admiración que sus coterráneos tienen por la señora Consuelo Loera no fue suficiente para evitar que en junio pasado un comando armado rival irrumpiera y saqueara su casa para enviarle “un mensaje” a Guzmán Loera. Hasta el gobernador de Sinaloa, Mario López Valdez confirmó los hechos y los atribuyó a una diferencia entra bandas rivales.


José Reveles, autor de El Chapo: entrega y traición (Debolsillo, 2014) considera, en entrevista, que “la regla no escrita entre narcotraficantes de respetar a las madres, hijas, hijos, hermanas y hermanos se rompió hace un buen rato”.


Y aunque su madre y sus hijos son la prioridad amorosa del capo, Anabel Hernández reconoce que el preso más célebre del mundo padece casi “una adicción” por las mujeres y que “incluso cuando era más joven tenía que tomar viagra y otros estimulantes sexuales” para satisfacer sus deseos.


Este dicho se hizo patente durante los seis años que estuvo preso en el penal de máxima seguridad de Puente Grande, Jalisco. Malcolm Beith, autor del libro El último narco (Ediciones B, 2011), cuenta que ahí El Chapo y otros de sus colegas presos cerraban el comedor durante un par de horas para mantener relaciones sexuales con mujeres, en su mayoría prostitutas, que eran ingresadas a la cárcel gracias a la supuesta red de complicidades de Guzmán con los guardias.

En entrevista, Beith me aseguró que “El Chapo recibía mujeres regularmente, tanto de dentro como de fuera de Puente Grande. Como que tenía su lado encantador”. En su texto revela que la empleada de cocina Ives Eréndira Arreola fue cortejada por el narcotraficante. Sin importar que se rehusó varias veces, El Chapo “le ofreció su amistad y nada más (…) pero al día siguiente llegó a su casa y encontró un enorme ramo de rosas sin tarjeta personal. Luego, en el penal, el propio Guzmán le preguntó si le habían gustado las flores”.


El Chapo además se daba tiempo para enamorar a una de las internas: Zulema Hernández, expolicía estatal también nacida en Sinaloa. Tras su escape de Puente Grande, los abogados del capo ayudaron a su liberación en 2003. Casi de inmediato se integró a una banda de narcotraficantes de Nezahualcóyotl, Estado de México, donde fue nuevamente capturada y encarcelada por ser el enlace con la lideresa de esa organización criminal, Patricia Buendía, la “MaBaker”. Recuperó su libertad, otra vez, el 31 de mayo de 2006 y fue asesinada casi 19 meses después como un acto de venganza contra Joaquín Guzmán. Las investigaciones arrojaron que fue violada y, aún con vida, marcada con navaja con la letra “Z” en seis ocasiones sobre los glúteos, senos y abdomen.

*Lee el artículo completo en la edición impresa de octubre 2016.