Y así es como llegamos a los tiempos de la antipolítica

Los políticos más famosos son los que dicen mayores barbaridades y el verdadero Parlamento es la televisión.

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Hace exactamente un año Lord Freud, ministro del Estado del Bienestar de Gran Bretaña y nieto del padre del psicoanálisis, decía que el salario mínimo impide que los discapacitados encuentren trabajo. Su teoría era muy sencilla: los empresarios no están dispuestos a pagar las 6,5 libras por hora que marca la ley a personas que no pueden producir para justificar ese precio. Lo lógico, por tanto, sería darles dos. Freud tuvo que pedir disculpas pero continúa siendo ministro. Mientras, Nigel Farage, de la UKIP, partido ultranacionalista de Gran Bretaña que considera que la pertenencia a la UE y los inmigrantes son los culpables de todos los males del país, se consolidaba como una presencia diaria en las televisiones y periódicos de la pérfida Albión representando un personaje folklórico y pintoresco que parecía una parodia de lo british.

A su izquierda, Russell Brand, el famoso cómico y expareja de Katy Perry, publicaba su libro Revolution, en el que propone acabar con “la tiranía de las grandes corporaciones, la irresponsabilidad ecológica y la desigualdad económica” y para ello cree que la mejor solución sería terminar con la nación-Estado, las multinacionales e introducir nociones de espiritualidad en la vida pública. A través de su propio programa de televisión colgado por internet, The Trews, daba crédito a teorías conspirativas que acusan al gobierno de Estados Unidos de montar el 11-S o lideraba una campaña con protestas callejeras para cambiar de arriba a abajo el sistema y llamaba a la abstención electoral masiva. Brand ahí sigue dando guerra, siendo uno de las voces políticas más odiadas, amadas y escuchadas del país.

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En Gran Bretaña conservadores y progresistas se llevaban las manos a la cabeza porque la “antipolítica”, ese fenómeno probablemente nacido en Italia gracias al éxito del humorista Beppe Grillo y su movimiento Cinco Estrellas fundado a finales del siglo pasado, había llegado a la cuna de la democracia en funcionamiento más antigua del mundo. “A izquierda y derecha”, escribía The Guardian, “vemos en nuestro país el éxito de unos políticos que basan todo su discurso en la rabia y la ira”.

La rabia y la ira contra el sistema se han convertido en el caldo de cultivo de una nueva forma de hacer política que beneficia a nuevas figuras con discursos radicales y rupturistas que en un primer momento surgen de la periferia del poder, es decir, no en el Parlamento o en el discurso oficial de los partidos tradicionales sino como oposición a éstos. Partidos y movimientos de nuevo cuño que muchas veces encuentran en la televisión, abonada al espectáculo, su mejor medio además de destacar por su uso intensivo de Internet y las redes sociales. “El verdadero Parlamento no sirve; los verdaderos parlamentos son los platós de televisión”, ha dicho el político español Pablo Iglesias.

El miércoles, el showman Donald Trump volvió a ser el centro de atención del debate de presidenciables republicanos por mucho que sus rivales hayan tratado de ningunearle como forma de despreciarlo. El asesor de Jeb Bush, tras recomendarle que lo obviara, confesaba estos días que si no pasaba al ataque acabaría pareciendo débil. Para pasmo del establishment, el hombre que comienza a hacerle sombra al multimillonario bocazas que se presenta a sí mismo como “antisistema” no es un Bush o un congresista de larga experiencia, sino Ben Carson, un aspirante afroamericano que ha triunfado como cirujano y compara la homosexualidad con el bestialismo, ha dicho que está a favor del uso de drones para combatir la inmigración ilegal y da pábulo a la enseñanza en las escuelas de las teorías creacionistas según las cuales la Tierra es obra de Dios y no del Big Bang.

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Alentada por la crisis económica, la antipolítica se basa en un hecho estadístico que se repite en todas las democracias occidentales: la mayoría de la gente desconfía de los políticos, muchos creen que “todos son iguales” y una parte significativa de la población incluso piensa que la democracia es una estafa porque legitima un sistema en el que siguen mandando los mismos porque las verdaderas decisiones se toman en los centros financieros de forma opaca.

El ascenso de la antipolítica es un fenómeno planetario que comenzó con una característica muy marcada: en los países pobres o con graves dificultades económicas surgían nuevas formaciones de extrema izquierda como Podemos en España o Syriza en Grecia que diez años atrás hubieran sido consideradas radicales y poco relevantes. Y en los países ricos, como sucede con Trump en Estados Unidos, el Frente Nacional en Francia, la UKIP en Gran Bretaña o los nacionalistas daneses, o incluso en Cataluña con el auge del independentismo, triunfa el nacionalismo a ultranza. Una tendencia que el reciente éxito del marxista Jeremy Corbyn al frente del Partido Laborista británico o del socialista Bernie Sanders en las primarias demócratas de Estados Unidos está poniendo en cuestión.

 

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