La Primavera Cubana: un cambio a ritmo de rock

La visita de Obama y el concierto de los Rolling Stones en La Habana marcan una primavera de esperanza, pero los cubanos siguen viviendo en el ostracismo y la carestía.

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Con cinco décadas de retraso, la boca más libidinosa y rockera del mundo besa al pueblo cubano. Es un beso largo, correspondido por cientos de miles de labios carnosos acostumbrados al amor y al desenfreno. La noche abunda en sudor, vahídos y lágrimas de felicidad. La cita tan largamente esperada entre Cuba y los Rolling Stones simboliza para los cubanos mucho más que un concierto histórico: es un encuentro cultural entre dos mundos. Pero la pregunta se impone: ¿Cambiará algo todo esto?

Estoy tirado en el césped. Los muslos caribeños esquivan mi cuerpo. Tras cuatro horas de espera al borde de la insolación en el inmenso campo de beisbol de la Ciudad Deportiva de La Habana, he conseguido acercarme a unos treinta metros del escenario. Todo un logro si tenemos en cuenta que ese escenario es el lugar más anhelado del mundo en este momento. Los presentes sudan desesperados, pero a nadie se le ocurre dejar su hueco libre. Ni para orinar salen del campo de beisbol. Tampoco es que haya ganas de orinar: los intentos de conseguir agua son en balde. No hay tiendas a varios kilómetros a la redonda y cuando las hay, están desabastecidas. “Mira, la parte buena de que no haya agua es que lo que no entra no sale”, bromea Yaris, una amiga mulata de cuello largo y caderas tramposas.

Me rodea un paisaje humano poco corriente en Cuba: coletudos, tatuados, punkis y rockeros de todo tipo; muchos de ellos cincuentones, casi todos blancos o trigueños, pero también algunos negros rastafaris. “Esto es lo más histórico que ha ocurrido a nivel musical en toda nuestra historia”, me cuenta William García, el guitarrista de Arrabio, un grupo de rock hardcore de Trinidad (al sur de Cuba). “Los rockeros hemos estado esperando esto durante muchos años. Ha venido gente de tos laos, a pesar de todo lo que nos han censurado a los rockeros. Nunca habíamos tenido una oportunidad así. Es la fiesta más grande del mundo”.

— Pero una fiesta en la que no se permite el alcohol —le digo.

— Chico, ¿Qué tú crees que tengo en estas botellas? —me responde dándome a probar un ron blanco y pendenciero en botella de plástico.

Por fin baja el sol asesino y comienza la fiesta. Bajo el calor de La Habana, el septuagenario Mick Jagger canta y baila con la locuacidad de los años sesenta, zarandeando las caderas con energía de veinteañero. “Asere, ese viejo se bota de salao”, me dice al oído la mulata Yaris. Como la gran mayoría de los cubanos presentes, ella no es rockera ni experta en los Rolling, pero ha venido “como el que se acerca a ver un huracán”, sabiendo que asistirá a un acontecimiento histórico e irrepetible. Y además gratis, porque —no olvidemos— los más de seis millones de dólares que ha costado este evento han sido financiados por productoras cercanas a la banda. Sudando y al borde del desmayo, Yaris no puede creer que un hombre con setenta años pueda moverse de esa forma.

Pocas veces se ha visto al líder de los Rolling tan entusiasmado con el público. Al poco de comenzar, en un español torpe y agringado Jagger lanza una pregunta de imposible respuesta. “Sabemos que años atrás era difícil escuchar nuestra música, pero aquí estamos tocando para ustedes en su linda tierra. Pienso que los tiempos están cambiando. Es verdad, ¿no?”.

Muchos cubanos asienten. Pero otros tantos gritan un “no” rotundo e incómodo que solo los acordes de la guitarra de Keith Richards aplacan. Es un brevísimo instante de discordia, pero definitorio para entender la división de la Cuba actual, la que exige cambios radicales y la que defiende los logros de un modelo en extinción.

Un lavado de cara necesario

El centro de La Habana se viste de lo que no es en cada esquina. A pesar del destrozo generalizado, aquí parece un cachito de Roma, allá Nueva York, más al fondo Barcelona. Pequeños destellos de lo que esta ciudad pudo ser algún día. De lo que quizás llegue a ser si todo cambia de verdad. En cada esquina hay una historia y una foto extraordinaria: los mulatos descamisados juegan al béisbol ante las fachadas barrocas semiderruidas, en un balcón un negro gordo fuma un puro, en otro una mulata hermosa riega las plantas, en el portal dos viejos beben ron y juegan al ajedrez a gritos.

La prensa occidental habla de cambio y destaca la afluencia de nuevos negocios de hostelería en el casco histórico (restaurantes gourmet que casi nunca son lo que prometen), pero se trata más bien de retoques superficiales, un lavado de cara insuficiente y que no se centra en las necesidades básicas del pueblo. En los barrios aún impera la carestía, no hay tiendas, ni farmacias, ni transporte. Nada. La desidia y el ostracismo reinan en gran parte de la capital. También la burocracia corrupta y disfuncional. “¡No se puede porque lo digo yo!”, despotrican los funcionarios corruptos en bancos, hoteles y líneas aéreas.

Las nuevas costumbres occidentales se imponen para bien y para mal: ya no hay tantas jineteras, ni cubanos pidiendo dinero o haciéndose los simpáticos, pero también se está perdiendo la tradición musical. “Ya nadie de 25 años sabe bailar salsa”, me cuenta Yaris. “Ahora se llevan las discotecas de reggaetón y tecno”. Y noche a noche descubro apenado que tiene toda la razón.

Lo que sí se conserva es el gusto de hablar por los codos. En la calle se debate sin parar de Obama, de los Rolling, de Fidel y de los años sesenta, la década en la que los melenudos de Jagger se convirtieron en profetas del exceso y el libertinaje; los mismos años en los que otros jóvenes barbones y desaliñados como estrellas de rock —Castro, Guevara, Cienfuegos— encendieron la ilusión lírica de la izquierda del mundo entero. “Esos eran más guapos que Jagger”, afirma Yaris ante varios gestos de aprobación.

“En los años sesenta sólo los Beatles consiguieron filtrarse por un tiempo, pero a los Rolling no les conocía casi nadie acá”, me cuenta el pianista de jazz Ernán López Nussa, uno de los músicos más respetados en la isla. “Eso explica por qué los cubanos somos más de Lennon que de Jagger, pero sea como sea, la visita de los Rolling es tan histórica como la de Obama. El cambio se ve venir, pero no olvidemos que los cubanos que vivimos bien somos una minoría, una burbuja. El sueldo promedio aquí rara vez alcanza los veinte CUCs mensuales (equivalente de veinte dólares). Y eso no da ni pa comer en un restaurante”.

Su esposa, la escritora Wendy Guerra, parece más entusiasmada y optimista a pesar de que sus libros (publicados en la española Anagrama) aún siguen sin publicarse en su país. “Cuando era pequeña me enseñaban a disparar con una metralleta por si nos invadían los yanquis”, me cuenta, “y ahora recibimos a Obama como a una figura épica. Es alucinante”.

No exagera. Durante semanas el rostro mestizo de Obama se exhibe en los carteles de la ciudad bajo el lema Welcome to Cuba. Al presidente muchos cubanos lo han bautizado de broma "San Obama". “Por él han asfaltado muchas calles, han pintado muchas fachadas, han quitado mucha peste”, me cuenta Reynaldo, un trabajador del céntrico Hotel Inglaterra, aledaño al Capitolio.

La cultura y la economía se abren, pero falta mucho por hacer. Los turistas de siempre —esos que recomiendan visitar Cuba antes de que muera Fidel, como si tras su muerte la isla fuera a hundirse como una colchoneta hinchable— pueden estar tranquilos: La Habana sigue pareciendo un lugar detenido en el tiempo, a caballo entre España y África, con grandes cadillacs de los años cincuenta y un olor a gasolina quemada, a guayaba fermentada y a fluidos corporales. Hedonismo y suciedad en estado puro.

La primavera cubana

Tras dos horas de concierto, la palabra que quedó flotando entre las partículas húmedas de la Ciudad Deportiva habanera fue “satisfacción”. O mejor dicho: “Sa-tis-fe-cho”, porque así cantaban los cubanos —con una mezcla de sorna y mal inglés— el tema más famoso de la banda británica.

Las larguísimas esperas bajo el sol y el calor habían merecido la pena. La mítica boina del Che no podía faltar: Jagger se la colocó de frente en el tramo final, como queriendo decir que le gusta, pero a su manera. El ron y el tequila (prohibidos por el Gobierno puritano) empezaron a surgir en botellas de plástico y a saltar de mano en mano y de boca en boca; porque en Cuba todo son bocas, labios carnosos y lenguas anhelantes como la de los Rolling. “¿Si no, pa qué vivimos?”, exclama Yaris, que no ha dejado de bailar en todo el concierto.

Nadie sabe qué pasará cuando muera Fidel y Raúl y nadie prevé que este último acelere las cosas con respecto a Estados Unidos. “Yo creo que deben hacerse lentas”, opina el escritor Pedro Juan Gutiérrez (Trilogía sucia de La Habana). “Todos los conflictos que hemos tenido durante 50 años no se pueden resolver ahora en una semana. Yo creo que necesitamos diez años. Si regresas por entonces verás cambios aún más interesantes”.

Solo hay una certeza compartida, en el futuro, todo el mundo recordará estas semanas de primavera habanera en las que Cuba movió ficha a ritmo de rock. Y se sintió satisfecha.

—Y tú, ¿estás satisfecha?— le pregunto a Yaris después del concierto, en un bar de La Habana Vieja. Va a hablar pero no le da tiempo. De pronto, un apagón funde la luz de toda la calle. Sus ojos se encienden cuando el camarero coloca una velita en la mesa. La silueta de sus labios rellenos brilla en el contorno parpadeante de la vela. Hace una mueca, saca la lengua emulando el icono de los Rolling y apaga la llama de un soplido.

—Así oscurito se está mucho mejor.