¿Qué va a pasar con el Corredor Cultural Chapultepec?

Este domingo se realizan las votaciones que determinan el sentir de los ciudadanos respecto al proyecto, pero ¿realmente representa un cambio en los planes?

Hay que admitirlo: el mayor encanto de la avenida Chapultepec reside en su pasado. Su nombre, potente, enorme, sonoro, teletransporta al pasado en que esta calzada prehispánica era transitada por los antiguos habitantes del Valle de México. Los Arcos de Sevilla, esos últimos restos conservados del magnífico acueducto colonial, dotan a un trocito de varios metros de la avenida de un encanto disonante: como estar frente a un monumento de la antigüedad entre camiones que expulsan humo, microbuseros kamikazes, conductores estresados intentando pasar de un lado a otro. Porque sí, también hay que decirlo: Chapultepec es una avenida conflictiva, a menudo saturada de tráfico, rodeada por camellones insípidos en los que apenas crece un poco de pasto, y que en los días más aciagos para la calidad del aire podrían funcionar como escenografía de una distopía al estilo de Mad Max.

Y, aunque es evidente que es una zona urbana que requiere un replanteamiento de estructura y movilidad, la propuesta de convertirla en un espacio privado con el Corredor Cultural Chapultepec comprende todo un análisis ético, urbanístico y estético.

Lo que en realidad está en el corazón de la discusión es el tema de la apropiación. Esta palabrita, que ha ganado tanto respeto y adeptos entre artistas e intelectuales, se refiere a la utilización de algo ajeno en una obra como cita al autor del original (aun cuando no se lo cite textualmente o se mencione su nombre), y que se distancia del mero plagio precisamente por usar la obra apropiada de forma bastante explícita.

En el caso de Chapultepec, se producen dos apropiaciones (en el sentido que le dan los artistas contemporáneos a esa palabra): la primera y más evidente es del espacio público. La última frontera de los bienes raíces, que ha demostrado ser un negocio imbatible, a pesar de las decenas de burbujas que han explotado en el mundo, es el uso del espacio público con fines privados, so pretexto de darle un uso público. A diferencia del rescate del espacio público, que es responsabilidad de los gobiernos (para eso se cobran impuestos a los ciudadanos), en la apropiación e inversión del espacio público en manos privadas ocurre lo contrario. Se cede una parte que pertenece a la ciudadanía para usufructo de un grupo.

Por supuesto, donde más enfatiza el gobierno sobre la conveniencia de construir el CCChapultepec es en el hecho de que no le costará un peso a la hacienda pública: pero quizá habría que preguntarse si esa hacienda no existe precisamente para dar ese tipo de soluciones a la ciudadanía.

La segunda apropiación tiene que ver con el término “cultural”. Así como a lo largo de los años la televisión ha convertido la palabra “artista” en eufemismo de presentador de televisión, cantante de pop, actor de telenovela, etc., ahora “cultural” se transforma bajo el nombre del CCChapultepec en un disfraz para actividades recreativas: cine, talleres, etc. Y aunque parecería ocioso incluir esto en el análisis, resulta importante, dado que es precisamente la elección de lo “cultural” lo que intenta legitimar un proyecto que, para no ir más lejos, es netamente comercial, y que además, según urbanistas y arquitectos que han alzado sus voces en contra, no deja de presentar considerables falencias de planeación urbana que podrían convertir a la caótica avenida Chapultepec en algo aún más complicado para el ciudadano que deba lidiar con ella.

¿Y si los votos de hoy son mayoritariamente negativos, qué ocurrirá? Al parecer, la consulta tiene una función más bien de conocimiento de la opinión pública, por lo que el proyecto seguiría adelante. Aún debemos esperar unas horas, pero al parecer los más de mil millones de pesos que costará el proyecto a INVEX –grupo financiero que correrá con los gastos— están ardiendo de impaciencia, y es de pésimo gusto quemar el dinero.