Los hombres desnudos también venden, y Hollywood lo sabe

Desde Brad Pitt hasta Chris Pratt, la lista de actores que han rentabilizado su carrera a golpe de torso es larga.

Las declaraciones de Chris Pratt celebrando ser un hombre objeto han naturalizado la tendencia actual a asumir que los chicos tienen que estar buenos para ser populares. Nick Jonas o Adam Levine explotan su físico en sesiones de fotos prácticamente pornográficas que los hacen tan famosos como su trabajo. Esta sexualización del hombre no era tan obvia en los 90, pero estaba empezando a gestarse, creando los mitos eróticos de las ahora mujeres que pagan la entrada de Magic Mike XXL como una declaración de intenciones, y quizá hasta una cínica propuesta de igualdad entre sexos. En concreto, Deadline.com ha estimado que un 96% de las entradas vendidas son a mujeres. Nadie ha calculado si el otro 4% son gays, quizá porque no hace falta.

El primer hombre objeto de Hollywood tardó 96 años en llegar. Y no es casualidad que estuviese interpretado por Brad Pitt. Thelma y Louise era una película para mujeres, y el único papel que tenía ahí Brad era estar bueno y enseñarnos lo flemática que era Thelma. En su escena de sexo, la cámara de Ridley Scott recorría el torso de Brad sin disimulo, en un gratuito plano recreado mil veces.

El personaje de Brad Pitt, J.D. (típico nombre que solo puede causar problemas), era la inversión del mito de la mujer fatal. Esa pécora que utilizaba el sexo como arma para hacer caer al héroe, doblegando sus, en teoría, incorruptibles valores morales, era ahora un cowboy de carretera con mucho desparpajo y muy poca vergüenza. J.D. pertenecía al colectivo del “hombre blanco opresor” que en esta película, quizá por primera vez en el cine comercial americano, no era el protagonista del relato sino un villano deshumanizado.

El de Thelma y Louise fue un guión visionario, y no solo por inventar la selfie, sino por plantear el feminismo como algo natural e intrínseco para contar una historia. Era reivindicativa, sí, pero de forma colateral. J.D. suponía un punto y aparte en Hollywood: ahora el James Dean/Robert Redford de turno es un juguete para el deleite visual de las mujeres, que también van al cine y también pagan su entrada.

La publicidad reaccionó más rápido que el cine y se dio cuenta de que el erotismo también podía ser reclamo para las mujeres, mercantilizando pectorales con campañas tan míticas como la del obrero de Coca-Cola Light y las oficinistas cachondas (de tal impacto que la compañía tuvo que sacar la Coca-Cola Zero para que los hombres sintiesen que tenían una opción sin azúcar para ellos) o el trasero de Mark Vanderloo en el Peugot 106. Hasta Aerosmith sentenció que las chicas también sabían lo que querían en aquel videoclip, Crazy, en el que Liv Tyler y Alicia Silverstone vacilaban a un granjero en un tractor con demasiada facilidad para quedarse en pelotas. Ellas habían visto Thelma y Louise y no se iban a dejar estafar por ningún trasero bonito.

Hollywood volvió a flirtear con la objetificación del hombre en Coyote Ugly, como si fuese un secreto, al fin y al cabo ningún hombre iba a ir a verla. Adam García se desnudaba encima de la barra del bar ante docenas de clientas que aullaban como ejecutivos salidos. La guerra de sexos llegaba a un empate técnico durante 4 minutos. Como aquel plano en el que Ryan Phillippe se quitaba la camiseta para entrar al Studio 54, con un hambre de fama tradicionalmente asociado a las chicas.

¿Cuál fue el primer blockbuster que explotó el físico de los hombres? Pues todos los caminos conducen a Troya. Era una charcutería de maromos disfrazada de epopeya mitológica que dio lugar a docenas de artículos sobre bíceps y tríceps, pero ningún artículo sobre Patroclo. Troya descubrió una nueva fuente de ingresos para el cine: los torsos.
 

Hollywood quería hacer épica, pero también quería cubrir todo el mercado posible. ¿Cómo atraer a las chicas a una película basada en espadas, honor y mujeres que no hablan? La combinación Eric Bana - Brad Pitt - Orlando Bloom era como un buffet libre para todos los gustos, con diferentes volúmenes de pectorales y diferente distribución del vello corporal. En concreto Brad Pitt (no es casualidad que reaparezca en el artículo) lucía unos abductores tan inhumanamente irreales como sus mechas doradas. El negocio fue redondo, aunque es cierto que espantó a parte del público masculino potencial. ¿Era aquella épica demasiado bonita para ellos?

Puede resultar ofensivamente superficial que Hollywood prefiriese atraer al público femenino con hombres desnudos en lugar de con una Helena de Troya con carácter y opinión respecto a lo que se está causando por culpa de lo guapa que es. Diane Kruger y Rose Byrne han demostrado después ser actrices con agallas, pero en Troya no eran más que Barbies con túnicas cuya belleza silenciosa llevaba a la destrucción de la civilización. Claro que tampoco cabe esperar feminismo en el siglo XII a.C.

La veda estaba abierta y llegó la escena que mejor representa el trato del hombre en el cine del siglo XXI: Daniel Craig saliendo del agua en Casino Royale prácticamente en tanga. Hasta James Bond podía ser un hombre objeto. James Bond, ese tipo que llevaba décadas tratando a las mujeres como muñecas hinchables histéricas. Ese héroe que se pasó 40 años haciéndolo todo con smoking ahora era ahora un animal de gimnasio exhibicionista. Roger Moore habría ido en bermudas.
 

Hasta Grey’s Anatomy regala a sus espectadoras desnudos gratuitos mientras la objetificación sexual de la mujer se considera una horterada casposa de mal gusto. El machismo noventero que retrata El lobo de Wall Street, visto ahora, nos resulta marciano. ¿Cuán diferente sería hoy el reparto de Lost? ¿Cómo ridiculizaríamos un Batman como el escuchimizado de Michael Keaton?


Ahora la escala es diferente. Ashton Kutcher supo que necesitaba compensar su ausencia de talento y ha basado su carrera en representar un objeto sexual tonto de usar y tirar. Zac Efron también lo sabe y directamente se pasa la vida en pelotas, de una forma tan gratuita como efectiva: sus fotos paseándose en paños menores son lo que le mantienen como estrella relevante y como hombre, alejándolo de su enclenque perfil de chico Disney. Del mismo modo, a Ryan Gosling se le fue exigiendo que esté en forma hasta para comedias ordinarias como Crazy, stupid love.

La saga Crepúsculo, en la que Taylor Lautner se convirtió en el paradigma de trabajar sin camiseta, llevó los pectorales al imaginario colectivo de las adolescentes, y hasta le pintó abdominales al enclenque de Robert Pattinson. Ahora esas adolescentes han crecido y provocan que Michael Fassbender explote su erotismo constantemente. Hoy hasta un señor respetable como Kenneth Branagh reduce al príncipe de Cenicienta a un Ken que se pasa la película sonriendo, sin abrir la boca y dando saltitos en mallas, que por cierto le quedan muy, muy estrechas.