China, el país que se ha convertido en una enorme y densa nube gris

Apenas 1% de la población urbana respira aire suficientemente limpio como para considerarse seguro.

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Es extraño pensar que China, bajo un régimen comunista, se haya convertido —gracias a la conversión de muchas de sus políticas económicas— en uno de los países capitalistas con uno de los índices más veloces y sostenidos de crecimiento. En un par de décadas los campesinos —siempre olvidados en todas partes— comenzaron a migrar a las ciudades que crecieron al ritmo de una segunda oleada de revolución industrial incitada por las demandas de un mercado interno y externo deseoso de crecimiento y consumo. Ni siquiera la tremenda crisis de 2008 fue suficiente para detener al siempre llamado “Gigante Asiático” (por algo será), cuyo efecto fue el de un fuerte temblor, pero no lo suficientemente poderoso como para causar el tsunami que derrumbó, hasta el día de hoy, a varios países entonces estables.

Para 2011, China ya había superado a Japón, siendo de los países que más pronto se recuperaron del porrazo. Y, sin dar más vueltas en esta historia, hoy es la segunda economía más grande del mundo, superada sólo por Estados Unidos. Claro, todo eso trajo emparejado un consumo brutal energético y sus consecuentes efectos medioambientales.

Al día de hoy, este enorme y populoso país sólo puede jactarse de que apenas 1% de la población urbana respira un aire suficientemente limpio como para resultar seguro (según los estándares de la Unión Europea), unos 500 millones de habitantes carecen de agua potable y el cáncer y otras enfermedades derivadas de la contaminación ambiental se encuentran entre las principales causas de muerte.

¿Y ahora cómo arreglamos el mundo?

La fuerte industrialización del país, que le ha traído tanta bonanza (sumada a otros factores, como la baja cotización de su divisa, que vuelve competitivas las exportaciones) tiene un elevado costo energético–, principalmente producido por el carbón: se calcula que en las fábricas de acero el consumo energético es 20% mayor que el promedio mundial, mientras que en las plantas de cemento se usa 45% más. El agua en el país corre con similar (mala) suerte, ya que la industria china utiliza entre 4 y 10 veces más agua por unidad de producción que el promedio de los países industrializados a nivel global, según el Banco Mundial, y de acuerdo también con éste, el 95% de los edificios no cumple siquiera las normas de eficiencia energética que el mismo gobierno chino ha impuesto.

Quizá viendo las noticias exclamaríamos “pobre gente”, pero la contaminación ambiental, como su nombre lo sugiere, no es algo que quede sujeto a los límites políticos de un país. Así, la lluvia ácida producida por el dióxido de sulfuro y el óxido de nitrógeno de las muchísimas plantas alimentadas con carbón alcanza los territorios de Corea del Sur y partes de Japón, y la polución por partículas en el aire viaja por los aires oceánicos hasta llegar como un vacacionista a la costa de Los Ángeles, California. Digamos, no es lo ideal.

¿Puede China revertir sus escandalosos niveles de contaminación sin afectar su tasa de crecimiento económica y su producción? Oh, debate de debates. Precisamente, en la COP21 que tuvo lugar a finales de 2015 en París, el drama ambiental chino ocupó un lugar de honor. Revertir los daños ocasionados es una meta difícil. Sin embargo, resulta aún más complicado detener la producción que la origina.

Y es que el tema es complejo dado que, para empezar, el gobierno se rehúsa a utilizar políticas e impuestos a la producción de contaminantes, algo que ha sido muy beneficioso en los países de la Unión Europea y que sin embargo en China atentaría contra las industrias que se ubican en el país, debido a lo económico de los costos en electricidad, combustible y agua, y también a la laxitud con la que se realizan localmente los controles ambientales y el cumplimiento de las leyes emitidas en la capital con respecto al cierre de minerías de carbón contaminantes, entre otras.

Sin embargo, el crecimiento económico y su gemelo malvado, la contaminación, no pueden mantenerse de forma ininterrumpida por mucho tiempo: el gobierno sabe bien que los altos niveles de contaminación pueden causar sequías y la consecuente pérdida de tierras cultivables, a lo que se suman la necesidad de importar petróleo y otras fuentes energéticas (debido al desabasto) y el costo de la salud pública.

El huevo o la gallina
¿Qué ocurrirá entonces, tomando en cuenta que la mayoría de esas fábricas contaminantes llenan las estanterías de las tiendas y supermercados en todo el mundo con productos baratísimos, sin contar con el hecho de que muchos de esos fabricantes son en realidad empresas subcontratadas por industrias americanas y europeas? El efecto económico tampoco se queda dentro de los límites de China.

Y es que, como otros países en pleno desarrollo, China ha protestado por los intentos de reducir o controlar sus emisiones de dióxido de carbono con el argumento muy repetido en el COP21 de que fueron los países ahora ricos los que crearon el calentamiento global durante más de medio siglo de desarrollo industrial y que no es justo imponer esas medidas a los que van camino a serlo. Sin embargo, los niveles de contaminación alcanzados por China en su búsqueda de riqueza superan por mucho a los que han tolerado las poblaciones de los países desarrollados en su camino al crecimiento.

Si bien en el COP21 se hicieron los arreglos que se pudo para acordar una disminución en la producción de gases de efecto invernadero a nivel global (a partir de, hay que decirlo, 2025), China mantiene sus cifras de producción de dióxido carbono muy por debajo de las estimadas por las agencias ambientales europeas y otroas instituciones, y eso dificulta aún más el tema. Y por más cercano que sea el 2025 y por más veloz que nos parezca que corre el tiempo, el desastre ambiental quizás no vaya a esperar. ¿Hará algo, aún en 2025, Beijing para impedirlo?