Adiós, Ingrid Sischy

Tenía amigos poderosos, una carrera apabullante y el talento de estar siempre en primera fila…

Hablé con Ingrid Sischy pocas semanas antes de su muerte. Ingrid, como saben, era junto con Sandra Brant nuestra editora internacional, una especie de satélite que orbitaba por el espacio exterior y volvía a casa con entrevistas tan impactantes y conmovedoras como la de John Galliano pero también con anécdotas, con historias, con detalles, sobre Miuccia, Elton, Catherine. Nombres a los que nunca añadía apellidos porque además de estrellas eran sus amigos. Charlamos ese día de posibles reportajes para Vanity Fair México: Alejandro, Salma, propuso. “¿Y qué hay de Guillermo?”... Colgué una hora después con una lista de proyectos, nombres, estrenos pendientes y planes para los próximos meses. Agotada por su entusiasmo. No sabía que estaba enferma. Lo siguiente fue la noticia de su fallecimiento en un hospital de Nueva York.

Tenía sin duda contactos apabullantes, amigos poderosos, una carrera y una reputación asombrosas y el talento de sentarse siempre en primera fila fuera cual fuera el espectáculo. Pero la verdad es que, de todas las historias que contaba Ingrid, a mí la que más me gustaba era la suya. Ingrid había sido durante casi veinte años directora de la mítica Interview, la revista que fundó Andy Warhol y que compraron Ted y su mujer Sandra Brant en 1987. Supongo que no debe de ser fácil ponerse al frente de una publicación que se consideraba “la bola de cristal del pop”, teniendo en cuenta que el pop es eso que se fundamenta en que lo que hoy nos encanta, mañana nos aburre, y quien hoy adoramos en portada puede ser una mañana una cara vagamente familiar o un nombre en un titular de la sección de sucesos. Echo un vistazo al archivo de su Interview y veo a una jovencísima Madonna en portada, entrevistada por Ingrid. El titular. “Por qué debemos ser libres”.

Ingrid y Sandra Brant se convirtieron en pareja. Durante 25 años vivieron y trabajaron juntas. He leído que se casaron unos días antes de su muerte. Nos veíamos un par de veces al año, en París o en Milán, durante la semana de la moda para hablar de trabajo. Terminábamos charlando las tres sobre los desfiles que acabábamos de ver, sobre Hillary Clinton, el matrimonio homosexual en España o los hijos de Elton John. Ingrid se había construido una vida fascinante pero creo que era, sobre todo y ante todo, una escritora. Y, como requiere el verdadero talento para contar las vidas de los demás, dibujaba con pinceladas certeras y sutiles. Con distancia pero con matices. Con curiosidad y con paciencia. Con ironía y con compasión.

Siempre me pareció que consideraba la debilidad tan valiosa y tan reveladora como el éxito. Manejaba con soltura las claves de la industria pero no creo que las tomara nunca demasiado en serio. Tenía las dos cualidades fundamentales de los grandes entrevistadores: escuchaba como si lo que lo que estaba contando su interlocutor fuera la historia más asombrosa del mundo y contaba como si su relato estuviera construido por y para el que tenía enfrente. Al final, nuestras charlas casi siempre terminaban con una anécdota y una carcajada. “Oh, los famosos —concluía Ingrid— son como niños, necesitan que les digan que no de vez en cuando”.