Vistámonos por los pies

"Póngase ropa de su talla, no sobrevalore su potencial y distíngase con una nota de color. Pero, por Dios, nunca todo a la vez"

Construyeron sus discursos en épocas y lugares distintos, pero, vistas con perspectiva, las concepciones de elegancia de Cristóbal Balenciaga (“Elegancia es eliminación”) y de Karl Lagerfeld (“La elegancia es una cualidad física. Si una mujer no la tiene desnuda, no la tendrá vestida”) son tan simétricas que cuesta rebatirlas. ¿Existe alguien más elegante que James Dean apoyado en una pared, con el cigarro entre los dedos, camiseta blanca, tejanos, bomber y cara de “voy a vivir eternamente”? Puede que usted tenga otro ideal en mente, pero, para mí, el look perfecto es el que se adapta a la situación. Y no creo que haya uno mejor para apoyarse en una pared de los años cincuenta que el que acabo de relatarles. Luego está la cuestión de los atributos individuales y la diferencia entre ser guapo y bello, pero eso mejor lo tratamos otro día.

Si me permiten, de lo que hemos venido a hablar en este número es de moda y de cómo lo que vestimos nos define. Me recuerdo caminando por las calles de Madrid a principios de la década, pensando para mis adentros si alguien con medidas ajenas al canon podía ser Hombre GQ de la Semana. Mi conclusión fue que sí, que un Hombre GQ (epítome corpóreo de nuestra revista masculina hermana) podía ser un relativo desastre en su interfaz externa si los atributos internos lo revelaban como líder de opinión o referente en algún terreno concreto, pero que la elegancia era otra cosa. Fue entonces cuando me quité varios prejuicios esnob de la cabeza y aprendí a disociar forma de fondo y a valorar con aplauso extra cuando ambas cualidades convivían en la misma persona.

También hace tiempo una amiga que trabaja en una importante revista de moda femenina revisó mi armario y dijo que necesitaba llevar a cabo una seria purga. A pesar de que las prendas que había acumulado a lo largo de las últimas temporadas parecían buenas compras si se analizaban una por una, como conjunto resultaban un desastre (“desastre” es un eufemismo que cabe mejor aquí, porque el término técnico que empleó les escandalizaría). No bastaba con tener la materia prima, y desde luego no valía cualquier materia prima; el toque de distinción pasaba por un cierto riesgo. Así, una gorra de béisbol puede redondear el look de fin de semana de Ryan Gosling y llevarme a mí a las compuertas del sinhogarismo. “La moda no trata de etiquetas ni de marcas. Trata de algo más que llega desde el interior”, sentenció Ralph Lauren en cierta ocasión. ¿Intentaba mi amiga decirme que estaba muerto por dentro?
Para la elaboración de algo tan frívolo y divertido como los rankings semanales de mejor y peor vestidos —extrapolables a una lista anual como la que publicamos en nuestras páginas— hay que fijarse en una premisa muy simple: quién parece que naciera vistiendo los outfits que le aplaudimos y quién, un intruso disfrazado. Los segundos merecen pulgar hacia abajo y mejor suerte la próxima vez. Con los primeros querría yo montar mi ejército.

La razón por la que hoy los ganadores de los más elegantes suelen ser estrellas de Hollywood es porque, alcanzado cierto estatus en la meca del cine, se hace impensable no contar con un estilista que busque al diseñador que mejor se adecua o que sepa alternar los dos o tres más afines para llevar en cada photocall. Tenemos así a Emma Stone, Emma Watson o Eiza González, next big things mucho más cerca del presente que del futuro, peleando por podios que en otros tiempos pertenecieron a Coco Chanel y a las princesas del ancho mundo. La aristocracia estadounidense se encuentra actualmente en las alfombras rojas.

Belleza y guapura, bien vestir y elegancia, charme y apostura... Espero hayan quedado bien diferenciados con la perorata previa. Si de lo que se trata ahora es de dar un consejo que sirva de norma universal, a pesar de que Anna Wintour insista en que no funcionan (“O sabes de moda o no sabes”), el mío sería: póngase ropa de su talla, no sobrevalore su potencial y distíngase con una nota de color. En el caso de los hombres, nuestras algarabías procederán de una corbata audaz (sin pasarnos), de los calcetines (aquí podemos incluso pasarnos) o de esos gemelos de Star Wars que guardamos en el fondo del cajón. Pero, por Dios, nunca todo a la vez. Hay que evitar el efecto espantapájaros.