La princesa más frágil del mundo

Heroína y víctima, el accidente de Lady Di marcó un antes y un después en la cultura popular.

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Recuerdo que el día que murió Lady Di me encontraba apurando las penúltimas vacaciones de mi adolescencia. La mañana de aquel domingo me planté somnoliento frente a la televisión de mis abuelos, en cuya casa solía veranear, y ya no me despegaría de ella en todo el día. Para explicar la noticia, el dato puro se alternaba en bucle con multitud de voces autorizadas opinando sobre la tragedia y haciendo saltar por los aires la parrilla prevista. Acababa de morir Lady Di y su réquiem debía estar a la altura del personaje. Veinte años después, ajenos por fin a las prisas y a las leyendas urbanas, nos hemos puesto como objetivo en Vanity Fair arrojar algo de luz reposada al respecto.

El motivo por el que casi todos somos capaces de rememorar lo que andábamos haciendo aquella fecha (o el 9-11) tiene que ver con los procesos de trauma. Todos los demás óbitos e hitos acaecidos en el último cuarto de siglo han afectado a una generalidad mucho menos universal. 

“Los hechos de mayor afinidad o identidad por causas económicas, culturales o geográficas son aquellos con los que acabamos estableciendo una conexión histórica”, me confirma Miriam González, coordinadora del grupo de emergencias del Colegio de Psicólogos de Madrid. Enseñan también en la facultad de Periodismo que los dramas de más impacto para nuestra audiencia tendrán siempre que ver con motivos de número de víctimas o de cercanía, primando normalmente esto último. Por extraño, raro e inhumano que parezca, nuestras sinapsis neuronales hacen que nos afecte más la odisea de un perro atascado en el ascensor de nuestro vecindario que un atentado del ISIS en Oriente Próximo con 70 víctimas mortales.

Ese perro está en nuestro día a día y es “familia”, como los Simpson. Y Diana campaba a diario en el principal electrodoméstico de nuestra sala comedor. Heroína y víctima, protagonizó una larga historia de amor y odio. Toda su vida fue mito y leyenda del comportamiento amoroso. Y su muerte (hoy, la resaca de esta) también fue leyenda. Vivió como una estrella del rock, pero afín a todos los gustos y longitudes de onda. Y por ello su desaparición resulta incluso más icónica que la de Michael Jackson. “Además, todo se desencadenó con un accidente, al que todos estamos expuestos y con el que todos nos podemos reconocer”, incide la psicóloga.

Porque fue “familia” nuestra, buena y mala, triste y feliz, humillada y humilladora —a veces todo en una misma semana— y absolutamente omnipresente a pesar de vivir en la era pre-Internet, dudamos hasta el último momento si hacía falta escribir su nombre en la portada de este número homenaje en el que hemos contado con las mejores firmas del periodismo para recrear la evolución de la princesa de princesas y su semiótica. La única razón por la que finalmente hemos nombrado a Diana es por si nos invadían los extraterrestres en agosto; y los extraterrestres, por supuesto, están más que invitados a leer Vanity Fair.

Especial atención nos merecen los que proceden de una galaxia muy muy lejana. Sirva el reportaje fotográfico de Star Wars VIII, firmado por Annie Leibovitz, para despedir con honores a Leia, otra princesa infinita.