Bélgica, la incubadora del terrorismo islámico

¿Por qué la capital política de Europa se ha convertido en un santuario del terror?

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El mismo mundo que hace cinco meses proclamó Je suis Paris (como homenaje a los ataques terroristas que perpetró el grupo terrorista Estado Islámico en la capital francesa) hoy se viste de negro, amarillo y rojo. La torre Eiffel, el World Trade Center y la Puerta de Brandeburgo proyectan los colores de la bandera de Bélgica y la imagen de Tintín, el personaje de historieta de origen belga, inunda las redes sociales como símbolo del atentado doble que silenció al país el 22 de marzo.


Mientras tanto, en el lugar de los hechos, la reciente llegada de la primavera parece una ilusión del pasado y en su lugar, los tres días de luto nacional que decretó el gobierno belga se imponen con fuerza. Las escuelas están abiertas, pero sus alumnos permanecerán encerrados en los establecimientos hasta el final de la jornada. Los teatros suspendieron sus representaciones: ya hay suficiente surrealismo y drama en las calles. Solo algunas de las líneas del metro están abiertas y la parada de Maalbeek, el suburbio en donde ocurrió uno de los atentados, permanece totalmente cerrada, al igual que el aeropuerto. Hasta los cielos belgas resienten la pérdida y la tragedia del día anterior.

Son los días más difíciles que ha vivido Bélgica desde la segunda guerra mundial y las banderas a media asta en todos los edificios oficiales del país se lo recuerdan a sus transeúntes. Como si no fuera suficiente el pánico y la incertidumbre que los invade luego de que una treintena de sus compatriotas muriera en manos del terrorismo. Estado Islámico hizo de nuevo de las suyas, pero esta vez no sorprendió. Actuó en el país en donde cuatro días antes fue detenido Salah Abbdeslam, uno de los sospechosos de los ataques de noviembre en París.

Las dos explosiones que sacudieron al aeropuerto de Zaventem en Bruselas y la que hizo temblar a la estación de metro de Molenbeek poco tiempo después, confirmaron lo que se temía desde los atentados en Francia: que Bélgica es el punto de ebullición del terrorismo islámico en Europa. Una sospecha que se hizo más latente el pasado 15 de marzo en un operativo antiterrorista en Forest, en el Suroeste de ese país. La policía registró una casa de esa localidad como parte de la investigación de los atentados de París esperando encontrarla vacía. En su lugar, se toparon con varios miembros de Estado Islámico, un fusil de asalto kalashnikov, un libro sobre salafismo y una bandera del Estado Islámico. Cuatro policías resultaron heridos en el operativo. “Nos lo temíamos y pasó”, reconoció el primer ministro belga Charles Michel después de los ataques. Pero, ¿por qué se esperaban un atentado de esta calibre en la capital de Europa?

1. Molenbeek: cuna del extremismo
Fue en Molenbeek, un municipio pobre y marginado de Bélgica con una gran población musulmana, donde se cree que Abdelhamid Abaaoud, el hijo de un comerciante de Marruecos, planeó el ataque de París. En el suburbio, que tiene 90,000 habitantes, hay barrios con 80% de musulmanes, muchos de los cuales sienten que su lugar no está en el país que habla francés, alemán y neerlandés.

La mayoría de habitantes de Molenbeek se han ido aglomerando ahí en los últimos 40 años y son hijos de inmigrantes marroquíes. Tienen una tasa de desempleo superior al 40%, mientras que la media en Bélgica es de 8%. Quienes lo han visitado cuentan que sus calles se parecen más a las del Magreb que a las de la capital diplomática de Europa. El árabe se escucha con frecuencia en sus esquinas, mientras que el francés que se alcanza a percibir difícilmente se parece al del resto del país.

Ed West, director del grupo conservador británico UK 2020, cree que la radicalización del islam nace cuando hay una ausencia de otras identidades, algo que sienten muchos inmigrantes de segunda generación y, seguramente, muchos vecinos de la municipalidad de Molenbeek.

Ya lo había dicho el ministro del Interior de Bélgica: "La mayoría de los que son reclutados en Bélgica para ir a combatir en Siria son de Molenbeek y otras partes de Bruselas". Se calcula que alrededor de 500 belgas han sido reclutados por islamistas radicales para unirse a sus tropas en Siria. Si se tiene en cuenta que la población del país es de 11 millones, Bélgica se convierte en la mayor fuente de yihadistas del continente europeo.

2. La falta de seguridad lo permite
“Un hueco negro de la seguridad”. Con esa frase describió Pierre Vermeren, profesor de historia del Magreb contemporáneo de la Universidad París- I-Pantheón-Sorbonne, a Bélgica. Lo hizo en entrevista con el periódico Le Monde, mientras hablaba de la falta de control que tienen las autoridades en el país europeo. Y es que la falta de efectividad de los servicios de la policía en Bélgica es uno de los principales motivos por los que hoy el país de Tintín es una olla a presión.

En Bélgica hay dos nacionalidades en una: la valona, que habla francés, y la flamenca, que habla holandés. Como suele ocurrir en países que encierran a dos culturas tan distintas, la rivalidad se impone desde hace muchos años. Para relajar estas tensiones, se le ha dado más libertad e independencia a los gobiernos locales, creando distintos niveles de burocracia. En esta estructura resulta muy difícil que fluya la información de las agencias de inteligencia y que puedan triunfar en sus operativos.

El principal servicio de inteligencia del país, ‘Sureté de L’Etat’, tiene solamente 600 miembros, que tienen la importante misión de buscar a 1,000 “personas de interés”. Se calcula que idealmente se necesita una docena de oficiales para monitorear a cada sospechoso durante 24 horas. Un oficial belga de una entidad antiterrorismo lo admitió la semana pasada en una declaración que fue replicada por varios medios de comunicación: “Simplemente no tenemos suficiente gente ni la infraestructura necesaria para investigar a cientos de personas relacionadas con el terror”. “Literalmente es una situación imposible”, agregó. Así lo parece.

3. Es el corazón de Europa, el enemigo del terrorismo
Bruselas, comúnmente conocida como la capital de Europa, acoge a los organismos más importantes de la Unión Europea. En sus instituciones se toman decisiones importantes que afectan a sus 28 miembros, muchos de los cuales son enemigos del Estado Islámico. Así lo ha declarado la organización en múltiples ocasiones y ha amenazado con derramar sangre en sus países a través de sus voceros en más de una oportunidad.

Bélgica, así como Francia y otros aliados, participa en la coalición internacional, liderada por EUA, que bombardea posiciones del Estado Islámico en Irak y Siria. Y ese es el motivo por el que Estado Islámico dice haberlo atacado. El mismo que dio en París: como acto de venganza.

Lo cierto es que muchos de los militantes de la organización terrorista fueron criados –algunos incluso nacieron– en Europa. Eran ciudadanos de países europeos que, ya sea porque no pudieron o porque no quisieron integrarse en sus sociedades, eran el target ideal de la propaganda jihadista en contra del occidente y del continente en el que vivían. Su resentimiento hacia las naciones que los acogieron y la segregación en la que han permanecido durante años en ellos hizo que respondieran muy bien ante el mensaje de odio que transmite el terrorismo islámico en contra del viejo continente. Ningún país representa más a Europa –y a ese odio– que Bélgica.

“Todavía no han visto nada”
, dijo el vocero de Estado Islámico en enero de 2015 después del atentado contra la revista Charlie Hebdo. Bélgica y Europa cada vez creen en más en sus palabras.

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