Adiós al hombre que nos enseñó todo sobre el erotismo

Vicente Aranda, el hombre que hizo que la rabia y la sordidez fuesen comerciales, ha fallecido a los 88 años.

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Cuando era joven tenía una visión bastante distorsionada del sexo, basada principalmente en las películas españolas que mis padres no sabían que veía. Una de ellas era que las relaciones prematrimoniales eran una cosa de los noventa y la otra que las señoras con dinero no practicaban sexo. Dos películas bastaron para derrumbar ambas teorías: Amantes y La pasión turca. Y ninguna de las dos me dejaron lugar a dudas. La pasión turca, por otra parte, creó otra de mis teorías absurdas de la infancia: que los actores que mantenían relaciones sexuales en el cine lo estaban haciendo de verdad.

Vicente Aranda ha sido en muchas ocasiones reducido a "director de cine de tetas", pero no podemos quedarnos solo ahí. Mientras el sexo era un reclamo innegable, Aranda lo utilizaba como una forma de expresión del carácter español más visceral. En su cine el sexo nunca era gratuito, sino que era consecuencia de la angustia de los personajes y habitualmente conducía a su perdición. No hay que ver moralismo ni castigo en la destrucción de sus personajes, sino un fin trágico que siempre fue inevitable, pero que las pasiones simplemente aceleraron.

A principios de los 90 se estrenaron Átame de Pedro Almodóvar, Jamón jamón de Bigas Luna y Amantes. Una especie de trilogía de sombras liberadas que no podían ser más distintas entre sí. Una apostaba por el esperpento, otra por el enaltecimiento de los iconos de la España más ibérica y Aranda en realidad rodó un drama histórico. Los autores románticos del siglo XVIII mantenían que el ser humano se movía por dos impulsos incontrolables, el sexo y la muerte. Con esos instintos Aranda hacía una crónica de la forma de vida española, con sus orígenes y sus consecuencias.

Por eso no seré yo quien desprecie el "cine con tetas" de los noventa, porque detrás de él estaba la naturalidad con la que España asume que el sexo siempre ha formado parte de las relaciones humanas. Vicente Aranda conocía muy bien el país en el que vivía, y la industria en la que trabajaba. Su filmografía invita a utilizar palabras tan gastadas como “transgresor” o “visionario”. Él sabía que el público disfrutaba reconociendo la España que él retrataba, sin necesidad de ser radical, sino encontrando aquellas historias más deprimentes y crueles de nuestra historia negra. Esas historias que nadie quería contar, pero de las que todo el mundo hablaba en la calle. Y si no basta echar un vistazo a Cambio de sexo, un drama de descubrimiento sexual que sigue resultando angustioso y frustrante 38 años después. Aranda contaba esas historias incómodas con rabia, las hacía cinematográficas, las hacía entretenidas, e incluso las hacía comerciales.

El éxito de taquilla de su cine premiaba una conexión con el público que iba más allá del morbo por las publicitadas escenas de sexo. Sus películas eran únicas, y revolvían al espectador al no estar ambientadas en Wisconsin ni en Londres, sino en las mismas calles de Madrid que recorríamos a diario. Vicente Aranda no tenía piedad con sus personajes, y ni siquiera les convertía en héroes antes de destruirles (Libertarias), pero sí les humanizaba y les hacía representantes de las pasiones más intrínsecas y oscuras del ser humano. A aquella pueblerina de Maribel Verdú en Amantes no le bastaba con ser guapa, y se veía derrotada por una Victoria Abril-Lady Macbeth que era mucho más fea que ella, pero que le daba mucho juego a sus pañuelos. Ana Belén en La pasión turca nos contaba la verdadera historia detrás de esas mujeres que se van a Oriente y vuelven con la piel más tersa que nunca. Juana la Loca demostraba que ser reina no te hace más lista, ni te libra de perder los papeles en cuanto se cruza un sexy hombre con pelazo.

Aranda deja atrás una obra tan ardiente como su fama de director difícil. Ana Belén, Pilar López de Ayala salieron cansadas de su colaboración. De Paz Vega a Aranda no le gustaba ni su pelo ni su desnudo (que es lo peor que puedes decir de ella teniendo en cuenta que es todo lo que tiene), y que ojalá Penélope Cruz hubiese sido su Carmen. Eso es ir a hacer daño. Aunque ninguna de sus musas sufrió tanto como la pobre Flora Martínez, que al parecer cogió una infección por pasarse todo el rodaje de Lolita's Club sin ropa interior.

El fallecimiento de Vicente Aranda sirve, como casi siempre, para reivindicar a un director y guionista que hizo mucho más por el cine español que enseñar a actuar a Maribel Verdú, desnudarla y colgarle una fama de “actriz en tetas” de la que tardaría 15 años en librarse.

Y si encontrar sutileza en una película tan explícita (aunque nada vulgar) no demuestra que Vicente Aranda era un brillante y aguerrido contador de historias, no sé qué lo hará.

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