El confidente de Diana: "Es verdad que coqueteó con Juan Carlos"

Durante 16 años, Roberto Devorik fue asesor y amigo de la princesa de Gales. A 20 años de la muerte de Diana, nos devela los secretos mejor guardados de la mujer que hizo temblar a la corona.

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Las calles de Kensington pueden parecer inquietantemente tranquilas en las noches de agosto. Los residentes de este elitista barrio de Londres cambian sus palacetes de fachadas blancas por la campiña inglesa para apurar los últimos días de calor. Pero en la madrugada del domingo 31 de agosto de 1997, el número 26 de Holland Park bullía de actividad. Pasada la medianoche, su propietario, el empresario sudamericano Roberto Devorik, saltó de la cama para contestar una llamada telefónica. “Diana ha sufrido un terrible accidente de tráfico en París, está muy grave. Le seguiré informado”, le anunció Paul Burrell, mayordomo del palacio de Kensington.

Devorik pasó la noche en vela paseando por su casa de un lado a otro, perdiendo la mirada en las telas de Colefax & Fowler que forraban las paredes de su salón y que tanto le gustaban a la princesa. Poco después de las cuatro de la mañana el teléfono volvió a sonar. “Diana ha fallecido”, le confirmó Burrell. “Una hora antes de que la noticia diera la vuelta al mundo, yo ya lo sabía. Fueron los 60 minutos más largos y surreales de mi vida”, recuerda el empresario en conversación telefónica con Vanity Fair desde París.

Durante 16 años, Devorik supo antes que nadie todos los secretos que guardaba Lady Di. Beatrix Miller, la todopoderosa editora de Vogue UK durante dos décadas, los presentó en su despacho de Hanover Square en septiembre de 1980. “Te presento a lady Diana Spencer, la futura reina de Inglaterra. Quiero que la ayudes con su armario”, le ordenó Miller. “Me temblaban las piernas. Faltaban seis meses para que se anunciara el compromiso real. Tuve que guardar el secreto como si fuera una cuestión de Estado”, reconoce Devorik.

En sus memorias, la editora de moda Grace Coddington recuerda cómo el compromiso de Carlos de Inglaterra y Diana puso patas arriba las oficinas de Vogue: “Lady Spencer consultaba intensamente al equipo de la revista sobre su ajuar y su real guardarropa. Los paparazzi se pasaban el día en la puerta de la revista con la esperanza de toparse con la novia”.

Roberto Devorik

Devorik, al que Coddington define en su libro como “un conseguidor sudamericano de hablar melifluo que pagaba muchas aventuras de Vogue”, se ganó un sitio de honor en ese consejo áulico en el que también estaban las editoras sénior Felicity Clark y Anna Harvey. A sus 31 años, ya era un peso pesado en la escena fashion londinense tras haber fundado Regine, la única cadena de tiendas de la ciudad donde grandes señoras, como María Cristina de Kent o Ingrid Bergman, podían comprar los diseños de Versace, Gianfranco Ferré, Thierry Mugler o Paule Ka. Por su parte, Diana tenía 19 y seguía vistiendo de colegiala con jersey de Shetland, falda escocesa, medias y mocasines.

Hace 25 años la sociedad londinense seguía rigiéndose por el viejo sistema de clases británico. La ciudad no era internacional como en la actualidad. En ese escenario, Devorik destacaba. Era glamuroso, cosmopolita, guapo, divertido y maestro del buen vestir. Eso lo incluía a él, y a sus clientes, que también eran sus amigos”, explica Suzy Menkes, la entonces crítica de moda del International Herald Tribune, a Vanity Fair. “Diana, que tenía que lidiar con los cortesanos de palacio y sus maneras solemnes, encontró en él a alguien entretenido e intrigante”, añade la ahora editora internacional de Vogue.

Menkes reconoce que Devorik fue un buen asesor de moda para Diana, y un amigo leal. De hecho, fue el único consejero de la princesa que penetró en su círculo íntimo, en el que estaban lady Rosa Monckton, entonces directora de Tiffany & Co.; el barón Peter Palumbo, antiguo compañero de polo del príncipe Carlos; Elsa Bowker, mujer del diplomático sir James Bowker; y Lucía Flecha de Lima, esposa del embajador de Brasil en Reino Unido. “Nuestra relación trascendió la moda. Yo no era tan viejo como para ser su padre, pero sí para ejercer de su hermano mayor —subraya Devorik—. Ella tenía un defecto, o cualidad: era muy manipuladora con sus amistades, pero en el buen sentido. Era como si poseyera una cómoda con muchos cajones: sabía cuándo abrirlos y cerrarlos. No le gustaba mezclarnos. Así se aseguraba de que, si se peleaba con uno, no perdía al resto. Le aterraba la idea de perdernos”.

Sarah Ferguson y Lady Di (1983).

El empresario reconoce que sus comienzos como consultor personal de la princesa no fueron fáciles. “Diana no tenía sentido del estilo. Cuando iba de sport, estaba espléndida. Pero, al igual que todas las niñas bien inglesas de la época, prefería firmas locales como Laura Ashley o Susan Small en lugar de diseñadores internacionales”. Tardó años en convencerla para que incluyera a Gianni Versace o Christian Lacroix en su armario. “Uno podía aconsejarla, pero solo escuchaba cuando tenía ganas. Y si oía algo que no le gustaba, dejaba de hablarte durante dos días. Luego te llamaba para almorzar o te enviaba una caja de chocolates de Charbonnel et Walker. Era su manera de pedir perdón”, dice.

LUNA DE HIEL
En poco tiempo, él se convirtió en la sombra de la princesa de Gales. Asistió a su boda en la catedral de St. Paul (“Muchos años después me reconoció que su vestido de novia era un espanto y que parecía un merengue. No fue elección mía”), recibió muchas veces a la princesa en su casa de Holland Park (“Venía a almorzar o a tomar el té, nunca a cenar”) y fue uno de los pocos hombres que Di acogió en la intimidad del palacio (“Tenía un teléfono rojo que conectaba directamente con sus aposentos en Kensington”).

Poco antes de la boda, Diana ya dejó entrever a sus amigos que tenía problemas con el príncipe Carlos. “Sospechaba que su prometido se veía en secreto con su exnovia, Camilla Parker Bowles, y le aterraba la idea de ser reina. Un día, me citó en Clarence House. Cuando entré en el salón, vi que había llorado. Me dijo entre sollozos: ‘Roberto, tengo una pesadilla recurrente. Sueño que estoy en la coronación y que cuando me colocan la corona se me cae hasta el cuello. Veo todo negro, no me la puedo sacar y me ahogo”, recuerda su confidente.

—¿Diana temía a la muerte?

—Comenzó a tener miedo después de separarse de Carlos. La acompañé en muchos viajes: recorrimos Inglaterra para visitar a los enfermos de sida, fuimos a Nueva York para la gala del Metropolitan de 1996, a Argentina… En esos viajes solía decirme que tenía la premonición de que iba a sufrir un accidente de avión, de helicóptero o de coche y que se iban a deshacer de ella de esa manera.

—También recurría a videntes. ¿Era supersticiosa?

—En su desesperación por ser feliz, acudía a ellos porque le decían lo que quería oír. Pero al final de su vida, con la ayuda de Teresa de Calcuta, se interesó por el catolicismo. Estoy seguro de que se habría convertido, lo cual habría sido un escándalo para la corona inglesa. Pocos lo saben, pero sobre su féretro colgaba un rosario que le había regalado la madre Teresa.

Lady Di y la madre Teresa de Calcuta (1992).

Las pesadillas de Di se hicieron realidad en su luna de miel en el castillo de Balmoral, en Escocia. Para entonces ya tenía la certeza de que su marido seguía en contacto con Camilla. Sus nervios se convirtieron en bulimia e intentos de suicidio. En su viaje de novios se quiso cortar las venas de las muñecas con unas cuchillas de afeitar. Sus amigos se enteraban de estos episodios mucho después de que ocurrieran. “Un día fui a tomar el té a Kensington. A Diana le gustaba acompañarte hasta la puerta, algo que no hacía ningún otro miembro de la familia real. Al bajar las escaleras, me señaló unos escalones y me dijo: ‘Aquí es donde me tiré porque estaba desesperada’. Lo decía con una naturalidad aplastante. Nunca se quejó, nunca la oí culpar a Carlos…”, recuerda Devorik.

Las cosas no mejoraron después de dar a luz al príncipe Guillermo. Según reveló la propia Diana en la entrevista que concedió a la BBC en 1995, la depresión posparto la convirtió en una “paria”. “Mi situación les permitió acuñar una nueva y maravillosa etiqueta, la de Diana, la desequilibrada mental”, desveló al periodista Martin Bashir. En esa época, los príncipes de Gales eran vecinos, pared con pared, con Miguel y María Cristina de Kent, primos de la reina Isabel, en el palacio de Kensington. Devorik confirma que el trato entre ambas parejas era “frío” y “distante”.

—¿Cuál es la mayor mentira que se ha dicho sobre Lady Di?
—Que no quiso a Carlos. Estaba muy enamorada de él y creyó que casándose iba a formar la familia que no tuvo de niña.

—¿Odiaba a Camilla?

—No. Sentía Lástima y desprecio. La llamaba la rottweiler, y yo, el caballo Mr. Ed.

—¿Y a la reina?
—La respetaba y admiraba. Pero nunca entendió por qué su majestad le restó importancia al affaire de Carlos y Camilla. Diana no comprendió que no estaba ante una madre defendiendo a un hijo, sino ante una reina protegiendo a su heredero. A quien sí detestaba era al duque de Edimburgo. “El único negocio bueno que ha hecho en su vida es haberse casado con la reina de Inglaterra”, solía decir ella.

—Pese a todo, no perdía el sentido del humor…
—Era muy inglesa. Como le gustaba Harrison Ford, decía: “Quiero ser el látigo de Indiana Jones”.

MI REINO POR MI LIBERTAD

La guerra fría entre Diana y los Windsor llegó a su clímax en 1992, cuando la reina aprobó que los príncipes de Gales se separaran temporalmente. “Tras reunirse con su majestad, ya de salida del palacio de Buckingham, se cruzó con Felipe. El duque de Edimburgo le dijo: ‘Te vas a quedar sin nada’. Ella le respondió: ‘Me voy con mi título y con mi nombre, que los tengo intactos. No todos pueden decir lo mismo’. Diana sabía que ella era más real y más inglesa que todos ellos juntos”, reconoce Devorik.

Ese fue el annus horribilis de la familia real —la separación de los príncipes de Gales coincidió con la del príncipe Andrés y Sarah Ferguson y con el incendio del castillo de Windsor— y el de la transformación de Diana: de princesa engañada a reina de corazones. Como tenía un problema de dicción, empezó a tomar clases con un actor para hacer frente a la tormenta mediática que se avecinaba. Tras devorar biografías de iconos como Eva Perón, Jacqueline Kennedy o Kasturba Gandhi, aprendió a utilizar la moda como herramienta de propaganda. Renovó su armario —más sexy, minimalista e internacional— para reflejar que era una mujer moderna, activa y cosmopolita. “Convirtió la ropa en un instrumento. Ella sabía que había gente que pagaba 3,000 euros por verla en una gala benéfica y se vestía para ellos, no por vanidad”, señala su amigo. El año 1992 también fue el de la publicación de la biografía de Andrew Morton y el de la filtración a la prensa de unas conversaciones íntimas entre ella y su amigo James Gilbey.

—Entonces supimos que Diana también había sido infiel…

—Era la mujer más deseada del mundo, los hombres le ofrecían aviones, barcos, joyas... Era joven, espléndida y las hormonas le funcionaban. Luchó todo lo que pudo por salvar su matrimonio. Cuando se dio cuenta de que no iba a poder sacar a Camilla de debajo de las sábanas de Carlos, decidió disfrutar de la vida. Pero ella me decía: “No hice muchas cosas por respeto a mis hijos, y las que hice, las hice porque necesitaba afecto”.

—En 1995, conoció al cirujano pakistaní Hasnat Khan. ¿Fue el amor de su vida?

—Carlos fue el amor de su vida. Pero estoy seguro de que se habría casado con el doctor Khan, porque estaban muy enamorados. Se vieron poco antes de morir ella. Querían formalizar la relación.

—¿Qué hay de cierto sobre el flirteo entre Diana y el rey Juan Carlos durante los veranos mallorquines?
—[Risas]. El rey de España era muy atento con ella, quizá demasiado. Un verano le dijo que se parecía mucho a la periodista británica Selina Scott. Después de una de esas vacaciones, Diana me confesó que no le había caído muy simpática a la reina Sofía. Flirteó con Juan Carlos, pero inocentemente, como haría cualquier mujer. ¿Cómo no iba a hacerlo, si Carlos era como un cascote de hielo?
En la entrevista a la BBC de 1995, la princesa reconoció que, poco después de casarse, le había sido infiel a Carlos con el oficial de caballería James Hewitt. Buckingham no perdonó esa indiscreción. Después de la emisión, que siguieron más de 15 millones de ingleses, la reina presionó para que su hijo y su nuera firmaran el divorcio, que se hizo efectivo el 15 de julio de 1996. “Vi con mis propios ojos el documento del acuerdo. Era más largo que la Biblia o Guerra y Paz, de Tolstói”, dice Devorik. En él se estipulaba hasta el más mínimo detalle sobre la nueva vida de Diana: las joyas que se podía quedar (“No le interesaban; de hecho, nunca le gustó el anillo de zafiro que le regaló Charles para la pedida de mano”), los trabajos que podía ejercer (“Le prohibían ganar dinero”) o dónde debía vivir (“Podía quedarse en Kensington, pero ella quería un cottage en Althorp, la residencia de los Spencer. Su hermano, Charles, se lo negó porque no quería a la prensa cerca de la propiedad”).
La familia real incluso intentó que Diana pasara menos tiempo con sus hijos. Ella amenazó con ir a los tribunales y Buckingham reculó. Ganó esa batalla, pero no la guerra. Tuvo que renunciar al tratamiento de alteza real. “Eso fue lo que más le dolió —admite—. No por ella, sino por sus hijos. La madre del futuro rey de Inglaterra iba a tener que hacerle la reverencia a gente de menor rango. Era una humillación”. Guillermo, con 14 años, le dijo: “No te preocupes. Cuando yo sea rey, te devolveré todo lo que te han quitado”.

—¿Han ganado los Windsor?

—La familia real ha hecho un trabajo fuerte para que la gente se olvide de Diana. No hay un solo hospital, teatro, escuela o calle con su nombre. Solo un par de monumentos, pero ninguno relacionado con su trabajo: su lucha contra el sida o las minas antipersona, su labor por los leprosos, los “sin techo” y el ballet.
La época del divorcio real fue la más difícil de su amistad. “Cuando su hermano se negó a recibirla en Althorp, vino llorando a decirme: ‘Siempre me traicionan las personas que más quiero”. Sus amigos no le fallaron. Tras su muerte, Devorik tuvo que declarar dos veces en Scotland Yard para reconstruir los últimos días de la princesa. “Recibí una llamada anónima en la que me dijeron que tuviera cuidado con lo que decía, porque podía ser muy peligroso para mi vida. Obviamente, no hice caso”, admite entre risas.

—¿Cuándo fue la última vez que habló con su amiga?

—Un día antes de su muerte. Estaba almorzando con lady Bowker en su casa de Mayfair cuando nos llamó desde Italia para avisar que el lunes regresaba a Londres. Sabíamos que estaba enamorada del doctor Khan, pero como todos hablaban del affaire con Dodi Al Fayed le preguntamos al respecto. Nos dijo que lo de Dodi era un romance de verano, se rio y anunció: “Os llamo el lunes”.

Solo 24 horas después, en medio de la noche, sonó el teléfono en casa de Roberto Devorik. Saltó de la cama esperando oír la voz de su amiga, pero no era ella. 

* Artículo publicado originalmente en Vanity Fair España.