Por qué es un problema que Wonder Woman sea extremadamente guapa

James Cameron ha sido el último, que no el único, en abordar la polémica sobre Wonder Woman y el físico de su protagonista. ¿Supone, como él dice, un paso atrás en la representación de las mujeres?

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¿Faltaba alguien por opinar de Wonder Woman? Aparentemente sí. En una entrevista que ha concedido James Cameron a Hadley Freeman para The Guardian el director de Titanic se ha explayado sobre la película:

“Todas las palmaditas en la espalda que Hollywood se ha estado dando por Wonder Woman están muy equivocadas. Es un icono objetificado, ¡y solo es el Hollywood masculino haciendo lo de siempre! No estoy diciendo que no me gustara la película, pero para mí es un paso atrás. Sarah Connor no era un icono de belleza. Era fuerte, estaba preocupada, era una madre terrible y se ganó el respeto de la audiencia a través de coraje puro y duro. Y para mí las ventajas de personajes como Sarah son tan obvias. Quiero decir, ¡la mitad de la audiencia es femenina!”.

James Cameron descubriendo la pólvora.
La respuesta de Patti Jenkins, la directora de Wonder Woman, ha llegado a las pocas horas:

James Cameron y su mujer, la actriz Suzy Amis (2014).

“La incapacidad de James Cameron para entender qué es Wonder Woman o qué defiende para las mujeres alrededor del mundo era esperable porque a pesar de que es un director de cine genial, no es una mujer. Las mujeres fuertes son excelentes. Agradecí mucho su alabanza de mi película Monster y de nuestro retrato de una mujer herida. Pero si las mujeres tienen que ser siempre difíciles, duras y estar preocupadas para ser fuertes y no somos libres para ser multidimensionales o celebrar un icono de mujer en todo el mundo solo porque es atractiva y adorable, no hemos llegado demasiado lejos. Creo que las mujeres pueden y deben ser todo al igual que los personajes protagonistas masculinos. No hay buena o mala categoría de mujer poderosa. Y la enorme audiencia femenina, que ha hecho que la película se haya convertido en el éxito que es, puede seguramente elegir y juzgar sus propios iconos de progreso”.

James Cameron no es el primero en plantear sus dudas con respecto al fenómeno de la superheroína de DC. Hace unas semanas Isabel Coixet publicó un artículo en el diario El país en el que a pesar de alabar la dirección y la producción de la película, ponía en duda que el taquillazo vaya a allanar el camino para las directoras y criticaba que se tachara de –perdón por el palabro– “empoderante” una película que ensalza el espectacular físico de su protagonista y de sus compañeras de reparto. 

En fin, es un problema para el mundo que Wonder Woman esté objetivamente buena. Y merece la pena recalcar el “objetivamente”, porque seguro que James Cameron es consciente de la cantidad de sueños eróticos adolescentes que Sarah Connor protagonizó en los 90, pero era otra cosa, claro. No era más que el ejercicio del prejuicio masculino que señala que "masculinizar" el físico de una mujer la hace menos atractiva.

Batman y Superman llevan cada vez trajes más ceñidos que marquen sus proporciones cada vez más hipermusculadas. Superheroicas. Porque eso es lo que son, ¿no? Superhéroes cuya condición física es extraordinaria. Pero es un problema que Wonder Woman esté objetivamente buena.

Y es un problema que Wonder Woman esté objetivamente buena porque llevamos décadas viendo películas en las que los papeles femeninos están limitados a mujeres que están objetivamente buenas y no tienen nada más (y nada menos) que aportar a sus películas. Son las amantes. Las femmes fatales. Las villanas sexys. Las enfermeras sexys. Las mujeres desvalidas a las que salvar sexys. El festival de disfraces de Halloween femeninos convertido en cine.

Damos por hecho que si una mujer está objetivamente buena en una película es fruto de una mirada masculina que la reduce a su físico, pero ¿qué pasa si detrás de ese personaje, que además tiene muchos otros atributos –entre ellos el del liderazgo frente a su propio destino– existe una justificación para que pueda tener muslos de acero? ¿Y si además encontramos que quien la retrata, quien celebra su belleza, es una mujer que no está ejerciendo sobre ella una proyección ramplona de sus instintos sexuales?

De nuevo se toma la parte por el todo. El físico de Wonder Woman desluce todo lo demás.
Isabel Coixet insiste en su artículo en que “las mujeres maravilla del mundo no tienen superpoderes, ni corsés, ni muslos de ensueño. Tienen estrías, ojeras, arrugas, lorzas. Limpian la mierda que dejamos en las habitaciones de hotel, investigan como pueden en los laboratorios, transportan barriles de agua durante kilómetros, son vendidas por sus familias, son asesinadas por sus parejas, curan, cuidan, miman, piensan, escriben, sufren, se emborrachan, cometen errores, son ninguneadas en absurdos informes seudocientíficos, meten la pata, lloran, bromean, se comportan a veces como hombres, a veces como niñas de siete años guillotinando a sus barbies wonder woman”.

Los hombres maravilla del mundo, aunque no necesitan alharacas porque frente a las mujeres, han diseñado un mundo donde siempre tienen las de ganar, también tienen barriga y son calvos. ¿Cuál es la diferencia entonces? Que el cine cuenta también todas sus historias. Vemos a los superhéroes y a los obreros en paro. Y a los enfermos terminales. Y a los gordos cuyo físico ni se menciona porque a nadie le preocupa. Y a los musculosos cuyo físico ni se menciona porque a nadie le preocupa. Y a los actores de más de 80 que interpretan papeles de algo más que de abuelos. Y a los de 40, 50, y 60 que envejecen enamorando a mujeres que siempre tienen menos de 30.

Si Wonder Woman ha recibido tantas alabanzas y, consecuentemente, ahora está generando tantas críticas es porque es un oasis en el océano sobre el que todos, creadores y espectadores, vuelcan sus anhelos. “El taquillazo protagonizado y dirigido por mujeres que esperamos debería ser así o asá” es la frase que parece en boca de todos. Pero lo esencial está en la primera parte de la frase: el taquillazo, “el”.
La espada de Damocles siempre sobre “la” protagonista femenina, sobre “la” directora, sobre “la” productora, que tienen que ser como Mary Poppins, prácticamente perfectas en todo.
La puerta de entrada está cerrada para ellas, la que consigue colarse lo hace después de 13 años empujándola, como le ocurrió a Patti Jenkins. Y sobre la que consigue colarse en la habitación recae una responsabilidad suprasegmental de la que quedan completamente eximidos los hombres que protagonizan y que cuentan historias. Precisamente porque es la única. Virginia Woolf pedía una habitación propia para cada creadora. Merece la pena valorar si lo que hemos conseguido es volcar nuestras esperanzas y frustraciones sobre la única mujer en una habitación llena de hombres, en lugar de pedir que se abra la puerta. 

* Artículo publicado originalmente en Vanity Fair España.